May 17

Cadivi recuerda que estudiantes tienen 180 días para actualizar datos

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Cadivi recordó que los estudiantes que se encuentran en el exterior cuentan con un plazo de 180 días hábiles, para realizar su actualización en el nuevo sistema para solicitar divisas.

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May 17

Vlad

Posted in Carlos Fuentes, cuentos

VLAD

 

A Cecilia, Rodrigo y Gonzalo,

los niños monstruólogos de Sarriá.

 

Duérmase mi niña,

que ahí viene el coyote;
a cogerla viene
con un gran garrote…

CANCIÓN INFANTIL MEXICANA

 

 

I

 

“No le molestaría, Navarro, si Dávila y Uriarte estuviesen a la mano. No diría que son sus inferiores -mejor dicho, sus subalternos- pero sí afirmaría que usted es primus inter pares, o en términos angloparlantes, senior partner, socio superior o preferente en esta firma, y si le hago este encargo es, sobre todo, por la importancia que atribuyo al asunto…”

Cuando, semanas más tarde, la horrible aven­tura terminó, recordé que en el primer momento atribuí al puro azar que Dávila anduviese de viaje lunamielero en Europa y Uriarte metido en un embargo judicial cualquiera. Lo cierto es que yo no iba a marcharme en viaje de bodas, ni hubiese aceptado los trabajos, dignos de un pasante de de­recho, que nuestro jefe le encomendaba al afanoso Uriarte.

Respeté -y agradecí el significativo aparte de su confianza- la decisión de mi anciano patrón. Siem­pre fue un hombre de decisiones irrebatibles. No acos­tumbraba consultar. Ordenaba, aunque tenía la delicadeza de escuchar atentamente las razones de sus colaboradores. Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, cómo iba yo a ignorar que su fortuna -tan re­ciente en términos relativos, pero tan larga como sus ochenta y nueve años y tan ligada a la historia de un siglo enterrado ya- se debía a la obsecuencia políti­ca (o a la flexibilidad moral) con las que había servi­do -ascendiendo en el servicio- a los gobiernos de su largo tiempo mexicano. Era, en otras palabras, un “influyente”.

Admito que nunca lo vi en actitud servil ante nadie, aunque pude adivinar las concesiones inevita­bles que su altiva mirada y su ya encorvada espina debieron hacer ante funcionarios que no existían más allá de los consabidos sexenios presidenciales. Él sa­bía perfectamente que el poder político es perecede­ro; ellos no. Se ufanaban cada seis años, al ser nombrados ministros, antes de ser olvidados por el resto de sus vidas. Lo admirable del señor licenciado don Eloy Zurinaga es que durante sesenta años supo deslizarse de un periodo presidencial al otro, quedando siempre “bien parado”. Su estrategia era muy senci­lla. Jamás hubo de romper con nadie del pasado porque a ninguno le dejó entrever un porvenir insignificante para su pasajera grandeza política. La sonrisa irónica de Eloy Zurinaga nunca fue bien entendida más allá de una superficial cortesía y un inexistente aplauso.

Por mi parte, pronto aprendí que si no le in­cumbía mostrar nuevas fidelidades, es porque jamás  demostró perdurables afectos. Es decir, sus relaciones oficiales eran las de un profesionista probo y eficaz. Si la probidad era sólo aparente y la eficacia sustanti­va -y ambas fachada para sobrevivir en el pantano de la corrupción política y judicial- es cuestión de conjetura. Creo que el licenciado Zurinaga nunca se querelló con un funcionario público porque jamás quiso a ninguno. Esto él no necesitaba decirlo. Su vida, su carrera, incluso su dignidad, lo confirma­ban…

El licenciado Zurinaga, mi jefe, había dejado, desde hace un año, de salir de su casa. Nadie en el bufete se atrevió a imaginar que la ausencia física del personaje autorizaba lasitudes, bromas, impuntuali­dades. Todo lo contrario. Ausente, Zurinaga se hacía más presente que nunca.

Es como si hubiera amenazado: -Cuidadito. En cualquier momento me aparezco y los sorprendo. Atentos.

Más de una vez anunció por teléfono que regre­saría a la oficina, y aunque nunca lo hizo, un sagrado terror puso a todo el personal en alerta y orden per­manentes. Incluso, una mañana entró y media hora más tarde salió de la oficina una figura idéntica al jefe. Supimos que no era él porque durante esa media hora telefoneó un par de veces para dar sus instruc­ciones. Habló de manera decisiva, casi dictatorial, sin admitir respuesta o comentario, y colgó con rapidez. La voz se corrió pero cuando la figura salió vista de espaldas era idéntica a la del ausente abogado: alto, encorvado, con un viejo abrigo de polo de solapas levantadas hasta las orejas y un sombrero de fieltro marrón con ancha banda negra, totalmente pasado de moda, del cual irrumpían, como alas de pájaro, dos blancos mechones volátiles.

El andar, la tos, la ropa, eran las suyas, pero este visitante que con tanta naturalidad, sin que nadie se opusiera, entró al sancta sanctorum del despacho, no era Eloy Zurinaga. La broma -de serlo- no fue tomada a risa. Todo lo opuesto. La aparición de este doble, sosias o espectro -vaya usted a saber- sólo inspiró terror y desapaciguamiento…

 

Por todo lo dicho, mis encuentros de trabajo con el licenciado Eloy Zurinaga tienen lugar en su residencia. Es una de las últimas mansiones llamadas porfirianas, en referencia a los treinta años de dictadura del general Porfirio Díaz entre 1884 y 1910 -nuestra belle époque fantasiosa- que quedan de pie en la colonia Roma dela Ciudad de México. A nadie se le ha ocurrido arrasar con ella, como han arrasado con el barrio entero, para construir oficinas, comercios o condominios. Basta entrar al caserón de dos pisos más una corona de mansardas francesas y un sótano inexplicado, para entender que el arraigo del abogado en su casa no es asunto de voluntad, sino de gravedad. Zurinaga ha acumulado allí tantos papeles, libros, expedientes, muebles, bibelots, vajillas, cuadros, tapetes, tapices, biombos, pero sobre todo recuerdos, que cambiar de sitio sería, para él, cam­biar de vida y aceptar una muerte apenas aplazada.

Derrumbar la casa sería derrumbar su existencia entera…

Su oscuro origen (o su gélida razón sin concesio­nes sentimentales) excluía de la casona de piedra gris, separada de la calle por un brevísimo jardín desgar­bado que conducía a una escalinata igualmente corta, toda referencia de tipo familiar. En vano se buscarían fotografías de mujeres, padres, hijos, amigos. En cambio, abundaban los artículos de decoración fuera de moda que le daban a la casa un aire de almacén de anticuario. Floreros de Sévres, figurines de Dresden, desnudos de bronce y bustos de mármol, sillas raquí­ticas de respaldos dorados, mesitas del estilo Bieder­mayer, una que otra intrusión de lámparas art nouveau, pesados sillones de cuero bruñido… Una casa, en otras palabras, sin un detalle de gusto feme­nino.

 

En las paredes forradas de terciopelo rojo se en­contraban, en cambio, tesoros artísticos que, vistos de cerca, dejaban apreciar un común sello macabro. Grabados angustiosos del mexicano Julio Ruelas: ca­bezas taladradas por insectos monstruosos. Cuadros fantasmagóricos del suizo Henry Füssli, especialista en descripción de pesadillas, distorsiones y el matri­monio del sexo y el horror, la mujer y el miedo…

-Imagínese -me sonreía el abogado Zurina­ga-. Füssli era un clérigo que se enemistó con un juez que lo expulsó del sacerdocio y lo lanzó al arte…

Zurinaga juntó los dedos bajo el mentón.

-A veces, a mí me hubiese gustado ser un juez que se expulsa a sí mismo de la judicatura y es condenado al arte… –Suspiró-. Demasiado tarde. Para mí la vida se ha convertido en un largo desfile de cadáveres… Sólo me consuela contar a los que aún no se van, a los que se hacen viejos conmigo…

 

Hundido en el sillón de cuero gastado por los años y el uso, Zurinaga acarició los brazos del mueble como otros hombres acarician los de una mujer. En esos dedos largos y blancos, había un placer más perdurable, como si el abogado dijese: -La carne pere­ce, el mueble permanece. Escoja usted entre una piel y otra…

El patrón estaba sentado cerca de una chimenea encendida de día y de noche, aunque hiciese calor, como si el frío fuese un estado de ánimo, algo inmer­so en el alma de Zurinaga como su temperatura espi­ritual.

Tenía un rostro blanco en el que se observaba la red de venas azules, dándole un aspecto transparente pero saludable a pesar de la minuciosa telaraña de arrugas que le circulaban entre el cráneo despoblado y el mentón bien rasurado, formando pequeños remolinos de carne vieja alrededor de los labios y grue­sas cortinas en la mirada, a pesar de todo, honda y alerta -más aún, quizás, porque la piel vencida le hundía en el cráneo los ojos muy negros.

-¿Le gusta mi casa, licenciado?

-Por supuesto, don Eloy.

-A dreary mansion, large beyond all peed… re­pitió con ensoñación insólita el anciano abogado, rara avis de su especie, pensé al oírlo, un abogado mexica­no que citaba poesía inglesa… El viejo volvió a sonreír.

-Ya ve usted, mi querido Yves Navarro. La ventaja de vivir mucho es que se aprende más de lo que la situación autoriza.

-¿La situación? -pregunté de buena fe, sin comprender lo que quería decirme Zurinaga.

-Claro -unió los largos dedos pálidos-. Us­ted desciende de una gran familia, yo asciendo de una desconocida tribu. Usted ha olvidado lo que sabían sus antepasados. Yo he decidido aprender lo que ignoraban los míos.

Alargó la mano y acarició el cuero gastado y por eso bello del cómodo sillón. Yo reí.

-No lo crea. El hecho de ser hacendados ricos en el siglo XIX no aseguraba una mente cultivada. ¡Todo lo contrario! Una hacienda pulguera en Que­rétaro no propiciaba la ilustración de sus dueños, esté seguro.

Las luces de los troncos ardientes jugaban sobre nuestras caras como resolanas turbias.

-A mis antepasados no les interesaba saber -rematé-. Sólo querían tener.

-¿Se ha preguntado, licenciado Navarro, por qué duran tan poco las llamadas “clases altas” en México?

-Es un signo de salud, don Eloy. Quiere decir que hay movilidad social, desplazamientos, ascensos. Permeabilidad. Los que lo perdimos todo -y tenía­mos mucho- enla Revolución, no sólo nos confor­mamos. Aplaudimos el hecho.

Eloy Zurinaga apoyó el mentón sobre sus ma­nos unidas y me observó con inteligencia.

-Es que todos somos coloniales en América. Los únicos aristócratas antiguos son los indios. Los europeos, conquistadores, colonizadores, eran gente me­nuda, plebe, expresidiarios… Las líneas de sangre del Viejo Mundo, en cambio, se prolongan porque no sólo datan de hace siglos, sino porque no depen­den, como nosotros, de migraciones. Piense en Ale­mania. Ningún Hohenstauffen ha debido cruzar el Atlántico para hacer fortuna. Piense en los Balcanes, enla Europa Central…Los Arpad húngaros datan de 886, ¡por San Esteban! El gran zupán Vladimir unió a las tribus serbias desde el noveno siglo y la dinastía de los Numanya gobernó desde 1196 del país de Zeta a la región de Macedonia. Ninguno necesitó hacerla América…

Toda conversación con don Eloy Zurinaga era interesante. La experiencia me decía también que el abogado nunca hablaba sin ninguna intención ulte­rior, clara, mediatizada por toda suerte de referen­cias. Ya lo dije: con nadie es abrupto, ni con los inferiores ni con los superiores, aunque, siendo tan superior él mismo, Zurinaga no admite a nadie por encima de él. Y a los que están por debajo, ya lo dije también, les presta atención cortés.

No me sorprendió que, después de este amable preámbulo, mi jefe fuese al grano.

-Navarro, quiero hacerle un encargo muy es­pecial.

Accedí con un movimiento de la cabeza

-Hablábamos dela Europa Central, de los Bal­canes.

Repetí el movimiento.

-Un viejo amigo mío, desplazado por las gue­rras y revoluciones, ha perdido sus propiedades en la frontera húngaro-rumana. Eran tierras extensas, do­tadas de alcázares en ruinas. Lo cierto (dijo Zurinaga con cierta tristeza) es que la guerra sólo exterminó lo que ya estaba muerto…

Ahora lo miré inquisitivamente.

-Sí, usted sabe que no es lo mismo ser dueño de la propia muerte que ser víctima de una fuerza ajena… Digamos que mi buen amigo era el amo de su propia decadencia nobiliaria y que ahora, entre fascistas y comunistas, lo han despojado de sus tie­rras, de sus castillos, de sus…

Por primera vez en nuestra relación sentí que don Eloy Zurinaga titubeaba. Incluso noté un nervio de emoción en su sien.

-Perdone, Navarro. Son los recuerdos de un viejo. Mi amigo y yo somos de la misma edad. Imagí­nese, estudiamos juntos enla Sorbonacuando el de­recho, así como las buenas costumbres, se aprendían en francés. Antes de que la lengua inglesa lo corrom­piese todo -concluyó con un timbre amargo.

Miró al fuego de la chimenea como para tem­plar su propia mirada y prosiguió con la voz de siem­pre, una voz de río arrastrando piedras.

-El caso es que mi viejo amigo ha decidido ins­talarse en México. Ya ve usted con qué facilidad caen las generalizaciones. La casa señorial de mi amigo data dela Edad Mediay sin embargo, aquí lo tiene, bus­cando techo enla Ciudadde México.

-¿En qué puedo servirle, don Eloy? -me apre­suré a decirle.

El viejo observó sus manos trémulas acercadas al fuego. Lanzó una carcajada.

-Mire lo que son las cosas. Normalmente, estos asuntos los atiende Dávila quien, como sabemos, cumple en este momento deberes más placenteros. Y Uriarte, francamente, ne sy connaít pas trop… Bue­no, el hecho es que le voy a encargar a usted que le encuentre techo a mi transhumante amigo…

-Con gusto, pero yo…

-Nada, nada, no sólo es un favor lo que le pido. También tomo en cuenta que usted es de madre fran­cesa, habla la lengua y conoce la cultura del Hexágono. Ni mandado hacer para entenderse con mi ami­go.

Hizo una pausa y me miró cordialmente.

-Imagínese, fuimos estudiantes juntos enla Sorbona. Esdecir, somos de la misma edad. El viene de una vieja familia centroeuropea. Fueron grandes propietarios en los Balcanes, entre el Danubio y Bistriza, antes de la devastación de las grandes guerras.. .

 

Por primera vez, con una mirada de cierta enso­ñación, Zurinaga se repetía. Acababa de decirme lo mismo. Hube de pasar el hecho por alto. Signo inequívoco de vejez. Admisible. Perdonable.

-Siempre he seguido sus instrucciones, señor licenciado -me apresuré a decir.

Ahora él me acarició la mano. La suya, a pesar del fuego, estaba helada.

-No, no es una orden -sonrió-. Es una feliz coincidencia. ¿Cómo está Asunción?

Zurinaga, una vez más, me desconcertaba. ¿Cómo estaba mi esposa?

-Bien, señor.

-Qué feliz coincidencia -repitió el viejo-. Usted es abogado en mi bufete. Ella tiene una agen­cia de bienes raíces. Albricias, como se decía antes. Entre los dos, el problema habitacional de mi amigo está resuelto.

 

 

II

 

Asunción y yo siempre desayunamos juntos. Ella lle­va a la escuela a nuestra pequeña de diez años, Mag­dalena, y regresa cuando yo he terminado de ducharme, afeitarme y vestirme. A sabiendas de que no nos veremos hasta la hora de la cena, anticipamos y prolongamos nuestros desayunos. Candelaria, nues­tra cocinera, ha estado desde siempre con nosotros y antes, con la familia de mi mujer. El padre de Asun­ción, un probo notario. Su madre, una mujer sin imaginación. En cambio, a Candelaria la criada la imaginación le sobra. No hay en el mundo desayu­nos superiores a los de México y Candelaria no hace sino confirmar, cada mañana, esta verdad con una mesa colmada de mangos, zapotes, papayas y mameyes, preparando el paladar para la suculenta fiesta de chilaquiles en salsa verde, huevos rancheros, tamales costeños envueltos en hojas de plátano y café hirvien­te, acompañado de la variedad de panecillos dulces primorosamente bautizados conchas, alamares, pol­vorones y campechanas…

Un desayuno, como debe ser, de una hora de duración. Es decir, un lujo en el mundo actual. Es, para mí, el cimiento del día. Un momento de miradas amorosas que contienen el recuerdo no dicho del amor nocturno y que rebasan aunque incluyen el pla­cer culinario mediante la memoria de Asunción des­nuda, entregada, irradiando su propia luz gracias a la intensidad de mi amor. Asunción exacta y bella en toda su forma, dócil al tacto, ardiente mirada, sí, hie­lo abrasador…

Asunción es mi imagen contraria. Su melena lar­ga, lacia y oscura. Mi pelo corto, ensortijado y casta­ño. Su piel blanca y redondamente suave, la mía canela y esbelta. Sus ojos muy negros, los míos verdigrises. A sus treinta años, Asunción mantiene el lustre oscu­ro y juvenil de su cabellera. A mis cuarenta, las canas son ya avanzadas del tiempo. Nuestra hija, Magdale­na, se parece más a mí que a su madre. Diríase una regla de las descendencias, hijos como la madre, niñas como el padre… La cabellera rizada y rebelde de la niña irritaba a mi suegra, pues decía que los pelos “chinos” delatan raza negra, mirándome (como siem­pre) con sospecha. La buena señora quería plancharle la cabellera a su nieta. Murió apopléjica, aunque su mal pudo confundirse con un estado de coma profundo y los doctores dudaron antes de certificar la defunción. Su marido mi suegro los escuchó con alar­ma no disimulada y lanzó un gran suspiro de alivio al saberla, de veras, muerta. Pero no duró mucho sin ella. Como si se vengara desde el otro mundo, doña Rosalba dela Llavecondenó a su marido el notario don Ricardo a vivir, de allí en adelante, confuso, sin saber dónde encontrar el pijama, la pasta de dientes, qué hora era o, lo que es peor, dónde había dejado la cartera y dónde el portafolios. Creo que murió de confusión.

 

Magdalena nuestra hija ha crecido, pues, con su natural pelo rizado, sus ojos verdigrises pero curiosamente rasgados de plata, su tez color de luna, mezcla de los cutis de padre y madre y, a los diez años de edad, dueña de una deliciosa forma infantil aún, ni regordeta ni delgada: llenita, abrazable, deliciosa… Su madre no le permite usar pantalones, insiste en faldas escocesas y cardigan azul sobre blusa blanca, como las niñas bien educadas de la Escuela Francesa, las jeunes filies o “yeguas finas” de la clase alta mexica­na… Tobilleras blancas y zapatos de charol.

Todo ello le da a Magdalena un aire no precisamente de muñeca, pero sí de niña antigua, de otra época. Veo a sus compañeritas vestidas de sudadera y pantalón de mezclilla y me pregunto si Asunción no pone demasiado a prueba la adaptabilidad de nuestra hija en el mundo moderno. (También en este punto tuvimos dificultades, esta vez con mi madre. France­sa, insistía en ponerle “Madeleine” a la niña pero Asunción se impuso, la abuela podía llamarla como quisiera, Madeleine y hasta el horrible Madó, pero en casa sería Magdalena y cuando mucho, Magda.) El hecho es que la propia Asunción guarda la llama sagrada de las tradiciones, acepta con dificultad las modas modernas y se viste, ella misma, como quisie­ra que lo hiciese nuestra hija al crecer. Traje sastre negro, medias oscuras, zapatos de medio tacón.

 

Esta, diríase, es nuestra vida cotidiana. No digo que sea nuestra vida normal, porque no puede serlo la de un matrimonio que ha perdido a un hijo. Di­dier, nuestro muchachito de doce años, murió hace ya cuatro en un momento de fatalidad irreparable. Desde chiquillo había sido buen nadador, valiente y aventurado. Como tenía talento para todos los que­haceres mecánicos y prácticos, desde andar en bici­cleta hasta hacer montañismo y ansiar una motocicleta propia, creyó que el mar también estaba a sus órde­nes, dio un grito de alegría una tarde en la playa de Pie dela Cuestaen Acapulco y entró corriendo al mar de olas gigantescas y resacas temibles.

No lo volvimos a ver. El mar no lo devolvió nun­ca. Su ausencia es por ello doble. No poseemos, Asun­ción y yo, el recuerdo, por terrible que sea, de un cadáver. Didier se disolvió en el océano y no puedo escuchar el estallido de una gran ola sin pensar que una parte de mi hijo, convertido en sal y espuma, regresa a nosotros, circulando sin cesar como un na­vegante fantasma, de océano en océano… Tratamos de fijar su recuerdo en las fotos de la infancia y sobre todo en las imágenes finales de su corta vida. Era como su madre, en niño. Blanco, de grandes ojos negros y pelo lacio, grueso, con una caída natural sobre la nuca y un corte hermoso sobre la amplia frente. Pero es difícil encontrar un retrato en el que sonría. “Se ve uno zonzo”, decía cuando le pedían que dijera cheese, manteniendo una dignidad extraña para uno tan muchachillo como él. Aunque igualmente serias eran sus actividades deportivas, como si en ellas le fuera la vida. Y le fue. Se le fue. Se nos fue.

Ni Asunción ni yo somos particularmente reli­giosos. Mi familia materna de hugonotes franceses nunca se plegó a las prácticas católicas pero a Asun­ción la he sorprendido, más de una vez, hablándole a una foto de Didier, o murmurando, a solas, palabras de añoranza y amor por nuestro hijo. Es cierto que yo lo hago, pero en silencio.

Hemos querido olvidar la contienda doméstica que nos enfrentó al desaparecer Didier. Ella quería dragar el fondo del mar, explorar toda la costa, escar­bar en la arena y perforar la roca; agotar el océano hasta recuperar el cadáver del niño. Yo pedí sereni­dad, resignación y ofendí a mi mujer cuando le dije: -No lo quiero volver a ver. Quiero recordarlo como era…

No olvido la mirada de resentimiento que me dirigió. No volvimos a hablar del asunto.

Esa ausencia que es una presencia. Ese silencio que clama a voces. Ese retrato para siempre fijado en la niñez…

 

III

 

O sea, desayunamos juntos vestidos ya para salir a la calle y al trabajo. Si doy estos detalles de nuestra apa­riencia formal, es sólo para resaltarla con el contraste de nuestra pasión nocturna. Entonces, Asunción es una salamandra en el lecho, fría sólo para incendiar, ardiente sólo para helar, fugaz como el azogue y concentrada como una perla, entregada, misteriosa, sor­prendente, coqueta, imaginada e imaginaria… Hace, no habla. Amanece, desayunamos y reasumimos nuestros papeles profesionales, con el recuerdo de una noche apasionada, con el deseo de la noche por ve­nir. Con la alegría de tener a Magdalena y el dolor de haber perdido a Didier.

Le expliqué a Asunción la solicitud de licenciado Zurinaga y ambos celebramos a medias un hecho que nos arrojaba, profesionalmente, juntos…

-El amigo de Zurinaga quiere una casa aislada, con espacio circundante, fácil de defender contra in­trusos y, óyeme nada más, con una barranca detrás…

-Nada más fácil -sonrió Asunción-. No sé por qué pones cara de preocupación. Me estás descri­biendo cualquier número de casas en Bosques de las Lomas.

-Espera -interpuse-. Nuestro cliente pide que desde antes de que tome la casa, se clausuren to­das las ventanas.

Me dio gusto sorprenderla. -¿Se clausuren?

-Sí. Tapiarlas o como se llame.

-¿Va a vivir a oscuras?

-Parece que sólo tolera la luz artificial. Un pro­blema de los ojos.

-Será albino.

-No, creo que eso se llama fotofobia. Además, requiere que se cave un túnel entre su casa y la ba­rranca.

-¿Un túnel? Excéntrico, nuestro cliente…

-Que pueda comunicarse sin salir a la calle de su casa a la barranca.

-Excéntrico, te digo. ¿Lo conoces?

-No, aún no llega. Espera a que la casa esté lista para habitar. Tú encuentra la casa, yo preparo los contratos, Zurinaga paga las obras y pone los muebles.

-¿Son muy amigos?

-Así parece. Aunque don Eloy hizo por prime­ra vez en su vida algo distinto al despedirse de mí.

-¿Qué cosa?

-Se despidió sin mirarme.

-¿Cómo?

-Con la mirada baja.

-Exageras, mi amor. ¿Va a vivir solo el cliente?

-No. Tiene un sirviente y una hija.

-¿De qué edad?

-El criado no sé -sonreí-. La niña tiene diez años, me dijo don Eloy.

-Qué bien. Puede que haga migas con nuestra Magdalena.

-Ya veremos. Fíjate, nuestro cliente tiene la misma edad que don Eloy, o sea casi noventa años, y una hijita de diez.

-Puede que sea adoptada.

-O el viejo tomará Viagra -traté de bromear.

-No te preocupes -dijo mi mujer con su tono más profesional-. Hablaré con Alcayaga, el ingeniero, para lo del túnel. Es el papá de Chepina, la amiguita de nuestra Magdalena, ¿recuerdas?

Luego salimos cada cual a su trabajo, Asunción a su oficina de bienes raíces en Polanco, yo al antiquísi­mo despacho que Zurinaga siempre había ocupado y ocuparía enla Avenidadel Cinco de Mayo en el Cen­tro Histórico de nuestra aún más antigua ciudad his­pano-azteca. Asunción recogería a Magdalena en la escuela a las cinco. Su horario libérrimo se lo permi­tía. Yo estaría de vuelta hacia las siete. Asunción co­mía sola en su despacho, café y un sandwich, jamás con clientes que podrían comportarse con familiari­dad. Yo, en cambio, me daba el lujo nacional mexica­no de una larga comida de dos o tres horas con los amigos en el Danubio de República del Uruguay si me quedaba en el centro, o en algún sitio dela Zona Rosa, el Bellinghausen de preferencia. A las ocho, puntualmente, acostaríamos a la niña, la escucharía­mos, le contaríamos cuentos y sólo entonces, Asun­ción de mi alma, la noche era nuestra, con todas sus dudas y sus deudas…

 

IV

 

Los pasos fueron dados puntualmente. Asunción en­contró la casa adecuada en el escarpado barrio de Lomas Altas. Yo preparé los contratos del caso y se los entregué a don Eloy. Zurinaga, contra su costum­bre, se encargó personalmente de ordenar el mobi­liario de la casa en un estilo discretamente opuesto a sus propios, anticuados gustos. Limpia de excrecen­cias victorianas o neobarrocas, muy Roche-Bobois, toda ángulos rectos y horizontes despejados, la man­sión de las Lomas parecía un monasterio moderno. Grandes espacios blancos -pisos, paredes, techos- y cómodos muebles negros, de cuero, esbeltos. Me­sas de metal opaco, plomizas. Ningún cuadro, nin­gún retrato, ningún espejo. Una casa construida para la luz, de acuerdo con dictados escandinavos, donde se requiere mucha apertura para poca luz, pero con­traria a la realidad solar de México. Con razón un gran arquitecto como Ricardo Legorreta busca la som­bra protectora y la luz interna del color. Pero divago en vano: el cliente de mi patrón había exiliado la luz de este palacio de cristal, se había amurallado como en sus míticos castillos centroeuropeos mencionados por don Eloy.

 

De suerte que el día que Zurinaga mandó tapiar las ventanas, un sombrío velo cayó sobre la casa y la desnudez de decorados apareció, entonces, como un necesario despojo para caminar sin tropiezos en la oscuridad. Como para compensar tanta sencillez, un detalle extraño llamó mi atención: el gran número de coladeras a lo largo y ancho de la planta baja, como si nuestro cliente esperase una inundación cualquier día.

Se cavó el túnel entre la parte posterior de la casa y la barranca abrupta, desnuda también y talada, por orden del inquilino, de sus antiguos sauces y ahue­huetes.

-¿A nombre de quién hago los contratos, señor licenciado?

-A mi nombre, como apoderado.

-Hace falta la carta-poder.

-Prepárela, Navarro.

-¿Quién es el derecho-habiente?

Eloy Zurinaga, tan directo pero tan frío, tan cor­tés pero tan distante, titubeó por segunda vez en mi conocimiento de él. Se dio cuenta de que bajaba, de manera involuntaria, la cabeza, se compuso, tosió, tomó con fuerza el brazo del sillón y dijo con voz controlada:

-Vladimir Radu. Conde Vladimir Radu.

 

-Vlad, para los amigos -me dijo sonriendo nuestro inquilino cuando, instalado ya en la casa de las Lomas, me dio por primera vez cita una noche, un mes más tarde.

-Excuse mis horarios excéntricos -prosiguió, extendiendo cortésmente una mano, invitándome a tomar asiento en un sofá de cuero negro-. Durante la guerra se ve uno obligado a vivir de noche y pre­tender que nada sucede en la morada propia, mon­sieur Navarro. Que está deshabitada. Que todos han huido. ¡No hay que llamar la atención! -Hizo una pausa reflexiva-. Entiendo que habla usted francés, monsieur Navarro.

-Sí, mi madre era parisina.

-Excelente. Nos entenderemos mejor.

-Pero como usted mismo dice, no hay que lla­mar la atención…

-Tiene razón. Puede llamarme “señor” si desea.

-El monsieur nos distrae e irrita a los mexicanos.

-Ya veo, como dice usted.

¿Qué veía? El conde Vlad aparecía vestido, más que como un aristócrata, como un bohemio, un actor, un artista. Todo de negro, sweater o pullover o jersey (no tenemos palabra castellana para esta prenda universal) de cuello de tortuga, pantalones negros y mocasines negros, sin calcetines. Unos tobillos extre­madamente flacos, como lo era su cuerpo entero, pero con una cabeza masiva, grande pero curiosamente indefinida, como si un halcón se disfrazase de cuer­vo, pues debajo de las facciones artificialmente pláci­das, se adivinaba otro rostro que el conde Vlad hacía lo imposible por ocultar.

Francamente, parecía un fantoche ridículo. La peluca color caoba se le iba de lado y el sujeto debía acomodarla a cada rato. El bigote “de aguacero” como lo llamamos en México, un bigote ranchero, caído, rural, sin forma, obviamente pegado al labio supe­rior, lograba ocultar la boca de nuestro cliente, pri­vándolo de esas expresiones de alegría, enojo, burla, afecto, que nuestras comisuras enmarcan y, a veces, delatan. Pero si el bigote disfrazaba, los anteojos os­curos eran un verdadero antifaz, cubrían totalmente su mirada, no dejaban un resquicio para la luz, se encajaban dolorosamente en las cuencas de los ojos y se cerraban sin misericordia alrededor de las orejas pequeñísimas, infantiles y rodeadas de cicatrices, como si el conde Vlad se hubiera hecho la cirugía plástica más de una vez.

 

Sus manos eran elocuentes. Las movía con dis­plicente elegancia, las cerraba con fuerza abrupta, pero no deseaba, en todo caso, esconder la extraña ano­malía de unas uñas de vidrio, largas, transparentes, como esas ventanas que él vetó en su casa.

-Gracias por acudir a mi llamado -dijo con una voz gruesa, varonil, melodiosa.

Incliné la cabeza para indicar que estaba a sus órdenes.

-¿Puedo ofrecerle algo de beber? -dijo ense­guida.

Por cortesía asentí. -Quizás una gota de vino tinto… siempre y cuando usted me acompañe.

-Yo nunca bebo… vino -dijo con una pausa teatral el conde. Y abruptamente pasó a decirme, sen­tado sobre una otomana de cuero negro-. ¿Siente usted la nostalgia de su casa ancestral?

-No la conocí. Las haciendas fueron incendiadas por los zapatistas y ahora son hoteles de lujo, lo que en España llaman “paradores”…

Prosiguió como si no me hiciera caso. -Debo decirle ante todo que yo siento la necesidad de mi casa ancestral. Pero la región se ha empobrecido, ha habido demasiadas guerras, no hay recursos para so­brevivir allí… Zurinaga me habló de usted, Navarro. ¿No ha llorado usted por la suerte fatal de las viejas familias, hechas para perdurar y preservar las tradi­ciones?

Esbocé una sonrisa. -Francamente, no.

-Hay clases que se aletargan -continuó como si no me oyese- y se acomodan con demasiada faci­lidad a eso que llaman la vida moderna. ¡La vida, Navarro! ¿Es vida este breve paso, esta premura entre la cuna y la tumba?

Yo quería ser simpático. -Me está usted resuci­tando una vaga nostalgia del feudalismo perdido.

Él ladeó la cabeza y debió acomodarse la peluca. -¿De dónde nos vienen las tristezas inexplicables? Deben tener una razón, un origen. ¿Sabe usted? So­mos pueblos agotados, tantas guerras intestinas, tanta sangre derramada sin provecho… ¡Cuánta melan­colía! Todo contiene la semilla de la corrupción. En las cosas se llama la decadencia. En los hombres, la muerte.

 

Las divagaciones de mi cliente volvían difícil la conversación. Me di cuenta de que el small talk no cabía en la relación con el conde y las sentencias me­tafísicas sobre la vida y la muerte no son mi especiali­dad. Agudo, Vlad (“Llamadme Vlad”, “Soy Vlad para los amigos”) se levantó y se fue al piano. Allí empezó a tocar el más triste preludio de Chopin, como una extraña forma de entretenerme. Me pareció, de nue­vo, cómica la manera como la peluca y el bigote falsos se tambaleaban con el movimiento impuesto por la interpretación. Mas no reía al ver esas manos con uñas transparentes acariciando las teclas sin rom­perse.

Mi mirada se distrajo. No quería que la figura excéntrica y la música melancólica me hipnotizaran. Bajé la cabeza y me fasciné nuevamente con algo su­mamente extraño. El piso de mármol de la casa contaba con innumerables coladeras, distribuidas a lo largo del salón.

Empezó a llover afuera. Escuché las gotas gol­peando las ventanas condenadas. Nervioso, me in­corporé otorgándome a mí mismo el derecho de caminar mientras oía al conde tocar el piano. Pasé de la sala al comedor que daba sobre la barranca. Las ventanas, también aquí, habían sido tapiadas. Pero en su lugar, un largo paisaje pintado -lo que se lla­ma en decoración un engaño visual, un trompe l’oeil­se se extendía de pared a pared. Un castillo antiguo se levantaba a la mitad del panorama desolado, escenas de bosques secos y tierras yermas sobrevoladas por aves de presa y recorridas por lobos. Y en un balcón del castillo, diminutas, una mujer y una niña se mos­traban, asustadas, implorantes.

 

Creí que no iba a haber cuadros en esta casa. Sacudí la cabeza para espantar esta visión. Me atreví a interrumpir al conde Vlad.

-Señor conde, sólo falta firmar estos documentos. Si no tiene inconveniente, le ruego que lo haga ahora. Se hace tarde y me esperan a cenar.

Le tendí al inquilino los papeles y la pluma. Se incorporó, acomodándose la ridícula peluca.

-¡Qué fortuna! Tiene usted familia.

-Sí -tartamudeé-. Mi esposa encontró esta casa y la reservó para usted.

-¡Ah! Ojalá me visite un día.

-Es una profesionista muy ocupada, ¿sabe?

-¡Ah! Pero lo cierto es que ella conoció esta casa antes que yo, señor Navarro, ella caminó por estos pasillos, ella se detuvo en esta sala…

-Así es, así es…

-Dígale que olvidó su perfume.

-¿Perdone?

-Sí, dígale a… ¿Asunción, se llama? ¿Asunción, me dijo mi amigo Zurinaga?… Dígale a Asunción que su perfume aún permanece aquí, suspendido en la atmósfera de esta casa…

-Cómo no, una galantería de su parte.

-Dígale a su esposa que respiro su perfume…

-Sí, lo haré. Muy galante, le digo. Ahora por favor excúseme. Buenas noches. Y buena estancia.

-Tengo una hija de diez años.  Usted tambén, ¿verdad?

Así es, señor conde.

-Ojalá puedan verse y congenien. Tráigala a jugar con Minea.

-¿Minea?

-Mi hija, señor Navarro. Avísele a Borgo.

-¿Borgo?

-Mi sirviente.

Vlad tronó los dedos con ruido de sonaja y cas­tañuela. Brillaron las uñas de vidrio y apareció un pequeño hombre contrahecho, un jorobadito peque­ño pero con las más bellas facciones que yo haya visto en un macho. Pensé que era una visión escultórica, uno de esos perfiles ideales dela Greciaantigua, la cabeza del Perseo de Cellini. Un rostro de simetrías perfectas encajado brutalmente en un cuerpo defor­me, unidos ambos por una larga melena de bucles casi femeninos, color miel. La mirada de Borgo era triste, irónica, soez.

-A sus órdenes, señor -dijo el criado, en fran­cés, con acento lejano.

Apresuré groseramente, sin quererlo, arrepentido enseguida de ofender a mi cliente, mis despedidas.

-Creo que todo está en orden. Supongo que no nos volveremos a ver. Feliz estancia. Muchas gra­cias… quiero decir, buenas noches.

 

No pude juzgar, detrás de tantas capas de dis­fraz, su gesto de ironía, desdén, diversión. Al conde Vlad yo le podía sobreimponer los gestos que se me antojara. Estaba disfrazado. Borgo el criado, en cam­bio, no tenía nada que ocultar y su transparencia, lo confieso, me dio más miedo que las truculencias del conde, quien se despidió como si yo no hubiese dicho palabra.

-No lo olvide. Dígale a su esposa… a Asun­ción, ¿no es cierto?… que la niña será bienvenida.

Borgo acercó una vela al rostro de su amo y aña­dió:

-Podemos jugar juntos, los tres…

Lanzó una risotada y cerró la puerta en mis narices.

 

V

 

Una noche tormentosa. Los sueños y la vida se mez­clan sin fronteras. Asunción duerme a mi lado des­pués de una noche de intenso encuentro sexual urgido, casi impuesto, por mí, con la conciencia de que quería compensar el fúnebre tono de mi visita al conde.

No quisiera, en otras palabras, repetir lo que ya dije sobre mi relación amorosa con Asunción y la dis­creción que ciñe mis evocaciones. Pero esta noche, como si mi voluntad, y mucho menos mis palabras, no me perteneciesen, me entrego a un placer erótico tan grande que acabo por preguntarme si es comple­to. -¿Te gustó, mi amor? -Esta pregunta tradicio­nal del hombre a la mujer se agota pronto. Ella siempre dirá que sí, primero con palabras, luego asintiendo con un gesto, pero un día, si insistimos, con fastidio. La pregunta ahora me la hago a mí mismo. ¿La satis­fice? ¿Le di todo el placer que ella merece? Sé que yo obtuve el mío, pero considerar sólo esto es rebajarse y rebajar a la mujer. Dicen que una mujer puede fingir un orgasmo pero el hombre no. Yo siempre he creído que el hombre sólo obtiene placer en la medida en que se lo da a la mujer. Asunción, ¿ese placer que me colma a mí, te llena a ti? Como no lo puedo preguntar una sola vez más, debo adivinarlo, medir la tem­peratura de su piel, el diapasón de sus gemidos, la fuerza de sus orgasmos y, contemplándola, deleitarme en la temeridad redescubierta de su pubis, la hon­dura del manantial ocluso de su ombligo, la juguetería de sus pezones erectos en medio de la serenidad có­moda, acojinada y maternal de sus senos, su largo cuello de modelo de Modigliani, su rostro oculto por la postura del brazo, la indecencia deliciosa de sus piernas abiertas, la blancura de los muslos, la fealdad de los pies, el temblor casi alimenticio de las nalgas… Veo y siento todo esto, Asunción adorada, y como ya no puedo preguntar como antes, ¿te gustó, mi amor?, me quedo con la certeza de mi propio placer pero con la incertidumbre profunda, inexplicable, ¿ella también gozó?, ¿gozaste tanto como yo, mi vida?, ¿hay algo que quieras y no me pides?, ¿hay un resquicio final de tu pudor que te impide pedirme un acto extremo, una indecencia física, una palabra violenta y vulgar?

Cruza por mi mente la sensación palpitante del cuerpo de Asunción, el contraste entre la cabellera negra, larga, lustrosa y lacia, y la mueca de su pubis, la maraña salvaje de su pelambre corta, agazapada como una pantera, indomable como un murciélago, que me obliga a huir hacia adentro, penetrarla para salvarme de ella, perderme en ella para ocultar con mi propio vello la selva salvaje que crece entre las pier­nas de Asunción, ascendiendo por el monte de Venus y luego como una hiedra por el vientre, anhelando arañar el ombligo, el surtidor mismo de la vida…

Me levanto de la cama, esa noche precisa, pen­sando, ¿me faltó decir o hacer algo? ¿Cómo lo voy a saber si Asunción no me lo dice? ¿Y cómo me lo va a  decir, si su mirada después del coito se cierra, no me deja entrever siquiera si de verdad está satisfecha o si quiere más o si en aras de nuestra vida en común se guarda un deseo porque conoce demasiado bien mis carencias?

Vuelvo a besarla, como si esperase que de nues­tros labios unidos surgiese la verdad de lo que somos y queremos.

 

Largo rato, esa madrugada, la miré dormir. Luego, alargando la mano debajo de la cama, busqué en vano mis zapatillas de noche. Desacostumbradamente, no estaban allí. Alargué la mano debajo de la cama y la retiré horrorizado.

Había tocado otra mano posada debajo del lecho.

Una mano fría, de uñas largas, lisas, vidriosas. Respiré hondo, cerré los ojos.

Me senté en la cama y pisé la alfombra.

Me disponía a iniciar la rutina del día.

Entonces sentí que esa mano helada me tomaba con fuerza del tobillo, enterrándome las uñas de vi­drio en las plantas del pie y murmurando con una voz gruesa:

-Duerme. Duerme. Es muy temprano. No hay prisa. Duerme, duerme.

Sentí que alguien abandonaba el cuarto.

 

 

VI

 

Soñé que estaba en mi recámara y que alguien la aban­donaba. Entonces la recámara ya no era la mía. Se volvía una habitación desconocida porque alguien la había abandonado.

Abrí los ojos con el sobresalto de la pesadilla. Miré con alarma el reloj despertador. Eran las doce del día. Me toqué las sienes. Me restregué los ojos. Me invadió el sentimiento de culpa. No había llegado a la oficina. Había faltado a mi deber. Ni siquiera había avisado, dando alguna excusa.

Sin pensarlo dos veces, tomé el teléfono y llamé a Asunción a su oficina.

Ella tomó con ligereza y una risa cantarina mis explicaciones.

-Cariño, entiendo que estés cansado -rió.

-¿Tú no? -traté de imitar su liviandad.

-Hmmm. Creo que a ti te tocó anoche el trabajo pesado. ¿Qué diablo se te metió en el cuerpo? Descansa. Tienes derecho, amor. Y gracias por darme tanto. -¿Sabes una cosa?

-¿Qué?

-Sentí que anoche mientras hacíamos el amor, alguien nos miraba.

-Ojalá. Gozamos tanto. Que les dé envidia.

Pregunté por la niña. Asunción me dijo que éste era día feriado en la escuela católica -una fiesta no reconocida por los calendarios cívicos,la Asuncióndela Virgen María, su ascenso tal como era en vida al Paraíso- y como coincidía con el cumpleaños de Chepina, Josefina Alcayaga, ¿sabes?, la hija del inge­niero Alcayaga y su esposa María de Lourdes, pues hay fiesta de niños y llevé a Magdalena temprano, aprovechando para presentarle recibos al ingeniero por el túnel que se encargó de hacer en casa de tu cliente, el conde…

Guardé un silencio culpable.

-Asunción. Es tu santo.

-Bueno, el calendario religioso no nos importa mucho a ti y a…

-Asunción. Es tu santo.

-Claro que sí. Basta.

-Perdóname, mi amor.

-¿De qué, Yves?

-No te felicité a tiempo.

-¿Qué dices? ¿Y el festejo de anoche? Oye, estaba segura de que esa era tu manera de celebrarme. Y lo fue. Gracias.

Rió quedamente.

-Bueno, mi amor. Todo está en orden -con­cluyó Asunción-. Recogeré a la niña esta tarde y nos vemos para cenar juntos. Y si quieres, volve­mos a celebrarla Asuncióndela Santísima VirgenMaría.

Volvió a reír con coquetería, sin abandonar, de todos modos, esa voz de profesionista que adopta en la oficina de manera automática.

-Descanse usted, señor. Se lo merece. Chau.

 

No acababa de colgar cuando sonó el teléfono. Era Zurinaga.

-Habló usted largo, Navarro -dijo con una voz impaciente, poco acorde con su habitual corte­sía-. Llevo horas tratando de comunicarme.

-Diez minutos, señor licenciado -le contesté con firmeza y sin mayores explicaciones.

-Perdone, Yves -regresó a su tono normal-. Es que quiero pedirle un favor.

-Con gusto, don Eloy.

-Es urgente. Visite esta noche al conde Vlad.

-¿Por qué no me llama él mismo? -dije, dando a entender que ser “mandadero” no se llevaba bien ni con la personalidad de don Eloy Zurinaga ni con la mía.

-Aún no le instalan el teléfono…

-¿Y cómo se comunicó con usted? -pregunté ya un poco fastidiado, sintiéndome sucio, pegajoso de amor, con púas en las mejillas, un incómodo su­dor en las axilas y cosquillas en la cabeza rizada.

-Envió a su sirviente.

-¿Borgo?

-Sí. ¿Ya lo vio usted?

No dijo “conoció”. Dijo “vio”. Y yo me dije re­servadamente que había jurado no regresar a la casa del conde Vlad. El asunto estaba concluido. El famo­so conde no tenía, ni por asomo, la gracia del gitano. Además, yo debía pasar por la oficina, así fuese pro forma. Bastante equívoca era la ausencia del primer jefe, Zurinaga; peligrosa la del segundo de abordo, yo… No contesté a la pregunta de Zurinaga.

-Me daré una vuelta por la oficina, don Eloy, y más tarde paso a ver al cliente -le dije con firmeza.

Zurinaga colgó sin decir palabra.

 

Me asaltó, manejando el BMW rumbo a la ofi­cina en medio del paso de tortuga del Periférico, la preocupación por Magdalena, de visita en casa de los Alcayaga. Me tranquilizó el recuerdo de Asunción.

-No te preocupes, amor. Yo pasaré a recogerla y nos vemos para cenar.

-¿A qué hora la recoges?

-Ya ves cómo son las fiestas infantiles. Se prolongan. Y María de Lourdes tiene un verdadero arsenal de juegos, piñatas, que los encantados, que doña Blanca, las escondi­dillas, tú la traes, ponches, pasteles, pitos y flautas.. .

Rió y terminó: -¿Ya no te acuerdas de que fuis­te niño?

 

 

VII

 

El jorobado abrió la puerta y me observó de cerca, con desfachatez. Sentí su aliento de yogurt. Me reco­noció y se inclinó servilmente.

-Pase, maítre Navarro. Mi amo lo espera. Entré y busqué inútilmente al conde en la estancia.

-¿Dónde?

-Suba usted a la recámara.

Ascendí la escalera semicircular, sin pasamanos. El criado permaneció al pie de los escalones, no sé si haciendo gala de cortesía o de servilismo; no sé si vigilándome con sospecha. Llegué a la planta alta. Todas las puertas de lo que supuse eran habitaciones estaban cerradas, salvo una. A ella me dirigí y entré a un dormitorio de cama ancha. Como eran ya las nueve de la noche, se me ocurrió notar que la cama seguía cubierta de satín negro, sin preparativo alguno para la noche del amo.

No había espejos. Sólo un tocador con toda suerte de cosméticos y una fila de soportes de pelucas. El señor conde, al peinarse y maquillarse debía, al mis­mo tiempo, adivinarse…

La puerta del baño estaba abierta y un ligero vapor salía por ella. Dudé un instante, como si violara la intimidad de mi cliente. Pero su voz se dejó oír, “Entre, señor Navarro, pase, con confianza…”

Pasé al salón de baño, donde se concentraba el vapor de la ducha. Detrás de una puerta de laca goteante, el conde Vlad se bañaba. Miré alrededor. Un baño sin espejos. Un baño -la curiosidad me ganó- sin los utensilios comunes, brochas, peines, rastrillos para afeitar, cepillos de dientes, pastas… En cambio, como en el resto de la casa, coladeras en cada rincón.. .

Vlad emergió de la ducha, abrió la puerta y se mostró desnudo ante mi mirada azorada.

Había abandonado peluca y bigotes.

Su cuerpo era blanco como el yeso.

No tenía un solo pelo en ninguna parte, ni en la cabeza, ni en el mentón, ni en el pecho, ni en las axilas, ni en el pubis, ni en las piernas.

Era completamente liso, como un huevo. O un esqueleto.

Parecía un desollado.

Pero su rostro guardaba una rugosidad de pálido limón y su mirada continuaba velada por esas gafas negras, casi una máscara, pegadas a las cuencas acei­tunadas y encajadas en las orejas demasiado pequeñas, cosidas de cicatrices.

Ah, señor Navarro -exclamó con una sonrisa roja y ancha-. Por fin nos vemos tal como somos… Quise tomar las cosas a la ligera.

-Perdone, señor conde. Yo estoy vestido.

-¿Está seguro? ¿La moda no nos esclaviza y des­nuda a todos, eh?

En los extremos de la sonrisa afable, ya sin el disfraz de los bigotes, aparecieron dos colmillos agu­dos, amarillos como ese limón que, vista de cerca, la palidez de su rostro sugería.

-Excuse mi imprudencia. Por favor, páseme mi bata. Está colgada allí -señaló a lo lejos y dijo con premura-. Bajemos a cenar.

-Excúseme. Tengo cita con mi familia.

-¿Su mujer?

-Sí. Así es.

-¿Su hija?

Asentí. El rió con una voz caricaturesca.

-Son las nueve de la noche. ¿Sabe dónde están sus hijos?

Pensé en Didier muerto, en Magdalena que ha­bía ido a la fiesta de cumpleaños de Chepina y debía estar de regreso en casa mientras yo permanecía como un idiota en la recámara de un hombre desnudo, depilado, grotesco, que me preguntaba ¿dónde están sus hijos?

Hice caso omiso de su presencia.

-¿Puedo hablar a mi casa? -dije confusamente.

Me llevé la mano a la cabeza. Zurinaga me lo advirtió. Tuve la precaución de traer mi celular. Lo saqué de la bolsa trasera del pantalón y marqué el número de mi casa. No hubo contestación. Mi pro­pia voz me contestó. “Deje un mensaje.” Algo me impidió hablar, una sensación de inutilidad crecien­te, de ausencia de libertad, de involuntario arrastre a una barranca como la que se precipitaba a espaldas de esta casa, el dominio del puro azar, el reino sin albedrío…

-Debe estar en casa de los Alcayaga -murmu­ré para mi propia tranquilidad.

-¿El amable ingeniero que se encargó de cons­truir el túnel de esta morada?

-Sí, el mismo -dije atolondrado.

Marqué apresuradamente el número. -Bueno, María de Lourdes…

-Sí…

-Soy Yves, Yves Navarro… el padre de Magda­lena…

-Ah sí, qué tal Yves…

-Mi hija… Nadie contesta en mi casa.

-No te preocupes. La niña está aquí. Se quedó a pasar la noche con Chepina.

-¿Puedo hablarle?

-Yves. No seas cruel. Están rendidas. Duermen desde hace una hora…

-Pero Asunción, mi mujer…

-No apareció. Nunca llegó por Magdalena. Pero me llamó para avisar que se le hizo tarde en la oficina y que iría directamente por ti a casa de tu cliente, ¿cómo se llama?

-El conde Vlad…

-Eso es. El conde fulano. ¡Cómo me cuestan los nombres extranjeros! Espérala allí…

-Pero, ¿cómo sabe…?

María de Lourdes colgó. Vlad me miraba con sorna. Fingió un escalofrío.

-Yves… ¿Puedo llamarlo por su nombre? Asentí sin pensar.

-Y recuerde que soy Vlad, para los amigos. Yves, mi bata por favor. ¿Quiere usted que me dé pulmo­nía? Allí, en el armario de la izquierda.

Caminé como sonámbulo hasta el clóset. Lo abrí y encontré una sola prenda, un pesado batón de brocados, antiguo, un poco raído, con cuello de piel de lobo. Un batón largo hasta los tobillos, dig­no del zar de una ópera rusa, bordado de oros vie­jos.

Tomé la prenda y la arrojé sobre los hombros del conde Vlad.

-No se olvide de cerrar la puerta del armario, Yves.

Volví la mirada al clóset (palabra por lo visto desconocida por Vlad Radu) y sólo entonces vi, pe­gada con tachuelas a la puerta interior de la puerta, la fotografía de mi mujer, Asunción, con nuestra hija, Magdalena, sobre sus rodillas.

-Vlad. Llámeme Vlad. Vlad, para los amigos.

 

 

VIII

 

Aún no entiendo por qué me quedé a cenar con Vlad esa noche. Racionalizo. No tenía de qué preocuparme. Magdalena, mi hija, estaba bien, durmiendo en casa de los Alcayaga. A mi mujer Asunción simplemente se le hizo tarde y vendría a recogerme aquí mismo. De todos modos llamé al celular de mi espo­sa, no respondió y dejé el consabido mensaje.

Me rehusé a comentar el descubrimiento de la foto. Era darle una ventaja a este sujeto. Yo no tenía ante él más defensa que la serenidad, no pedir expli­cación de nada, jamás mostrarme sorprendido. ¿Haría otra cosa un buen abogado? Claro, Zurinaga le había dado fotos mías, de mi familia, al exiliado no­ble balcánico, para que viera con quién iba a tratar en este lejano y exótico país, México…

La explicación me serenó.

El conde y yo nos sentamos a las cabeceras de una mesa de metal opaco, sin reflejos, una extraña mesa de plomo, diríase, poco propicia para abrir el apetito, sobre todo si el menú -como en este caso-consistía únicamente de vísceras. Hígados, riñones, criadillas, tripas, desganados pellejos… todo ahogado en salsas de cebolla y hierbas que reconocí gracias a las viejas recetas francesas que disfrutaba mi madre: perejil, estragón, claro, pero otras que mi paladar no reconocía y condimentos que faltaban, sobre todo el ajo.

-¿No hay ajo? -pregunté sin esperar la mirada fulminante del conde Vlad y su brusco silencio, seguido de un rápido cambio de tema.

-Polvo de cerdo, maitre Navarro. Una vieja receta usada por San Estiquio para expulsar al demo­nio que una monja se tragó por descuido.

Mi expresión de incredulidad pareció divertir a Vlad.

-Es decir, la monja inadvertente, según la le­yenda de mi tierra, se sentó sobre el Diablo y éste dijo, ¿Qué iba a hacer? Se sentó sobre una planta y era yo…

Disimulé muy bien mi asco.

-Entradas y salidas, señor Navarro. A eso se reduce la vida. O dicho en lengua de bárbaros, exits and entrences. Por delante, por detrás. Todo lo que entra, debe salir. Todo lo que sale, debe entrar. Las costumbres del hambre son muy variadas. Lo que es asqueroso para un pueblo, es delicia de otro. Imagí­nese lo que los franceses piensan de los mexicanos comiendo hormigas y saltamontes y gusanos. Pero ellos mismos, los franceses, ¿no consumen alegremente ranas y caracoles? Muéstreme un inglés que pueda saborear el mole poblano: su estómago siente náu­seas de tan sólo imaginar esa mezcla de chile, pollo y chocolate… ¿Y no se deleitan ustedes con el hui­tlacoche, el hongo del maíz, que en el resto del mun­do produce asco y le es aventado a los cerdos? Y hablando de cerdos, ¿cómo pueden soportar los ingleses platos cocinados -más bien dicho arruinados- por el lard, la manteca de puerco? ¡Y no hablo de los norteamericanos, que carecen de paladar y pueden comer papel periódico relamiéndose de gus­to!

Rió con esa peculiar manera suya, bajando for­zadamente el labio superior como si quisiera disimu­lar sus intenciones.

-Hay que ser como el lobo, señor Navarro. ¡Qué sabiduría la del viejo lupus latino, que se convierte en mi wulfuz teutón, qué sabiduría natural y eterna la del lobo que es inofensivo en verano y otoño, cuando está satisfecho, y sólo sale a atacar cuando tiene ham­bre, en el invierno y en la primavera! Cuando tiene hambre…

Hizo un gesto de mando con la pálida mano de uñas vidriosas.

Borgo, el jorobado, hacía las veces de mayordomo y una criada de movimientos demasiado lentos servía los platos, inútilmente urgida por los chasquidos de Borgo, vestido para la ocasión con una chaquetilla de rayas rojas y negras y corbata de moño, que sólo se veían en antiguas películas fran­cesas. Creía compensar con este uniforme pasado de moda, coquetamente, su deformidad física. Al menos, eso me decía su mirada satisfecha y a veces pícara.

 

-Le agradezco profundamente que haya acep­tado mi invitación, maitre Navarro.

-Yves. Generalmente como solo y ello engen­dra tristes pensamientos, croyez-moi.

El criado se acercó a servirme el vino tinto. Se abstuvo de ofrecérselo a su amo. Interrogué a Vlad con la mirada, alzando mi copa para brindar…

-Ya le dije… -el conde me miró con amable sorna.

-Sí, no bebe vino -quise ser ligero y cordial-. ¿Bebe solo?

Con esa costumbre suya de no escuchar al inter­locutor e irse por su propio tema, Vlad simplemente comentó:

-Decir la verdad es insoportable para los mortales.

Insistí con cierta grosería. -Mi pregunta era muy simple. ¿Bebe a solas?

-Decir la verdad es insoportable para los mortales.

-No sé. Yo soy mortal y soy abogado. Parece un silogismo de esos que nos enseñan en la escuela. Los hombres son mortales. Sócrates es hombre. Por lo tanto, Sócrates es mortal.

-Los niños no mienten -prosiguió sin hacerme caso-. Y pueden ser inmortales.

-¿Perdón?

Unas manos de mujer, enguantadas de negro me ofrecieron el platón de vísceras. Sentí repugnancia pero la cortesía me obligó a escoger un hígado aquí, una tripa allá…

-Gracias.

La mujer que me servía se movió con un ligero crujido de faldas. Yo no había levantado la mirada, ocu­pado en escoger entre las asquerosas viandas. Me sonreí solo. ¿Quién mira a un camarero a la cara cuando nos sirve? La vi alejarse, de espaldas, con el platón en la mano.

-Por eso amo a los niños -dijo Vlad, sin tocar bocado aunque invitándome a comer con la mano de uñas largas y vidriosas-. ¿Sabe usted? Un niño es como un pequeño Dios inacabado.

-¿Un Dios inacabado? -dije con sorpresa-. ¿No sería esa una mejor definición del Diablo?

-No, el Diablo es un ángel caído.

Tomé un largo sorbo de vino, armándome para un largo e indeseado diálogo de ideas abstractas con mi anfitrión. ¿Por qué no llegaba a salvarme mi espo­sa?

-Sí -reanudó el discurso Vlad-. El abismo de Dios es su conciencia de ser aún inacabado. Si Dios acabase, su creación acabaría con él. El mundo no podría ser el simple legado de un Dios muerto. Ja, un Dios pensionado, en retiro. Imagínese. El mundo como un círculo de cadáveres, un montón de ceni­zas… No, el mundo debe ser la obra interminable de un Dios inacabado.

-¿Qué tiene esto que ver con los niños? -mur­muré, dándome cuenta de que la lengua se me trababa.

-Para mí, señor Navarro, los niños son la parte inacabada de Dios. Dios necesita el secreto vigor de los niños para seguir existiendo.

-Yo… -murmuré con voz cada vez más sorda.

-Usted no quiere condenar a los niños a la ve­jez, ¿verdad, señor Navarro?

Me rebelé con un gesto impotente y un manota­zo que regó los restos de la copa sobre la mesa de plomo.

-Yo perdí a un hijo, viejo cabrón…

-Abandonar a un niño a la vejez -repitió im­pasible el conde-. A la vejez. Y a la muerte.

 

Borgo recogió mi copa. Mi cabeza cayó sobre la mesa de metal.

-¿No lo dijo el Inmencionable? ¿Dejad que los niños vengan a mí?

 

 

IX

 

Desperté sobresaltado. Como sucede en los viajes, no supe dónde estaba. No reconocí la cama, la estancia. Y sólo al consultar mi reloj vi que marcaba las doce. ¿Del día, de la noche? Tampoco lo sabía. Las pesadas cortinas de bayeta cubrían las ventanas. Me levanté a correrlas con una terrible jaqueca. Me enfrenté a un muro de ladrillos. Volví en mí. Estaba en casa del conde Vlad. Todas las ventanas habían sido condenadas. Nunca se sabía si era noche o día dentro de la casa.

Yo seguía vestido como a la hora de esa maldita cena. ¿Qué había sucedido? El conde y su criado me drogaron. ¿O fue la mujer invisible? Asunción nunca vino a buscarme, como lo ofreció. Magdalena segui­ría en casa de los Alcayaga. No, si eran las doce del día, estaría en la escuela. Hoy no era feriado. Había pasado la fiesta dela Asuncióndela Virgen. Lasdos niñas, Magdalena y Chepina, estarían juntas en la escuela, seguras.

Mi cabeza era un remolino y la abundancia de coladeras en la casa del conde me hacía sentir como un cuerpo líquido que se va, que se pierde, se vierte en la barranca…

La barranca.

 

A veces una sola palabra, una sola, nos da una clave, nos devuelve la razón, nos mueve a actuar. Y yo  necesitaba, más que nada, razonar y hacer, no pensar cómo llegué a la absurda e inexplicable situación en la que me hallaba, sino salir de ella cuanto antes y con la seguridad de que, salvándome, comprendería.

Estaba vestido, digo, como la noche anterior. Supe que aquella era “la noche anterior” y este “el día siguiente” en el momento en que me acaricié el men­tón y las mejillas con un gesto natural e involuntario y sentí la barba crecida, veinticuatro horas sin rasu­rarme…

Pasé mis manos impacientes por los pantalones y el saco arrugados, la camisa maloliente, mi pelo despeinado. Me arreglé inútilmente el nudo de la corbata, todo esto mientras salía de la recámara a la planta alta de la casa e iba abriendo una tras otra las puertas de los dormitorios, mirando el orden perfec­to de cada recámara, los lechos perfectamente tendi­dos, ninguna huella de que alguien hubiese pasado la noche allí. A menos, razoné, y di gracias de que mi lógica perdida regresara de su largo exilio nocturno, a menos de que todos hubiesen salido a la calle y el hacendoso Borgo hubiese arreglado las camas…

Una recámara retuvo mi atención. Me atrajo a ella una melodía lejana. La reconocí. Era la tonada infantil francesa Frére Jacques.

 

Frére Jacques,

dormez-vous?

Sonne la matine.

Ding-dang-dong.

 

Entré y me acerqué al buró. Una cajita de música emitía la cancioncilla y una pastorcilla con báculo en la mano y un borrego al lado giraba en redondo, ves­tida a la usanza del siglo XVIII.

Aquí todo era color de rosa. Las cortinas, los res­paldos de las sillas, el camisón tendido cuidadosamen­te junto a la almohada. Un breve camisón de niña con listones en los bordes de la falda. Unas pantuflas rosa también. Ningún espejo. Un cuarto perfecto pero deshabitado. Un cuarto que esperaba a alguien. Sólo faltaba una cosa. Aquí tampoco había flores. Y súbi­tamente me di cuenta. Había media docena de mu­ñecas reclinadas contra las almohadas. Todas rubias y vestidas de rosa. Pero todas sin piernas.

Salí sin admitir pensamiento alguno y entré a la habitación del conde. Las pelucas seguían allí, en sus estantes, como advertencia de una guillotina maca­bra. El baño estaba seco. La cama, virgen.

Bajé por la escalera a salones silenciosos. Había un ligero olor mohoso. Seguí por el comedor perfec­tamente aseado. Entré a una cocina desordenada, apestosa, nublada por los humos de entrañas rega­das a lo ancho y largo del piso y el despojo de un animal inmenso, indescriptible, desconocido para mí, abierto de par en par sobre la mesa de losetas. Decapitado.

La sangre de la bestia corría aún hacia las colade­ras de la cocina.

Me cubrí la boca y la nariz, horrorizado. No de­seaba que un solo miasma de esta carnicería entrase a mi cuerpo. Me fui dando pequeños pasos, de espal­das, como si temiera que el animal resucitase para atacarme, hasta una especie de cortina de cuero que se venció al apoyarme contra ella. La aparté. Era la entrada a un túnel.

 

Recordé la insistencia de Vlad en tener un pasaje que conectara la casa con la barranca. Yo ya no me podía detener. Tenté con las manos la anchura entre las paredes. Procedí con cautela extrema, inseguro de lo que hacía, buscando en vano la salida, la luz salvadora, dejándome guiar por el subconsciente que me impelía a explorar cada rincón de la mansión de Vlad.

No había luz. Eché mano de mi briquet. Lo en­cendí y vi lo que temía, lo que debí sospechar. El horror concentrado. La cápsula misma del misterio.

Féretro tras féretro, al menos una docena de ca­jas mortuorias hacían fila a lo largo del túnel.

El impulso de dar la espalda a la escena y correr fuera del lugar era muy poderoso, pero más fuerte fue mi voluntad de saber, mi necia y detestable curio­sidad, mi deformación de investigador legal, el desprecio de mí mismo al abrir féretro tras féretro sin encontrar nada más que tierra dentro de cada uno, hasta abrir el cajón donde yacía mi cliente, el conde Vlad Radu, tendido en perfecta paz, vestido con su suéter, sus pantalones y sus mocasines negros, con las manos de uñas vidriosas cruzadas sobre el pecho y la cabeza sin pelo, recostada sobre una almohadilla de seda roja, como rojo era el acolchado de la caja.

Lo miré intensamente, incapaz de despertarlo y pedirle explicaciones, paralizado por el horror de este encuentro, hipnotizado por los detalles que ahora descubría, teniendo a Vlad delante de mí, postrado, a mi merced, pero ignorante, al cabo, de los actos que yo podría cometer, sometido, como lo estaba, a la leyenda del vampiro, a los remedios propalados por la superstición y la ciencia, indisolublemente unidas en este caso. El collar de ajos, la cruz, la estaca…

 

El intenso frío del túnel me arrancaba vahos de la boca abierta pero me aclaraba la mente, me hacía atento a los detalles. Las orejas de Vlad. Demasiado pequeñas, rodeadas de cicatrices, que yo atribuí a su­cesivas cirugías faciales, habían crecido de la noche a la mañana. Pugnaban, ante mi propia mirada, por desplegarse como siniestras alas de murciélago. ¿Qué hacía este ser maldito, recortarse las orejas cada atar­decer antes de salir al mundo, disfrazar su mímesis en quiróptero nocturno? Una peste insoportable surgía de los rincones del féretro de Vlad. Allí se acumulaba la murcielaguina, la mierda del vampiro…

Un goteo hediondo cayó sobre mi cabeza. Le­vanté la mirada. Los murciélagos colgaban cabeza abajo, agarrados a la piedra del túnel por las uñas.

La mierda del vampiro. Las orejas del conde Vlad. La falange de ratas ciegas colgando sobre mi cabeza. ¿Qué importancia tenían al lado del detalle más si­niestro?

Los ojos de Vlad.

Los ojos de Vlad sin las eternas gafas oscuras. Dos cuencas vacías.

Dos ojos sin ojos.

Dos lagunas de orillas encarnadas y profundida­des de sangre negra.

Allí mismo supe que Vlad no tenía ojos. Sus anteojos negros eran sus verdaderos ojos. Le permitían ver.

No sé qué me movió más cuando cerré con velo­cidad la tapa del féretro donde dormía el conde Vlad.

No sé si fue el horror mismo.

No sé si fue la sorpresa, la ausencia de instru­mentos para destruirlo en el acto, mis amenazadas manos vacías.

Sí sé.

Sé que fue la preocupación por mi mujer Asun­ción, por mi hija Magdalena. La sospecha que se im­ponía, por más que la rechazase la lógica normal, de que algo podía unir el destino de Vlad al de mi fami­lia y que si ello era así, yo no tenía derecho a tocar nada, a perturbar la paz mortal del monstruo.

Intenté recuperar el ritmo normal de mi respira­ción. Mi corazón palpitaba de miedo. Pero al respi­rar, me di cuenta del olor de esta catacumba fabricada para el conde Vlad. No era un olor conocido. En vano traté de asociarlo a los aromas que yo conocía. Esta emanación que permeaba el túnel no sólo era distin­ta a cualquier aroma por mí aspirado. No sólo era diferente. Era un tufo que venía de otra parte. De un lugar muy lejano.

 

 

X

 

Hacia la una de la tarde logré regresar a mi casa en el Pedregal de San Ángel. Candelaria nuestra sirvienta me recibió con aire de congoja.

-¡Ay señor! ¡Estoy espantada! ¡Es la primera vez que nadie llega a dormir! ¡Qué solita me sentí!

¿Qué? ¿No había regresado la señora? ¿Dónde anda la niña?

Llamé de prisa, otra vez, a la señora Alcayaga.

-Qué tal Yves. Sí, Magdalena se fue con Chepina a la escuela desde tempranito. No, no te preocu­pes. Tu niña es muy pulcra, una verdadera monada. Se dio su buen regaderazo mientras yo le planchaba personalmente la ropa. Le expliqué a la escuela que hoy Magdita no iría de uniforme, porque se quedó a dormir. Bye-bye.

Llamé a la oficina de Asunción. No, me dijo la secretaria, no ha venido desde ayer. ¿Pasa algo?

 

Me di una ducha, me rasuré y me cambié de ropa.

-¿No quiere sus chilaquiles, señor? ¿Su cafecito?

-Gracias, Candelaria. Llevo prisa. Si viene la señora, dile que no se mueva de aquí, que me espere.

Eché un vistazo a mi estancia. La costumbre irre­nunciable de ver si todo está en orden antes de salir. No vemos nada porque todo está en su lugar. Sali­mos tranquilos. Nada está fuera de su sitio, el hábito reconforta…

No había flores en la casa. Los ramos habitualmente dispuestos, con cariño y alegría, por Asunción, a la entrada del lobby, en la sala, en el comedor visi­ble desde donde me encontraba a punto de salir, no estaban allí. No había flores en la casa.

-Candelaria, ¿por qué no hay flores?

La sirvienta puso su cara más seria. Sus ojos rete­nían un reproche.

-La señora las tiró a la basura, señor. Antes de salir ayer me dijo, ya se secaron, se me olvidó ponerles agua, ya tíralas…

 

Era una mañana sorprendentemente cristalina. Nuestro valle de bruma enferma, antes tan transpa­rente, había recuperado su limpieza alta y sus bellísi­mos cúmulos de nubes. Bastó este hecho para devolverme un ánimo que la sucesión de novedades inquietantes me había arrebatado.

Manejé de prisa pero con cuidado. Mis buenos hábitos, a pesar de todo, regresaban a mí, confron­tándome, afirmando mi razón. Así deseaba que regresase a mí la ciudad de antes, cuando “la capital” era pequeña, segura, caminable, respirable, coronada de nubes de asombro y ceñida por montañas recortadas con tijera…

No tardé en volver a la inquietud.

 

No, me dijo la directora de la escuela, Magdale­na no ha venido el día de hoy.

-Pero sus compañeras, sus amiguitas, ¿puedo hablar con ellas, con Chepina?

No, las niñas no vieron a Magdalena en ninguna fiesta ayer.

-En la fiesta tuya, Chepina.

-No hubo fiesta, señor.

-Era tu cumpleaños.

-No señor, mi santo es el día dela Virgen.

-¿Dela Asunción, ayer?

-No señor, dela Anunciación. Faltamucho.

La niña me miró con impaciencia. Era la hora del recreo y yo le robaba preciosos minutos. Sus com­pañeras la miraban con extrañeza.

Llamé enseguida, otra vez, a la madre de Chepi­na. Protesté con irritación. ¿Por qué me mentía?

-Por favor -me dijo con la voz alterada-. No me pregunte nada. Por favor. Se lo ruego por mi vida, señor Navarro.

-¿Y la vida de mi hija? ¿De mi hija? -dije casi gritando y luego hablando solo, cuando corté la co­municación con violencia.

Tomé el coche y aceleré para llegar cuanto antes al último recurso que me quedaba, la casa de Eloy Zurinaga en la colonia Roma.

 

Nunca me pareció más torturante la lentitud del tráfico, la irritabilidad de los conductores, la barbarie de los camiones desvencijados que debieron quedar proscritos tiempo atrás, la tristeza de las madres men­digas cargando niños en sus rebozos y extendiendo las manos callosas, el asco de los baldados, ciegos y tulli­dos pidiendo limosna, la melancolía de los niños pa­yasos con sus caras pintadas y sus pelotitas al aire, la insolencia y torpeza obscena de los policías barrigones apoyados contra sus motocicletas en las entradas y sa­lidas estratégicas para sacar “mordida”, el paso insolente de los poderosos en automóviles blindados, la mirada fatal, ensimismada, ausente, de los ancianos cruzando las calles laterales a tientas, inseguros, hombres y mu­jeres de pelo blanco y rostros de nuez resignados a morir como vivieron. Los ridículos, gigantescos anuncios de otro mundo fantástico de brassieres y calzoncillos, cuer­pos perfectos, pieles blancas y cabelleras rubias, tien­das de lujo y viajes de encanto a paraísos comprobados.

A lo largo de túneles de cemento tan siniestros como el laberinto construido para el conde Vlad por su vil lacayo el ingeniero Alcayaga, esposo de la no menos vil y mentirosa María de Lourdes, mamá de la dulce pero impaciente niñita Chepina a la que empe­cé a imaginar como un monstruo más, íncubo infan­til de mocos supurantes…

 

Frené abruptamente frente a la casa de mi pa­trón, don Eloy Zurinaga. Un criado sin facciones memorizables me abrió la puerta, quiso impedirme el paso, no se dio cuenta de mi firmeza, de mi cre­ciente poder frente a la incertidumbre, nacido de la mentira y el horror con los que confronté al anciano Zurinaga, sentado como siempre frente al fuego, las rodillas cubiertas por una manta, los dedos largos y blancos acariciando el cuero gastado del sillón.

Al verme abrió los ojos encapotados pero el resto de su cara no se movió. Me detuve sorprendido por el envejecimiento creciente, veloz, del anciano. Ya era viejo, pero ahora parecía más viejo que nunca, viejo como la vejez misma, por un motivo que en el acto se impuso a mi percepción: este jefe ya no mandaba, este hombre estaba vencido, su voluntad había sido obliterada por una fuerza superior a la suya. Eloy Zurinaga respiraba aún, pero ya era un cadáver vacia­do por el terror.

Me dio miedo ver así a un hombre que era mi jefe, al cual debía lealtad si no un afecto que él mis­mo jamás solicitó. Un hombre por encima de cual­quier atentado contra su fuerte personalidad. Honesto o no, ya lo dije: yo no lo sabía. Pero hábil, superior, intocable. El hombre que mejor sabía cultivar la indiferencia.

Y ahora no. Ahora yo miraba, sentado allí con las sombras del fuego bailándole en la cara sin color, como un despojo, a un hombre sin belleza ni virtud, un viejo desgraciado. Sin embargo, para mi sorpresa, aún le quedaban tretas, arrestos.

Adelantó la mano transparente casi.

-Ya sé. Adivinó usted que el hombre con abri­go de polo y stetson antiguo que fue a la oficina era verdaderamente yo, no un doble…

Lo interrogué con la mirada.

-Sí, era yo. La voz que llamó por teléfono para hacer creer que no era yo, que yo seguía en casa, era una simple grabación.

Trató, con dificultad, de sonreír.

-Por eso fui tan cortante. No podía admitir interrupción. Debía colgar rápidamente.

La astucia volvió a brillar por un instante en su mirada.

-¿Por qué tuve que regresar dos veces a la ofici­na, rompiendo la regla de mi ausencia, Navarro? -Una pausa teatral-. Porque en dos ocasiones tuve que consultar viejos papeles olvidados que sólo yo podía encontrar.

Apartó las manos como quien resuelve un mis­terio y pone punto final a la pesquisa.

-Sólo yo sabía dónde estaban. Perdone el mis­terio.

No era estúpido. Mi mirada, mi actitud toda, le dijeron que no era por eso que lo visitaba hoy, que sus tretas olvidadas me tenían sin cuidado. Pero era un litigante firme y no cedió más hasta que yo mis­mo se lo dije.

-Ha jugado usted con mi vida, don Eloy, con mis seres queridos. Créame que si no me habla con franqueza, no respondo de mí.

Me miró con debilidad de padre herido, o de perro apaleado. Pedía piedad, súbitamente.

-Si usted me entendiera, Yves.

No dije nada pero parado allí frente a él, en una actitud de desafío y rabia, no necesitaba decir nada. Zurinaga estaba vencido, no por mí, por él mismo…

-Me prometió la juventud recobrada, la vida eterna.

Zurinaga levantó una mirada sin victorias.

-Éramos iguales, ¿ve usted? Al conocernos éra­mos iguales, jóvenes estudiantes los dos y luego enve­jecimos iguales.

-¿Y ahora, licenciado?

-Vino a verme antenoche. Creí que era para agradecerme todo lo que he hecho por él. Facilitarle el traslado. Atender su súplica: “Necesito sangre fres­ca”, ¡ah!

-¿Qué pasó?

-Ya no era como yo. Había rejuvenecido. Se rió de mí. Me dijo que no esperara nada de él. Yo no volvería a ser joven. Yo le había servido como un cria­do, como un zapato viejo. Yo me haría viejo y mori­ría pronto. Él sería eternamente joven, gracias a mi ingenua colaboración. Se rió de mí. Yo era su criado. Uno más. “Yo tengo el poder de escoger mis edades. Puedo aparecer viejo, joven o siguiendo el curso na­tural de los años.”

El abogado cacareó como una gallina. Volvió a mirarme con un fuego final y me tomó la mano ar­diente. La suya helada.

-Regrese a casa de Vlad, Navarro. Esta misma noche. Pronto no habrá remedio.

Quería desprenderme de su mano, pero Eloy Zurinaga había concentrado en un puño toda la fuerza de su engaño, de su desilusión y de su postrer aliento.

-¿Entiende usted mi conflicto?

-Sí, patrón -dije casi con dulzura, adivinando su necesidad de consuelo, vulnerado yo mismo por el cariño, por el recuerdo, hasta por la gratitud…

-Dése prisa. Es urgente. Lea estos papeles.

Me soltó la mano. Tomé los papeles. Caminé hacia la puerta. Le oí decir de lejos.

-Espere usted todo el mal de Vlad.

Y con voz más baja: -¿Cree que no tengo es­crúpulos de conciencia? ¿Cree que no tengo una fie­bre en el alma?

Le di la espalda. Supe que jamás lo volvería a ver.

 

 

XI

 

En el año del Señor 1448 ascendió al trono de Vala­quia Vlad Tepes, investido por Segismundo de Luxemburgo, Sacro Emperador Romano-Germáni­co, e instaló su capital en Tirgovisye, no lejos del Danubio, a orillas del Imperio Otomano, con la en­comienda cristiana de combatir al Turco, en cuyas manos cayó Vlad, quien aprendió velozmente las lec­ciones del Sultán Murad II: sólo la fuerza sostiene al poder y el poder exige la fuerza de la crueldad. Fu­gándose de los turcos, Vlad recuperó el trono de la Valaquia con un doble engaño: tanto los turcos como los cristianos lo creyeron su aliado. Pero Vlad sólo estaba aliado con Vlad y con el poder de la crueldad. Quemó castillos y aldeas en toda Transilvania. Reunió en una recámara a los jóvenes estudiantes llegados a estudiar la lengua y los quemó a todos. Enterró a un hombre hasta el ombligo y lo mandó decapitar. A otros los asó como a cerdos o los degolló como corderos. Capturó las siete fortalezas de Transilvania y ordenó tasajear a sus habitantes como pedazos de lechuga. A los gitanos, insumisos a ser ahorcados por no ser costumbre de zíngaros, los obligó a hervir en caldera a uno de ellos y luego devorarle la carne. Una de sus amantes se declaró preñada para retener a Vlad: éste le abrió el vientre con una tajada de cuchillo para ver si era cierto. En 1462 ocupó la ciudad de Nicó­polis y mandó clavar de la cabellera a los prisioneros hasta que muriesen de hambre. A los señores de Fa­garas los decapitó, cocinó sus cabezas y se las sirvió a la población. En la aldea de Amlas le cortó las tetas a las mujeres y obligó a sus maridos a comerlas. Reunió en un palacio de Broad a todos los pobres, en­fermos y ancianos de la región, los festejó con vino y comida y les preguntó si deseaban algo más.

“No, estamos satisfechos”.

“Entonces los mandó decapitar para que murie­sen satisfechos y jamás volviesen a sentir necesidad alguna.

“Pero él mismo no estaba satisfecho. Quería de­jar un nombre y una acción imborrables en la histo­ria. Encontró un instrumento que se asociase para siempre a él: la estaca.

“Capturó el pueblo de Benesti y mandó empalar a todas las mujeres y a todos los niños. Empaló a los boyares de Valaquia y a los embajadores de Sajonia. Empaló a un capitán que no se atrevió a quemar la iglesia de San Bartolomé en Brasov. Empaló a todos los mercaderes de Wuetzerland y se apropió sus bie­nes. Decapitó a los niños de la aldea de Zeyding e introdujo las cabezas en las vaginas de sus madres antes de empalar a las mujeres. Le gustaba ver a los empa­lados torcerse y revolverse en la estaca “como ranas”. Hizo empalar a un burro en la cabeza de un monje franciscano.

“Vlad gustaba de cortar narices, orejas, órganos sexuales, brazos y piernas. Quemar, hervir, asar, de­sollar, crucificar, enterrar vivos… Mojaba su pan en la sangre de sus víctimas. Se refinaba untando sal en los pies de sus prisioneros y soltando animales para lamerlos.

“Mas empalar era su especialidad y la variedad de la tortura su gusto. La estaca podía penetrar el rec­to, el corazón o el ombligo. Así murieron miles de hombres, mujeres y niños durante el reinado de Vlad el Empalador, sin jamás saciar su sed de poder. Sólo su propia muerte escapaba a su capricho.

Oía las le­yendas de su tierra con obsesión y deseo.

“Los moroni capaces de metamorfosis instantáneas, convirtiéndose en gatos, mastines, insectos o arañas.

“Los nosferatu escondidos en los más hondo de los bosques, hijos de dos bastardos, entregados a or­gías sexuales que los agotan hasta la muerte, aunque apenas enterrados los nosferatu despiertan y abandonan su tumba para jamás regresar a ella, recorriendo la noche en forma de perros oscuros, escarabajos o mariposas. Envenenados de celo, gustan de aparecerse en las recámaras nupciales y volver estériles e im­potentes a los recién casados.

“Los lúgosi, cadáveres vivientes, librados a las or­gías necrofílicas al borde de las tumbas y delatados por sus patas de pollo.

“Los strigoi de Braila con los ojos perpetuamente abiertos dentro de sus tumbas.

“Los varcolaci de rostros pálidos y epidermis reseca que caen en profundo sueño para imaginar que ascienden a la luna y la devoran: son niños que mu­rieron sin bautizo.

“Este era el ferviente deseo de Vlad el Empala­dor. Traducir su cruel poder político en cruel poder mágico: reinar no sólo sobre el tiempo, sino sobre la eternidad.

 

“Monarca temporal, Vlad, hacia 1457, había provocado demasiados desafíos rivales a su poder. Los mercaderes y los boyardos locales. Las dinastías en disputa y sus respectivos apoyos: los Habsburgos y su rey Ladislao Póstumo, la casa húngara de los Hunya­dis y los poderes otomanos en la frontera sur de Vala­quia. Estos últimos se declaraban “enemigos de la Cruz de Cristo”. Los reyes cristianos asociaban a Vlad con la religión infiel. Pero los otomanos, por su parte, asocia­ban a Vlad con el Sacro Imperio y la religión cristiana.

“Capturado al fin en medio de su última batalla por la facción del llamado Basarab Laiota, ágil aliado, como es costumbre balcánica, a todos los poderes en juego, por más antagónicos que sean, Vlad el Empa­lador fue condenado a ser enterrado vivo en un cam­pamento junto al río Tirnava y conducido hasta allí, para su escarnio, entre los sobrevivientes de sus crí­menes infinitos, que le iban dando la espalda a medi­da que Vlad pasaba encadenado, de pie, en un carretón rumbo al camposanto. Nadie quería recibir su última mirada.

“Sólo un ser le daba la cara. Sólo una persona se negaba a darle la espalda. Vlad fijó sus ojos en esa criatura. Pues era una niña apenas, de no más de diez años de edad. Miraba al Empalador con una mezcla impresionante de insolencia e inocencia, de ternura y rencor, de promesa y desesperanza.

“Voivod, príncipe, Vlad el Empalador iba a la muerte en vida soñando con los vivos en muerte, los moroni, los nosferatu, los strigoi, los varcolaci, los vam­piros: Drácula, el nombre que secretamente le daban todos los habitantes de Transilvania y Moldavia, Fra­has y Valaquia, los Cárpatos y el Danubio…

“Iba a la muerte y sólo se llevaba la mirada azul de una niña de diez años de edad, vestida de rosa, la única que no le dio la espalda ni murmuró en voz baja, como lo hacían todos los demás, el nombre maldito, Drácula…

 

“Estos son, amigo Navarro, los secretos -par­ciales- que puede comunicarle su fiel y seguro ser­vidor

(fdo) ELOY ZURINAGA”

 

 

XII

 

Leí el manuscrito sentado al volante del BMW. Sólo al terminarlo arranqué. Puse en cuarentena mis posi­bles sentimientos. Asco, asombro, duda, rebeldía, incredulidad.

Conduje mecánicamente dela Colonia Romaal acueducto de Chapultepec, bajo la sombra iluminada del Alcázar dieciochesco y subiendo por el Paseo dela Reforma(el antiguo Paseo dela Emperatriz) rumbo a Bosques de las Lomas. Agradecía el automa­tismo de mis movimientos porque me encontraba ensimismado, entregado a reflexiones que no son usuales en mí, pero que ahora parecían concentrar mi experiencia de las últimas horas y brotar de mane­ra espontánea mientras las luces del atardecer se iban encendiendo, como ojos de gato parpadeantes, a lo largo de mi recorrido.

Lo que me asaltaba era una sensación de melan­colía intensa: el mejor momento del amor, ¿es el de la melancolía, la incertidumbre, la pérdida? ¿Es cuando Más presente, menos sacrificable a las necedades del celo, la rutina, la descortesía o la falta de atención, sentimos el amor? Imaginé a mi mujer, Asunción, y  recuperando en un instante la totalidad de la pareja, de nuestra vida juntos, me dije que el placer nos deja atónitos: ¿cómo es posible que el alma entera, Asun­ción, pueda fundirse en un beso y pierda de vista al mundo entero?

Le hablaba así a mi amor, porque no sabía lo que me esperaba en casa del vampiro. Repetía como exor­cismos las palabras de la esperanza: el amor siempre es generoso, no se deja vencer porque lo impulsa el deseo de poseer plena y al mismo tiempo infinitamente, y como esto no es posible, convertimos la insatisfacción misma en el acicate del deseo y lo engalanamos, Asunción, de melancolía, inquietud y la celebración de la finitud misma.

Como si adivinase lo que me esperaba, dejé escapar, Asunción, un sollozo y me dije:

-Este es el mejor momento del amor.

 

Caía la tarde cuando llegué a casa del conde Vlad. Me abrió Borgo, cerrándome, una vez más, el paso. Estaba dispuesto a pegarle, pero el jorobado se adelantó:

-La niña está atrás, en el jardín.

-¿Cuál jardín? -dije inquieto, enojado.

-Lo que usted llama la barranca. Los árboles -indicó el criado con un dedo sereno.

No quise correr al lado de la mansión de Vlad para llegar a eso que Borgo llamaba jardín y que era un barranco, según lo recordaba, con algunos sauces moribundos sobresalientes en el declive del terreno. Lo primero que noté, con asombro, fue que los árbo­les habían sido talados y tallados hasta convertirse en estacas. Entre dos de estas empalizadas colgaba un columpio infantil.

Allí estaba Magdalena, mi hija.

Corrí a abrazarla, indiferente a todo lo demás.

-Mi niña, mi niñita, mi amor -la besé, la abra­cé, le acaricié el pelo crespo, las mejillas ardientes, sentí la plenitud del abrazo que sólo un padre y una hija saben darse.

Ella se apartó, sonriendo.

-Mira, papá. Mi amiguita Minea.

Volteé para mirar a otra niña, la llamada Minea, que tomó la mano de mi Magdalena y la apartó de mí. Mi hijita vestía su uniforme escolar azul marino con cuello blanco y corbata de moño roja.

La otra niña vestía toda de rosa, como las muñe­cas en el cuarto que yo había visitado esa mañana. Usaba un vestido rosa de falda ampona y llena de olanes, con rosas de tela cosidas a la cintura, medias color de rosa y zapatillas de charol negro. Tenía una masa de bucles dorados, en tirabuzón, con un moño inmenso, color de rosa, coronándola.

Era de otra época. Pero era idéntica a mi hija (que tampoco, como lo he indicado, y debido a las formalidades de su madre, era una niña moderna).

La misma estatura. La misma cara. Sólo el atuen­do era distinto.

-¿Qué haces, Magda? -le dije desechando el asombro.

-Mira -señaló a las estacas del cárcamo. No vi nada excepcional.

-Las ardillas, papá.

Sí, había ardillas subiendo y bajando por los tron­cos, correteando nerviosas, mirándonos como a in­trusos antes de reanudar su carrera.

-Muy simpáticas, hija. En el jardín de la casa también las hay, ¿recuerdas?

Magdalena rió como niña, llevándose una mano a la boca. Se levantó la falda colegial al mismo tiem­po que Minea hacia lo propio. Minea metió la mano en la parte delantera de su calzón infantil y sacó una ardilla palpitante, apretada entre las manos.

-¿A que no sabías, papá? A las ardillas los dien­tes les crecen por dentro hasta atravesarles la cabeza…

Mi hija tomó la ardilla que le ofreció Minea y levantándose la falda escolar, la guardó en su calzón sobre el pubis.

Me sentí arrollado por el horror. Había mante­nido la vista baja, observando a las niñas, sin darme cuenta de la vigilante cercanía de Borgo.

El criado se acercó a mi hija y le acarició el cue­llo. Sentí una sublevación de asco. Borgo rió.

-No se preocupe, monsieur Navarro. Mi amo no me permite más que esto. Il se réserve les petits choux bien pour lui…

Lo dijo como un cocinero que acaricia una galli­na antes de degollarla. Soltó a Magda, pidiendo paz con una mano. Las formas se volvían pardas como la noche lenta de la meseta.

-En cambio, a Minea, como es de la casa…

El obsceno criado le levantó la falda a la otra niña, le subió el vestido de olanes color de rosa hasta ocul­tarle el rostro, reveló el pecho desnudo con sus pezo­nes infantiles e hincándose frente a Minea comenzó a chupárselos.

-¡Ay, monsieur Navarro! -dijo interrumpien­do su sucia labor-. ¡Qué formas y florilegios de los pezones! ¡Qué sensación de éxtasis sexual!

Apartó la cara y vi que en el pecho de la niña Minea habían desaparecido los pezones.

 

Busqué la mirada de mi hija, como si quisiera apartarla de estas visiones.

No sé si la miré con odio o si fue ella quien me dijo con los ojos: -Te detesto. Déjame jugar a gusto.

 

“Regrese a casa de Vlad. Pronto no habrá remedio.”

Las palabras de Zurinaga resonaron en esa noche turbia y recién estrenada del altiplano de Méxi­co, donde el calor del día cede en un segundo al frío de la noche.

 

 

XIII

 

No es cierto. No abandoné a Magdalena. El asco tur­bio que me produjo la escena del barranco no me desvió de mi propósito lúcido, que era enfrentarme al monstruo y salvar a mi familia.

Dándole la espalda a Borgo, a Minea y a mi hija, descubrí la entrada al túnel a boca de jarro sobre el cárcamo, empujé la puerta de metal y entré a ese pa­saje recién construido por el maldito Alcayaga pero que tenía un musgoso olor a siglos, como si hubiese sido trasladado, en vez de construido aquí, desde las lejanas tierras dela Valaquiaoriginaria de Vlad Radu.

Perfume de carnes sensualmente corruptas, dul­ces en su putrefacción.

Piélago antiquísimo de brea y percebes pegados a los féretros. Humo arenoso de una tierra que no era mía, que venía de muy lejos, encerrada entre made­ros crujientes y clavos enmohecidos.

Caminé de prisa, sin detenerme porque la curio­sidad acerca de este lúgubre cementerio ambulante ya la había saciado esta mañana. Me detuve con un grito sofocado. Detrás de un cajón de muerto, apareció Vlad, cerrándome el paso.

Por un instante no lo reconocí. Se envolvía en una capa dragona y la cabellera le caía sobre los hom­bros, negra y lustrosa. No era una peluca más. Era el cabello de la juventud, renacido, brillante, espeso. Lo reconocí por la forma del rostro, por la palidez cal­cárea, por los anteojos negros que ocultaban las cuen­cas sangrientas.

Recordé las palabras amargas de Zurinaga, Vlad escoge a voluntad sus edades, parece viejo, joven o siguiendo el curso natural de los años, nos engaña a todos…

-¿A dónde va tan de prisa, señor Navarro? -dijo con su voz untosa y profunda.

La simple pregunta me turbó. Si había abando­nado en la barranca a mi hija, fue sólo para enfren­tarme a Vlad.

Aquí lo tenía. Pero debí dar otra respuesta. -Busco a mi mujer.

-Su mujer no me interesa.

-Qué bueno saberlo. Quiero verla y llevarnos a Magdalena. No será usted quien destruya nuestro hogar.

Vlad sonrió como un gato que desayuna canarios. -Navarro, déjeme explicarle la situación. Abrió de un golpe un féretro y allí yacía Asunción, mi esposa, pálida y bella, vestida de negro, con  las manos cruzadas sobre el pecho. Busqué instintivamente su cuello. Dos alfilerazos morados, pequeñísimos capullos de sangre, florecían a la altura de la yugular externa.

274

Iba a reprimir un grito que el propio Vlad, con una fuerza de gladiador, sofocó con una mano de araña sobre mi boca, aprisionando con la otra mi pecho.

-Mírela bien y entiéndalo bien. No me intere­sa su esposa, Navarro. Me interesa su hija. Es la com­pañera ideal de Minea. Son casi gemelas, ¿se dio usted cuenta? Viera usted la cantidad de fotografías que hube de escudriñar en las largas noches de mi arruinado castillo enla Valaquiahasta encontrar a la niña más parecida a la mía. ¡Y en México, una ciudad de veinte millones de nuevas víctimas, como las llamaría usted! ¡Una ciudad sin seguridad policiaca! ¡Viera usted los trabajos que pasé con Scotland Yard en Londres! Y además -aunque he cultivado viejas amistades en todo el mundo-, la ciudad de mi viejo -viejísimo, sí- amigo Zurinaga. Todo salió a pedir de boca, por decirlo de algún modo… ¡Veinte millones de sabro­sas morongas!

Vlad tuvo el mal gusto de relamerse.

-Son casi gemelas, ¿se dio usted cuenta? Minea ha sido una fuente de vida para mí. Crea en mis bue­nos sentimientos, Navarro. Usted que posee la místi­ca de la familia. Esta niña es, realmente, mi única y verdadera familia.

 

Suspiró sentimentalmente. Yo permanecí, a me­dida que el conde aflojaba su fuerza sobre mi cuerpo, fascinado por el cinismo del personaje.

-Con Minea, ve usted, entendí, supe lo que no sabía. Imagínese, desde que empecé mi vida hace cinco siglos, en la fortaleza de Sigiscara sobre el río Tirnava, sólo viví luchando por el poder político, tratando de mantener la herencia de mi padre Vlad Dracu contra mi medio hermano Alexandru por el trono de Vala­quia, contra la amante de mi padre, Caktuna, convertida en monja, y su hijo mi medio hermano, monje como su madre, conspiradores ambos bajo la santi­dad dela Iglesia, luchando contra los turcos que in­vadieron mi reino con la ayuda de mi traidor y corrupto hermano menor, Radu, efebo del sultán Mhemed en su harén masculino, prisionero yo mis­mo de los turcos, Navarro, donde aprendí las cruel­dades más refinadas y salí armado de venganza hasta teñir de rojo el Danubio entero, de Silistra a Tisma­nia, llenar de cadáveres los pantanos de Balreni, cegar con hierro y enterrar vivos a mis enemigos y empalar en estacas a cuantos se opusieran a mi poder, empalados por la boca, por el recto, por el ombligo, así me gané el título de Vlad el Empalador. El nuncio papal Gabriele Rangone me acusó de empalar a cien mil hombres y mujeres y el Papa mismo me condenó a vivir incomunicado en una profundidad secreta bajo lápida de fierro en un camposanto a orillas del río Tirnava, después de dictaminar “La tierra sacra no recibirá tu cuerpo”, condenándome a permanecer insepulto pero enterrado en vida… Así nació mi injusta leyenda de muerto-vivo en todas las aldeas en­tre el río Dambótiva y el Paso del Roterturn: toda muerte inexplicada, toda desaparición o secuestro, me eran atribuidos a mí, Vlad el Empalador, el Muerto en Vida, el Insepulto, mientras yo yacía vivo en una hondura cavernaria comiendo raíces y tierra, ratas y los murciélagos que pendían de las bóvedas de la ca­verna, serpientes y arañas, enterrado vivo, Navarro, buscado por crímenes que no cometí y pagando por los que sí cometí, buscado porla Santa Inquisiciónde las comunidades unidas, convencidas de que yo no había muerto y perpetraba todos los crímenes, ¿pero dónde me encontraba?, ¿cómo descubrir mi escondite en medio de las tumbas levantadas como dedos de piedra, estacas de mármol, en la orilla del Tirnava: sepultado sin nombre ni fecha por órdenes del difunto nuncio, borrado del mundo pero sospe­choso de corromperlo? El sitio de mi reclusión forzada había sido celosamente guardado en Roma, olvidado o perdido, no sé. El nuncio se llevó el secre­to a la tumba. Entonces los pobladores dela Valaquiaoyeron el consejo ancestral. Que una niña desnuda montada a caballo recorra todos los cementerios de la región a galope, y allí donde se detenga el caballo estará escondido Vlad y allí mismo le hundiremos una estaca en el pecho al Empalador…

Una noche al fin oí el galope funesto. Me abracé a mí mismo. Sólo esa noche tuve miedo, Navarro. El galope se alejó. Unas horas más tarde, la niña desnuda regresó al sitio de mi prisión, abrió las compuertas de fierro de mi desapacible cárcel papal. “Me llamo Minea”, me dijo, “le encajé las espuelas al caballo cuando se iba a dete­ner sobre tu escondite. Así supe que estabas encarce­lado aquí. Ahora sal. He venido a rescatarte. Has aprendido a alimentarte de la tierra. Has aprendido a vivir enterrado. Has aprendido a no verte jamás a ti mismo. Cuando empezó la cacería contra ti, me ofre­cí candorosa. Nadie sospecha de una niña de diez años. Aproveché mi apariencia, pero tengo tres siglos de rondar la noche. Vengo a ofrecerte un trato. Sal de esta cárcel y únete a nosotros. Te ofrezco la vida eter­na. Somos legión. Has encontrado tu compañía. El precio que vas a pagar es muy bajo.”

La niña Minea se lanzó sobre mi cuello y allí me enterró los dientes.

 

Había encontrado mi compañía. No soy un creador, Navarro, soy una criatura más, ¿entiende usted?… Yo vivía, como usted, en el tiempo. Como usted, ha­bría muerto. La niña me arrancó del tiempo y me condujo a la eternidad…

Me estaba estrangulando.

-¿No siente compasión hacia mí? Ella me arran­có los ojos, se los chupó como se lo chupa todo, para que mis ojos no expresaran más otra necesidad que la sangre, ni otra simpatía que la noche…

 

Traté de morder la mano que me amordazaba obligándome a escuchar esta increíble y lejana histo­ria y temí, como un idiota, que herir la sangre del vampiro era tentar al mismísimo Diablo. Vlad apretó su dominio sobre mi cuerpo.

-Los niños son pura fuerza interna, señor Na­varro. Una parte de nuestro poderío vital está concentrado adentro de cada niño y la desperdiciamos, queremos que dejen de ser niños y se vuelvan adul­tos, trabajadores, “útiles a la sociedad”.

Lanzó una espantosa carcajada.

-¡La historia! ¡Piense en la historia que acabo de narrarle y dígame si todo ese basurero de menti­ras, esos biombos de nuestra mortalidad aterrada que llamamos profesiones liberales, política, economía, arte, incluso arte, señor Navarro, nos salvan de la imbecilidad y de la muerte! ¿Sabe cuál es mi experi­mento? Dejar que su hija crezca, adquiera forma y atractivo de mujer, pero no deje nunca de ser niña, fuente de vida y pureza…

-No, Minea nunca crecerá -dijo adivinando mi confusión-. Ella es la eterna niña de la noche.

 

Me mostró, haciéndome girar hasta darle la cara, las encías encendidas, los colmillos de un marfil puli­do como espejo.

-Estoy esperando que su hija crezca, Navarro. Va a permanecer conmigo. Será mi novia. Un día será mi esposa. Será educada como vampiro. -El siniestro monstruo dibujó una sonrisa agria-. No sé si le daremos nietos…

Me soltó. Extendió el brazo y me indicó el camino.

-Espere a su mujer en la sala. Y piense una cosa. Me he alimentado de ella mientras la niña crece. No quiero retenerla mucho tiempo. Sólo mientras me sea útil. Francamente, no veo qué le encuentra usted de maravillosa. Elle est une femme de ménage!

 

 

XIV

 

Caminé como sonámbulo y esperé sentado en la sala blanca de muebles negros y numerosas coladeras. Cuando mi mujer apareció, vestida de negro, con la melena suelta y la mirada inmóvil, sentí simpatía y antipatía, atracción y repulsión, una inmensa ternu­ra y un miedo igualmente grande.

Me levanté y le tendí la mano para acercarla a mí. Asunción rechazó la invitación, se sentó frente a mí, poseída por una mirada neutra. No me tocó.

-Mi amor -le dije adelantando la cabeza y el torso hasta posar mis manos unidas sobre mis rodi­llas-. Vine por ti. Vine por la niña. Creo que todo esto es sólo una pesadilla. Vamos a recoger a Magda. Tengo el coche allí afuerita. Asunción, vámonos rá­pido de aquí, rápido.

Me miró con lo mismo que yo le otorgué al verla entrar, aunque sólo la mitad de mis sentimientos. Antipatía, repulsión y miedo. Me dejó esa carta única: el temor.

-¿Tú quieres a mi hija? -me dijo con una voz  nueva, como si hubiese tragado arena y expulsándo­me de la paternidad compartida con ese cruel, frío posesivo: mi hija.

-Asunción, Magda -alcancé a balbucear.

-¿Tú recuerdas a Didier?

-Asunción, era nuestro hijo.

-ES. Es mi hijo

-Nuestro, Asunción. Murió. Lo adoramos, lo recordamos, pero ya no es. Fue.

-Magdalena no va a morir -anunció Asunción con una serenidad helada-. El niño murió. La niña no va a morir nunca. No volveré a pasar esa pena, nunca.

¿Cómo iba a decirle algo como “todos vamos a morir” si en la voz y la mirada de mi mujer había ya, instalada allí como una llama perpetua, la convicción repetida?

-Mi hija no va a morir. Por ella no habrá luto. Magdalena vivirá para siempre.

¿Era este el sacrificio? ¿A esto llegaba el amor materno? ¿Debía admirar a la madre porque admitía esta inmolación?

-No es un sacrificio -dijo como si leyera mi pensamiento-. Estoy aquí por Magda. Pero también  estoy aquí por mi gusto. Quiero que lo sepas. Recuperé el habla, como un toro picado bajo el testuz sólo para embestir mejor.

-Hablé con ese siniestro anciano.

-¿Zurinaga? ¿Hablaste con Zurinaga?

Me confundí.

-Sí, pero me refiero a este otro anciano, Vlad… Ella prosiguió.

-El trato lo hice con Zurinaga. Zurinaga fue el intermediario. Él le mandó a Vlad la foto de Magda­lena. Él me ofreció el pacto en nombre de Vladimi­ro..

-Vladimiro -traté de sonreír-. Se burló de Zurinaga. Le ofreció la vida eterna y luego lo mandó a la chingada. Lo mismo les va a pasar a…

-El me ofreció el pacto en nombre de Vladimi­ro -continuó Asunción sin prestarme atención-. La vida eterna para mi hija. Zurinaga sabía mi terror. Él se lo dijo a Vladimiro.

-A cambio de tu sexo para Vlad -interrumpí. Por primera vez, ella esbozó una sonrisa. La sali­va le escurría hacia el mentón.

-No, aunque no existiera la niña, yo estaría aquí por mi gusto…

-Asunción -dije angustiado-. Mi adorada Asunción, mi mujer, mi amor…

-Tu adorado, aburrido amor -dijo con dia­mantes negros en la mirada-. Tu esposa prisionera del tedio cotidiano.

-Mi amor -dije casi con desesperación, cier­tamente con incredulidad-. Recuerda los momen­tos de nuestra pasión. ¿Qué estás diciendo? Tú y yo nos hemos querido apasionadamente.

-Son los momentos que más pronto se olvidan -dijo sin mover un músculo de la cara-. Tu amor repetitivo me cansa, me aburre tu fidelidad, llevo años incubando mi receptividad hacia Vladimiro, sin saberlo. Nada de esto pasa en un día, como tú pareces creer…

Como no tenía palabras nuevas, repetí las que ya sabía:

-Recuerda nuestra pasión.

-No deseo tu normalidad -escupió con esa espuma que le salía entre los labios.

Asunción, vas al horror, vas a vivir en el ho­rror, no te entiendo, vas a ser horriblemente desdi­chada.

Me miró como si me dijera “ya lo sé” pero su boca primero pronunció otras palabras.

-Sí, quiero a un hombre que me haga daño. Y tú eres demasiado bueno.

Hizo una pausa atroz.

-Tu fidelidad es una plaga.

Jugué otra carta, repuesto de todo asombro, tra­gándome mi humillación, superada la injuria gracias al amor constante y cierto que celebra su propia fini­tud y se ama con su propia imperfección.

-Dices todo esto para que me enfade contigo, mi amor, y me vaya amargado pero resignado…

-No -agitó la melena lustrosa, tan parecida ahora a la magnífica cabellera renaciente de Vlad-. No soy prisionera. Me he escapado de tu prisión.

Una furia sibilante se apoderó de su lengua, es­parciendo saliva espesa.

-Gozo con Vlad. Es un hombre que conoce instantáneamente todas las debilidades de una mu­jer…

Pero esa voz siseante, de serpiente, se apagó en seguida cuando me dijo que no pudo resistir la atrac­ción de Vlad. Vlad rompió nuestra tediosa costumbre.

-Y sigo caliente por él, aunque sepa que me está usando, que quiere a la niña y no a mí…

No pudo contener el brillo lacrimoso de un llanto incipiente.

-Vete, Yves, por lo que más quieras. No hay remedio. Si quieres, puedes imaginar que aunque te haga daño, te seguiré estimando. Pero sal de aquí y vive preguntándote, ¿quién perdió más?, ¿yo te quité más a ti, o tú a mí? Mientras no contestes esta pre­gunta, no sabrás nada de mí…

Rió impúdicamente.

-Vete. Vlad no tolera las fidelidades comparti­das.

Acudí a otras palabras, no me quería dar por ven­cido, no entendía contra qué fuerzas combatía.

-Para mí, siempre serás bella, deseable, Asun­ción…

-No -bajó la cabeza-. No, ya no, para na­die…

-Lamento interrumpir esta tierna escena do­méstica -dijo Vlad apareciendo repentinamente-. La noche avanza, hay deberes, mi querida Asunción.. .

En ese instante, la sangre brotó de cada coladera del salón.

Mi mujer se levantó y salió rápidamente de la sala, arrastrando las faldas entre los charcos de san­gre.

Vlad me miró con sorna cortés.

-¿Me permite acompañarlo a la puerta, señor Navarro?

 

Los automatismos de la educación recibida, la cortesía ancestral, vencieron todas mis disminuidas resistencias. Me incorporé y caminé guiado por el conde hacia la puerta de la mansión de Bosques de las Lomas.

Cruzamos el espacio entre la puerta de la casa y la verja que daba a la calle.

-No luche más, Navarro. Ignora usted los infi­nitos recursos de la muerte. Conténtese. Regrese a la maldición del trabajo, que para usted es una bendi­ción, lo sé y lo entiendo. Usted vive la vida. Yo la codicio. Es una diferencia importante. Lo que nos une es que en este mundo todos usamos a todos, algunos ganamos, otros pierden. Resígnese.

Me puso la mano sobre el hombro. Sentí el esca­lofrío.

-O únase a nosotros, Navarro. Sea parte de mi tribu errante. Mire lo que le ofrezco, a pesar de su insobornable orgullo: quédese con su mujer y su hija, aquí, eternamente… Piense que llegará un momento en que su mujer y su hija no serán vistas por nadie sino por mí.

Estábamos frente a la verja, entre la calle y la casa.

-De todos modos, va usted a morir y no las verá nunca más. Piénselo bien.

Levantó una mano de uñas vidriosas.

-Y dése prisa. Mañana ya no estaremos aquí. Si se va, no nos volverá a ver. Pero tenga presente que mi ausencia es a menudo engañosa. Yo siempre encuen­tro una debilidad, un resquicio por donde volverme a colar. Si un amigo tan estimado como usted me con­voca, yo regresaré, se lo aseguro, yo apareceré…

 

Todo mi ser, mi formación, mi costumbre, mi vida entera, me impulsaban a votar por el trabajo, la salud, el placer que nos es permitido a los seres hu­manos. La enfermedad. La muerte. Y en contra de todo, luchaba en mí una intolerable e incierta ternu­ra hacia este pobre ser. El mismo no era el origen del mal. El mismo era la víctima. El no nació monstruo, lo volvieron vampiro… Era la criatura de su hija Minea, era una víctima más, pobre Vlad…

El maldito conde jugó su última carta.

-Su mujer y su hija van a vivir para siempre. Parece que eso a usted no le importa. ¿No le gustaría que su hijo resucitara? ¿Eso también lo despreciaría usted? No me mire de esa manera, Navarro. No acos­tumbro bromear en asuntos de vida y muerte. Mire, allí está su coche estacionado. Mire bien y decídase pronto. Tengo prisa en irme de aquí.

Lo miré interrogante.

-¿Se va de aquí?

Vlad contestó fríamente.

-Usted olvidará este lugar y este día. Usted nunca estuvo en esta casa. Nunca.

-¿Se va dela Ciudadde México? -insistí con voz de opio.

-No, Navarro. Me pierdo enla Ciudadde Méxi­co, como antes me perdí en Londres, en Roma, en Bremerhaven, en Nueva Orleans, donde quiera que me ha llevado la imaginación y el terror de ustedes los mortales. Me pierdo ahora en la ciudad más po­pulosa del planeta. Me confundo entre las multitu­des nocturnas, saboreando ya la abundancia de sangre fresca, dispuesto a hacerla mía, a reanudar con mi sed la sed del sacrificio antiguo que está en el origen de la historia… Pero no lo olvide. Siempre soy Vlad, para los amigos.

 

Le di la espalda al vampiro, a su horror, a su fatalidad. Sí, iba a optar por la vida y el trabajo, aunque mi corazón ya estaba muerto para siempre. Y sin embargo, una voz sagrada, escondida hasta ese momento, me dijo al oído, desde adentro de mi alma, que el secreto del mundo es que está inacaba­do porque Dios mismo está inacabado. Quizá, como el vampiro, Dios es un ser nocturno y misterioso que no acaba de manifestarse o de entenderse a sí mismo y por eso nos necesita. Vivir para que Dios no muera. Cumplir viviendo la obra inacabada de un Dios an­helante.

Eché una mirada final, de lado, al cárcamo de bosques tallados hasta convertirlos en estacas. Magda y Minea reían y se columpiaban entre estacas, can­tando:

 

Sleep, pretty wantons,

do not cry,

and I will sing a lullaby:

rock them, rock them, lullaby…

 

Sentí drenada la voluntad de vivir, yéndose como la sangre por las coladeras de la mansión del vampiro. Ni siquiera tenía la voluntad de unirme al pacto ofre­cido por Vlad. El trabajo, las recompensas de la vida, los placeres… Todo huía de mí. Me vencía todo lo que quedó incompleto. Me dolía la terrible nostalgia de lo que no fue ni será jamás. ¿Qué había perdido en esta espantosa jornada? No el amor; ese persistía, a pesar de todo. No el amor, sino la esperanza. Vlad me había dejado sin esperanza, sin más consuelo que sentir que cuanto había ocurrido le había ocurrido a otro, el sentido de que todo venía de otra parte aunque me sucediera a mí: yo era el tamiz, un misterio intangible pasaba por mí pero iba y venía de otra parte a otra parte… Y sin embargo, yo mismo, ¿no ha­bré cambiado para siempre, por dentro?

 

Salí a la calle.

La verja se cerró detrás de mí.

No pude evitar una mirada final a la mansión del conde Vlad.

Algo fantástico sucedía.

La casa de Bosques de las Lomas, su aérea fachada moderna de vidrio, sus líneas de limpia geome­tría, se iban disolviendo ante mis ojos, como si se derritieran. A medida que la casa moderna se iba di­solviendo, otra casa aparecía poco a poco en su lugar, mutando lo antiguo por lo viejo, el vidrio por la pie­dra, la línea recta no por una sinuosidad cualquiera, sino por la sustitución derretida de una forma en otra.

Iba apareciendo, poco a poco, detrás del velo de la casa aparente, la forma de un castillo antiguo, de­rruido, inhabitable, impregnado ya de ese olor po­drido que percibí en las tumbas del túnel, inestable, crujiente como el casco de un antiquísimo barco encallado entre montañas abruptas, un castillo de atala­ya arruinada, de almenas carcomidas, de amenazantes torres de flanco, de rastrillo enmohecido, de fosos secos y lamosos, y de una torre de homenaje donde se posaba, mirándome con sus anteojos negros, dicién­dome que se iría de este lugar y nunca lo reconocería si regresaba a él, convocándome a entrar de vuelta a la catacumba, advirtiéndome que ya nunca podría vivir normalmente, mientras yo luchaba con todas mis fuerzas, a pesar de todo, consciente de todo, sa­bedor de que mi fuerza vital ya estaba enterrada en una tumba, que yo mismo viviría siempre, dondequiera que fuera, en la tumba del vampiro, y que por más que afirmara mi voluntad de vida, estaba condenado a muerte porque viviría con el conocimiento de lo que viví para que la negra tribu de Vlad no muriera.

Entonces de la torre de flanco salieron volando torpemente, pues eran ratas monstruosas dotadas de alas varicosas, los vespertillos ciegos, los morciguillos guiados por el poder de sus inmundas orejas largas y peludas, emigrando a nuevos sepulcros.

¿Irían Asunción mi mujer, Magda mi hija, entre la parvada de ratones ciegos?

Me fui acercando al coche estacionado.

Algo se movía dentro del auto.

Una figura borrosa.

Cuando al cabo la distinguí, grité de horror y júbilo mezclados.

Me llevé las manos a los ojos, oculté mi propia mirada y sólo pude murmurar:

-No, no, no…

 Carlos Fuentes

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May 17

Calixta Brand

Posted in Carlos Fuentes, cuentos


 

Naturalmente,   a Pedro Ángel Palou

 

Conocí a Calixta Brand cuando los dos éramos estu­diantes. Yo cursaba la carrera de economía enla BUAP-Benemérita Universidad Autónoma de Pue­bla, ciudadela laica en ciudad conservadora y católi­ca-. Ella era estudiante enla Escuelade Verano de Cholula.

Nos conocimos bajo las arcadas de los portales en el zócalo de Puebla. Distinguí una tarde a la bella muchacha de cabello castaño claro, casi rubio, parti­do por la mitad y a punto de eclipsarle una mirada de azul intenso. Me gustó la manera como apartaba, con un ligero movimiento de la mano, el mechón que a cada momento caía entre sus ojos y la lectura. Como si espantase una mosca.

Leía intensamente. Con la misma intensidad con que yo la observaba. Levanté la mirada y aparté el mechón negro que caía sobre mi frente. Esta mí­mesis la hizo reír. Le devolví la sonrisa y al rato está­bamos sentados juntos, cada uno frente a su taza de café.

¿Qué leía?

Los poemas de Sor Juana Inés dela Cruzdela Nueva Españay los de su contemporánea colonial enla Nueva InglaterraAnne Bradstreet.

-Son dos ángeles femeninos de la poesía -co­mentó-. Dos poetas cuestionantes.

-Dos viejas preguntonas -ironicé sin éxito.

-No. Oye -me respondió Calixta seriamen­te-. Sor Juana con el alma dividida y el alma en confusión. ¿Razón? ¿Pasión? ¿A quién le pertenece Sor Juana? Y Anne Bradstreet preguntándose ¿quién lle­nó al mundo del encaje fino de los ríos como verdes listones…?, ¿quién hizo del mar su orilla…? No, en serio, ¿qué estudiaba ella?

-Lenguas. Castellano. Literatura comparada. ¿Qué estudiaba yo?

-Economía. “Ciencias” económicas, pomposamente dicho.

-The dismal science -apostrofó ella en inglés.

-Eso dijo Carlyle -añadí-. Pero antes Mon­tesquieu la había llamado “la ciencia de la felicidad humana”.

-El error es llamar ciencia a la experiencia de lo imprevisible -dijo Calixta Brand, que sólo entonces dijo llamarse así esta rubia de melena, cuello, brazos y piernas largas, mirada lánguida pero penetrante e inteligencia rápida.

 

Comenzamos a vernos seguido. A mí me deleita­ba descubrirle a Calixta los placeres de la cocina po­blana y los altares, portadas y patios de la primera ciudad permanente de España en México. La capital

-¿México City? -inquirió Calixta- fue construida so­bre los escombros de la urbe azteca Tenochtitlan. Pue­bla de los Ángeles fue fundada en 1531 por monjes franciscanos con el trazo de parrilla -sonreí- que permite evitar esas caóticas nomenclaturas urbanas de México, con veinte avenidas Juárez y diez calles Ca­rranza, siguiendo en vez el plan lógico de la rosa de los vientos: sur y norte, este y oeste…

Por fin la llevé a conocer la suntuosa Capilla Ba­rroca de mi propia Universidad y allí le propuse ma­trimonio. Si no, ¿a dónde iba a regresar la gringuita? Ella fingió un temblor. A las ciudades gemelas de Minnesota, St. Paul y Minneapolis, donde en invier­no nadie puede caminar por la calle lacerada por un viento helado y debe emplear pasarelas cubiertas de un edificio a otro. Hay un lago que se traga el hielo aún más que el sol.

-¿Qué quieres ser, Calixta?

-Algo imposible.

-¿Qué, mi amor?

-No me atrevo a decirlo.

-¿Ni a mí? Yo ya soy licenciado en economía. ¿Ves qué fácil? ¿Y tú?

-No hay experiencia total.

-Entonces voy a dar cuenta de lo parcial.

-No te entiendo.

-Voy a escribir.

O sea, jamás me mintió. Ahora mismo, doce años después, no podía llamarme a engaño. Ahora mismo, mirándola sentada hora tras hora en el jardín, no po­día decirme a mí mismo “Me engañó…”

Antes, la joven esposa sonreía.

-Participa de mi placer, Esteban. Hazlo tuyo, como yo hago mío tu éxito.

¿Era cierto? ¿No era ella la que me engañaba?

 

No me hice preguntas durante aquellos primeros años de nuestro matrimonio. Tuve la fortuna de obtener trabajo enla Volkswageny de ascender rápi­damente en el escalafón de la compañía. Admito ahora que tenía poco tiempo para ocuparme debidamente de Calixta. Ella no me lo reprochaba. Era muy inteli­gente. Tenía sus libros, sus papeles, y me recibía cari­ñosamente todas las noches. Cuidaba y restauraba con inmenso amor la casa que heredé de mis padres, los Durán-Mendizábal, en el campo al lado de la pobla­ción de Huejotzingo.

El paraje es muy bello. Está prácticamente al pie del volcán Iztaccíhuatl, “la mujer dormida” cuyo cuer­po blanco y yacente, eternamente vigilado por Popo­catépetl, “la montaña humeante”, parece desde allí al alcance de la mano. Huejotzingo pasó de ser pueblo indio a población española hacia 1529, recién consu­mada la conquista de México, y refleja esa furia cons­tructiva de los enérgicos extremeños que sometieron al imperio azteca, pero también la indolencia moris­ca de los dulces andaluces que los acompañaron.

 

Mi casa de campo ostenta ese noble pasado. La fachada es de piedra, con un alfiz árabe señoreando el marco de la puerta, un patio con pozo de agua y cruz de piedra al centro, puertas derramadas en anchos muros de alféizar y marcos de madera en las venta­nas. Adentro, una red de alfanjías cruzadas con vigas para formar el armazón de los techos en la amplia estancia. Cocina de azulejos de Talavera. Corredor de recámaras ligeramente húmedas en el segundo piso, manchadas aquí y allá por un insinuante sudor tropi­cal. Tal es la mansión de los Durán-Mendizábal.

Y detrás, el jardín. Jardín de ceibas gigantes, muros de bugambilia y pasajeros rubores de jacaran­da. Y algo que nadie supo explicar: un alfaque, banco de arena en la desembocadura de un río. Sólo que aquí no desembocaba río alguno.

Esto último no se lo expliqué a Calixta a fin de no inquietarla. ¡Qué distintos éramos entonces! Bas­tante extraño debía ser, para una norteamericana de Minnesota, este enclave hispano-arábigo-mexicano que me apresuré a explicarle:

-Los árabes pasaron siete siglos en España. La mitad de nuestro vocabulario castellano es árabe…

Como si ella no lo supiera. Almohada, alber­ca, alcachofa -se adelantó ella, riendo-. Alfil… -culminó la enumeración, moviendo la pieza sobre el tablero.

Es que después de horas en la oficina dela VWregresaba a la bella casona como a un mundo eterno donde todo podía suceder varias veces sin que la pareja -ella y yo- sintiésemos la repetición de las co­sas. O sea, esta noticia sobre la herencia morisca de México ella la sabía de memoria y no me reprochaba la inútil y estúpida insistencia.

-Ay, Esteban, dale que dale -me decía mi madre, q.e.p.d.-. Ya me aburriste. No te repitas todo el día.

Calixta sólo murmuraba: -Alfil -y yo entendía que era una invitación cariñosa y reiterada a pasar una hora jugando ajedrez juntos y contándonos las nove­dades del día. Sólo que mis novedades eran siempre las mismas y las de ella, realmente, siempre nuevas.

Ella sabía anclarse en una rutina -el cuidado de la casa y sobre todo, del jardín- y yo le agradecía esto, la admiraba por ello. Poco a poco fueron desapareciendo los feos manchones de humedad, apare­ciendo maderas más claras, luces inesperadas. Calixta mandó restaurar el cuadro principal del vestíbulo de entrada, una pintura oscurecida por el tiempo, y prestó atención minuciosa al jardín. Cuidó, podó, distribu­yó, como si en este vergel del alto trópico mexicano ella tuviese la oportunidad de inventar un pequeño paraíso inimaginable en Minnesota, una eterna pri­mavera que la vengase, en cierto modo, de los crudos inviernos que soplan desde el Lago Superior.

Yo apreciaba esta precisa y preciosa actividad de mi mujer. Me preguntaba, sin embargo, qué había pasado con la ávida estudiante de literatura que reci­taba a Sor Juana y a Anne Bradstreet bajo las arcadas del zócalo.

Cometí el error de preguntarle.

-¿Y tus lecturas?

-Bien -respondió ella bajando la mirada, revelando un pudor que ocultaba algo que no escapó a la mirada ejecutiva del marido.

-¿No me digas que ya no lees? -dije con fingi­do asombro-. Mira, no quiero que los quehaceres domésticos…

-Esteban -ella posó una mano cariñosa sobre la mía-. Estoy escribiendo…

-Bien -respondí con una inquietud incom­prensible para mí mismo.

Y luego, amplificando el entusiasmo: -Digo, qué bueno…

Y no se dijo más porque ella hizo un movimien­to equivocado sobre el tablero de ajedrez. Yo me di cuenta de que el error fue intencional.

 

Se sucedieron las noches y comencé a pensar que Calixta cometía errores de ajedrez apropósito para que yo ganara siem­pre. ¿Cuál era, entonces, la ventaja de la mujer? Yo no era ingenuo. Si una mujer se deja derrotar en un cam­po, es porque está ganando en otro…

-Qué bueno que tienes tiempo de leer. Moví el alfil para devorar a un peón.

-Dime, Calixta, ¿también tienes tiempo de es­cribir?

-Caballo-alfil-reina.

Calixta no pudo evitar el movimiento de éxito, la victoria sobre el esposo -yo- que voluntariamen­te o por error me había expuesto a ser vencido. Dis­traído en el juego, me concentré en la mujer.

-No me contestas. ¿Por qué?

Ella alejó las manos del tablero.

-Sí. Estoy escribiendo.

Sonrió con una mezcla de timidez, excusa y or­gullo.

Enseguida me di cuenta de mi error. En vez de respetar esa actividad, si no secreta, sí íntima, casi pudorosa, de mi mujer, la saqué al aire libre y le di a Calixta la ventaja que hasta ese momento, ni profe­sional ni intelectualmente, le había otorgado. ¿Qué hizo ella sino contestar a una pregunta? Sí, escribía. Pudimos, ella y yo, pasar una vida entera sin que yo me enterase. Las horas de trabajo nos separaban. Las horas de la noche nos unían. Mi profesión nunca entró en nuestras conversaciones conyugales. La de ella, hasta ese momento, tampoco. Ahora, a doce años de distancia, me doy cuenta de mi error. Yo vivía con una mujer excepcionalmente lúcida y discreta. La indiscreción era sólo mía. Iba a pagarla caro.

-¿Sobre qué escribes, Calixta?

-No se escribe sobre algo -dijo en voz muy baja-. Sencillamente, se escribe. -Respondió jugando con un cuchillo de mante­quilla.

Yo esperaba una respuesta clásica, del estilo “escribo para mí misma, por mi propio placer”. No sólo la esperaba. La deseaba.

Ella no me dio gusto.

-La literatura es testigo de sí misma.

-No me has respondido. No te entiendo.

-Claro que sí, Esteban -soltó el cuchillo-. Todo puede ser objeto de la escritura, porque todo puede ser objeto de la imaginación. Pero sólo cuando es fiel a sí misma la literatura logra comunicar…

Su voz iba ganando en autoridad.

-Es decir, une su propia imaginación a la del lector. A veces eso toma mucho tiempo. A veces es inmediato.

Levantó la mirada del mantel y los cubiertos.

-Ya ves, leo a los poetas españoles clásicos. Su imaginación conectó enseguida con la del lector. Quevedo, Lope. Otros debieron esperar mucho tiem­po para ser entendidos. Emily Dickinson, Nerval. Otros resucitaron gracias al tiempo. Góngora.

-¿Y tú? -pregunté un poco irritado por tanta erudición.

Calixta sonrió enigmáticamente.

-No quiero ver ni ser vista.

-¿Qué quieres decir?

Me contestó como si no me escuchara. -Sobre todo, no quiero escucharme siendo escuchada. Perdió la sonrisa.

-No quiero estar disponible.

Yo perdí la mía.

Desde ese momento convivieron en mi espíritu dos sentimientos contradictorios. Por una parte, el alivio de saber que escribir era para Calixta una pro­fesión secreta, confesional. Por la otra, la obligación de vencer a una rival incorpórea, ese espectro de las letras… La resolví ocupando totalmente el cuerpo de Calixta. La confesión de mi mujer -”Escribo”- se convirtió en mi deber de poseerla con tal intensidad que esa indeseada rival quedase exhausta.

Creo que sí, fatigué el cuerpo de mi mujer, la sometí a mi hambre masculina noche tras noche. Mi cabeza, en la oficina, se iba de vacaciones pensando.. .

“¿Qué nuevo placer puedo darle? ¿Qué posición me queda por ensayar? ¿Qué zona erógena de Calixta me falta por descubrir?”

Conocía la respuesta. Me angustiaba saberla. Tenía que leer lo que mi mujer escribía.

-¿Me dejas leer algunas de tus cosas?

Ella se turbó notablemente.

-Son ensayos apenas, Esteban.

-Algo es algo, ¿no?

-Me falta trabajarlos más.

-¿Perfeccionarlos, quieres decir?

-No, no -agitó la melena-. No hay obra perfecta.

-Shakespeare, Cervantes -dije con una sorna que me sorprendió a mí mismo porque no la desea­ba.

-Sí -Calixta removió con gran concentración el azúcar al fondo de la taza de café-. Sobre todo ellos. Sobre todo las grandes obras. Son las más im­perfectas.

-No te entiendo.

-Sí -se llevó la taza a los labios, como para sofocar sus palabras-. Un libro perfecto sería ilegi­ble. Sólo lo entendería, si acaso, Dios.

-O los ángeles -dije aumentando la sintonía de mi indeseada sorna.

-Quiero decir -ella continuó como si no me oyese, como si dialogase solitariamente, sin darse cuen­ta de cuánto me comenzaba a irritar su sabihondo monólogo-, quiero decir que la imperfección es la herida por donde sangra un libro y se hace humanamente legible…

Insistí, irritado. -¿Me dejas leer algo tuyo? Asintió con la cabeza.

Esa noche encontré los tres cuentos breves sobre mi escritorio. El primero trataba del regreso de un hombre que la mujer creía perdido para siempre en un desastre marino. El segundo denunciaba -no ha­bía otra palabra- una relación amorosa condenada por una sola razón: era secreta y al perder el secreto y hacerse pública, la pareja, insensiblemente, se separa­ba. El tercero, en fin, tenía como tema ni más ni menos que el adulterio y respaldaba a la esposa infiel, justificada por el tedio de un marido inservible…

Hasta ese momento, yo creía ser un hombre equi­librado. Al leer los cuentos de Calixta -sobre todo el último- me asaltó una furia insólita, agarré los preciosos papeles de mi mujer, los hice trizas con las manos, les prendí fuego con un cerillo y abriendo la ventana los arrojé al viento que se los llevó al jardín y más allá -era noche borrascosa-, hacia las montañas poblanas.

 

Creía conocer a Calixta. No tenía motivos para sorprenderme de su actitud durante la siguiente ma­ñana y los días que siguieron.

La vida fluyó con su costumbre adquirida. Ca­lixta nunca me pidió mi opinión sobre sus cuentos.

Jamás me solicitó que se los devolviera. Eran papeles escritos a mano, borroneados. Estaba seguro: no ha­bía copias. Me bastaba mirar a mi mujer cada noche para saber que su creación era espontánea en el senti­do técnico. No la imaginaba copiando cuentos que para ella eran ensayos de lo incompleto, testimonios de lo fugitivo, signos de esa imperfección que tanto la fascinaba…

Ni yo comenté sus escritos ni ella me pidió mi opinión o la devolución de las historias.

Calixta, con este solo hecho, me derrotaba.

Barajé las posibilidades insomnes. Ella me quería tanto que no se atrevía a ofenderme (“Devuélve­me mis papeles”) o a presionarme (” ¿Qué te parecieron mis cuentos?”). Hizo algo peor. Me hizo sentir que mi opinión le era indiferente. Que ella vivía los largos y calurosos días de la casa en el llano con una plenitud autosuficiente. Que yo era el inevitable estorbo que llegaba a las siete u ocho de la noche desde la ciudad para compartir con ella las horas dispensables pero rutinarias. La cena, la partida de ajedrez, el sexo. El día era suyo. Y el día era de su maldita literatura.

“Ella es más inteligente que yo.”

Hoy calibro con cuánta lentitud y también con cuánta intensidad puede irse filtrando un sentimien­to de envidia creciente, de latente humillación, hasta estallar en la convicción de que Calixta era superior a mí, no sólo intelectual sino moralmente. La vida de mi mujer cobraba sentido a expensas de la mía. Mis horarios de oficina eran una confesión intolerable de mi propia mediocridad. El silencio de Calixta me hablaba bien alto de su elocuencia. Callaba porque creaba. No necesitaba hablar de lo que hacía.

 

Era, sin embargo, la misma que conocí. Su amor, su alegría, las horas compartidas eran tan buenas hoy como ayer. Lo malo estaba en otra parte. No en mi co­razón secretamente ofendido, apartado, desconsiderado. La culpable era ella, su tranquilidad una afrenta para mi espíritu atormentado por la certidumbre creciente:

“Esteban, eres inferior a tu mujer.”

Parte de mi irritación en aumento era que Calix­ta no abandonaba nunca el cuidado de la casa. La vieja propiedad de Huejotzingo se hermoseaba día con día. Calixta, como si su fría herencia angloescan­dinava la atrajese hacia el mediodía, iba descubrien­do y realzando los aspectos árabes de la casa. Trasladó una cruz de piedra al centro del patio. Pulió y destacó el recuadro de arco árabe de las puertas. Reforzó las alfanjías de madera que forman el armazón del techo. Llamó a expertos que la auxiliaran. El arquitecto Juan Urquiaga empleó su maravillosa técnica de mez­clar arena, cal y baba de maguey para darle a los mu­ros de la casa una suavidad próxima -y acaso superior- a la de la espalda de una hembra. Y el novelista y estudioso dela BUAP PedroÁngel Palou trajo a un equipo de restauradores para limpiar el oscuro cuadro del vestíbulo.

Poco a poco fue apareciendo la figura de un moro con atuendo simple -el albornoz usado por ambos sexos- pero con elegancias de alcurnia, una pelliz de marta cebellina, un gorro de seda adornado de joyas… Lo inquietante es que el rostro de la pintura no era distinguible. Era una sombra. Llamaba la atención porque todo lo demás -gorro, joyas, piel de marta, blanco albornoz- brillaba cada vez más a medida que la restauración del cuadro progresaba.

El rostro se obstinaba en esconderse entre las sombras.

Le pregunté a Palou:

-Me llama la atención el gorro. ¿No era cos­tumbre musulmana generalizada usar el turbante?

-Primero, el turbante estaba reservado a los al­faquíes doctores que habían ido en peregrinaje aLa Meca, pero desde el siglo XI se permitió que lo usa­ran todos -me contestó el académico poblano.

-¿Y de quién es la pintura?

Palou negó con la cabeza.

-No sé. ¿Siempre ha estado aquí, en su casa?

Traté de pensarlo. No supe qué contestar. A veces, uno pasa por alto las evidencias de un sitio preci­samente porque son evidentes. Un retrato en el vestíbulo. ¿Desde cuándo, desde siempre, desde que vivían mis padres? No tenía respuesta cierta. Sólo te­nía perplejidad ante mi falta de atención.

Palou me observó e hizo un movimiento miste­rioso con las manos. Bastó ese gesto para recordarme que esta lenta revelación de las riquezas de mi propia casa era obra de mi mujer. Regresó con más fuerza que nunca el eco de mi alma:

“Esteban, eres inferior a tu mujer.”

En la oficina, mi machismo vulnerado comenzó a manifestarse en irritaciones incontrolables, órdenes dichas de manera altanera, abuso verbal de los infe­riores, chistes groseros sobre las secretarias, avances eróticos burdos.

Regresaba a casa con bochorno y furia en au­mento. Allí encontraba, plácida y cariñosa, a la cul­pable. La gringa. Calixta Brand.

 

En la cama, mi potencia erótica disminuía. Era culpa de ella. En la mesa, dejaba de lado los platillos. Era culpa de ella. Calixta me quitaba todos los apeti­tos. Y en el ajedrez me di cuenta, al fin, de lo obvio. Calixta me dejaba ganar. Cometía errores elementa­les para que un pinche peón mío derrotase a una magnánima reina suya.

Empecé a temer -o a desear- que mi estado de ánimo contagiase a Calixta. De igual a igual, al menos nos torturaríamos mutuamente. Pero ella per­manecía inmutable ante mis crecientes pruebas de frialdad e irritación. Hice cosas minúsculamente ofen­sivas, como trasladar mis útiles de aseo -jabones, espuma de afeitar, navajas, pasta y cepillo dentales, peines- del baño compartido a otro sólo para mí.

-Así no haremos colas -dije con liviandad.

Gradué la ofensa. Me llevé mi ropa a otra habi­tación.

-Te estoy quitando espacio para tus vestidos. Como si tuviera tantos, la campesina de Min­nesota…

Me faltaba el paso decisivo: dormir en el cuarto de huéspedes.

Ella tomaba mis decisiones con calma. Me sonreía amablemente. Yo era libre de mover mis cosas y sentirme cómodo. Esa sonrisa maldita me decía bien claro que su motivo no era cordial, sino perverso, infinitamente odioso. Calixta me toleraba estas pequeñas rebeldías porque ella era dueña y señora de la rebeldía mayor. Ella era dueña de la creación. Ella habitaba como reina la torre silenciosa del castillo. Yo, más y más, me portaba como un niño berrinchu­do, incapaz de cruzar de un salto la fosa del castillo.

Repetía en silencio una cantinela de mi padre cuando recibía quejas de los vecinos a causa de un coche mal estacionado o una música demasiado rui­dosa:

 

Ya los enanos ya se enojaron

porque sus nanas los pellizcaron.

 

El enano del castillo, pataleando a medida que se elevaba el puente sobre la fosa, observado desde el torreón por la imperturbable princesa de la magia negra y las trenzas rubias…

El deseo se me iba acabando. La culpa no era mía. Era del talento de ella. Seamos claros. Yo era incapaz de elevarme por encima de la superioridad de Calixta.

-Y ahora, ¿qué escribes? -le pregunté una noche, osando mirarla a los ojos.

-Un cuento sobre la mirada.

La miré animándola a continuar.

-El mundo está lleno de gente que se conoce y no se mira. En una casa de apartamentos en Chicago. En una iglesia aquí en Puebla. ¿Qué son? ¿Vecinos? ¿Viejos amantes de ayer? ¿Novios mañana? ¿Enemi­gos mortales?

-¿Qué son, pues? -comenté bastante irritado, limpiándome los labios con la servilleta.

-A ellos les toca decidir. Ese es el cuento.

-Y si dos de esos personajes viviesen juntos, ¿entonces qué?

-Interesante premisa, Esteban. Ponte a contar a toda la gente que no miramos aunque la tengamos enfrente de nosotros. Dos personas, pon tú, con las caras tan cercanas como dos pasajeros en un autobús atestado. Viajan con los cuerpos unidos, apretujados, con las mejillas tocándose casi, pero no se dicen nada. No se dirigen la palabra.

Para colmar el malestar que me producía la sere­na inteligencia de mi mujer, debo reiterar que, por mucho tiempo que pasase escribiendo, cuidaba con esmero todo lo relativo a la casa. Cuca, cocinera an­cestral de mi familia, era el ama del recinto culinario de azulejos poblanos y de la minuta escandalosamen­te deliciosa de su cocina -puerco adobado, frijoles gordos de xocoyol, enchiladas de pixtli, mole miahua­teco.

Hermenegilda, jovencita indígena recién llegada de un pueblo de la sierra, atendía en silencio y con la cabeza baja los menesteres menores pero indispensa­bles de una vieja hacienda medio derrumbada. Pero Ponciano, el jardinero viejo -como la casa, como la cocinera- se anticipó a decirme una mañana:

-Joven Esteban, para qué es más que la verdad. Creo que estoy de sobra aquí.

Expresé sorpresa.

-La señora Calixta se ocupa cada vez más del jardín. Poco a poquito, me va dejando sin quehacer. Cuida del jardín como la niña de sus ojos. Poda. Plana. Qué le cuento. Casi acaricia las plantas, las flores, las trepadoras.

Ponciano, con su vieja cara de actor en blanco y negro -digamos, Arturo Soto Rangel o el Nanche Arosemena- tenía el sombrero de paja entre las manos, como era su costumbre al dirigirse a mí, en señal de respeto. Esta vez lo estrujó violentamente. Bien maltratado que estaba ya el sombrerito ese.

-Perdone la expresión, patroncito, pero la doña me hace sentirme de a tiro un viejo pendejo. A veces me paso el tiempo mirando el volcán y di­ciéndome a mí mismo, ora Ponciano, sueña quela Iz­taccíhuatl está más cerca de ti que doña Calixta -con perdón del patrón- y que más te valdría, Ponciano, irte a plantar maguey que estar aquí plantado de güey todo el día…

 

Ponciano, recordé, iba todas las tardes de domin­go a corridas de toros y novilladas pueblerinas. Es increíble la cantidad enciclopédica de información que guardan en el coco estos sirvientes mexicanos. Pon­ciano y los toros. Cuca y la cocina. Sólo la criadita Hermenegilda, con su mirada baja, parecía ignorarlo todo. Llegué a preguntarle,

-Oye, ¿sabes cómo te llamas?

-Hermenegilda Torvay, para servir al patrón.

-Muy largo, chamaca. Te diré Herme o te diré Gilda. ¿Qué prefieres?

-Lo que diga su merced.

Sí, las mujeres (y los hombres) de los pueblos aislados de las montañas mexicanas hablan un purísi­mo español del siglo XVI, como si la lengua allí hu­biese sido puesta a congelar y Herme -decidí abreviarla- abundaba en “su merced” y “mercar” y lo mesmo y mandinga y mandado -para limi­tarme a sus emes.

Y es que en México, a pesar de todas las aparien­cias de modernidad, nada muere por completo. Es como si el pasado sólo entrase en receso, guardado en un sótano de cachivaches inservibles. Y un buen día, zas, la palabra, el acto, la memoria más inesperada, se hacen presentes, cuadrándose ante nosotros, como un cómico fantasmal, el espectro del Cantinflas tricolor que todos los mexicanos llevamos dentro, diciéndonos:

-A sus órdenes, jefe.

 

Jefe, Jefa, Jefecita. Así nos referimos los mexica­nos a nuestras madres. Con toda ambivalencia, vál­gase añadir. Madre es tierna cabecita blanca, pero también objeto sin importancia -una madre- o situación caótica -un desmadre-. La suprema in­juria es mandar a alguien a chingar a su madre. Pero, de vuelta, madre sólo hay una, aunque “mamacita linda” lo mismo se le dice a una venerable abuela que a una procaz prostituta.

Mi “jefa”, María Dolores Iñárritu de Durán, era una fuerte personalidad vasca digna de la severa acti­tud de mi padre Esteban (como yo) Durán-Mendi­zábal. Ambos habían muerto. Yo visitaba regularmente la tumba familiar en el camposanto de la ciudad, pero confieso que nunca me dirigía a mi señor padre, como si el viejo se cuidara a sí mismo en el infierno, el cielo o el purgatorio. Y aunque lo mismo podría decirse de mi madre, a ella sí sentía que podía hablarle, contarle mis cuitas, buscar su consejo.

Lo cierto es que, a medida que se cuarteaba mi relación con Calixta, aumentaban mis visitas al ce­menterio y mis monólogos (que yo consideraba diá­logos) ante la tumba de doña María Dolores. ¡Cómo añoro los tiempos en que sólo le recordaba a mi ma­macita los momentos gratos, le agradecía fiestas y consejos, cuelgas y caricias! Ahora, mis palabras eran cada vez más agrias hasta culminar, una tarde de agos­to, bajo la lluvia de una de esas puntuales tempesta­des estivales de México, en algo que traía cautivo en el pecho y que, al fin, liberé:

-Ay mamacita, ¿por qué te moriste tú y no mi mujer Calixta?

 

Yo no sé qué poderes puede tener el matrimonio morganático del deseo y la maldición. Qué espantosa culpa me inundó como una bilis amarga de la cabeza a las puntas de los pies, cuando regresé a la casa alum­brada, la mansión ancestral e iluminada por la pro­verbial ascua, más que por las luces, por el lejano barullo, el ir y venir, las ambulancias ululantes y los carros de la policía.

Me abrí paso entre toda esa gente, sin saber quié­nes eran -salvo los criados-: ¿doctores, enfermeros, policías, vecinos del pueblo? Estaban subiendo en una camilla a Calixta, que parecía inconsciente y cuya larga melena clara se arrastraba sobre el polvo, colgando desde la camilla. La ambulancia partió y la explicación llegó.

Calixta fue hallada bocabajo en el declive del alféizar. La encontró el jardinero Ponciano pero no se atrevió -dijo más tarde- a perturbar la volun­tad de Dios, si tal era -sin duda- lo que le había sucedido a la metiche patrona que lo dejaba sin quehacer. O quizás, dijo, tirarse bocabajo era una costumbre protestante de esas que nos llegan del norte.

La pasividad del jardinero le fue recriminada por la fiel cocinera Cuca cuando buscó a Calixta para pre­guntarle por el mandado del día siguiente. Ella dio el grito de alarma y convocó a la criadita Hermenegil­da, ordenándole que llamase a un doctor.La Herme­negilda -me dijo Cuca con mala uva- no movió un dedo, contemplando a la patrona yacente casi con satisfacción. Al cabo fue la fiel Cuca la que tuvo que ocuparse habiendo perdido preciosos minutos, que se convirtieron en horas esperando la ambulancia.

Ya en el hospital, el médico me explicó. Calixta había sufrido un ataque de parálisis espástica. Esta­ban afectadas las fibras nerviosas del tracto córtico­espinal.

-¿Vivirá?

El doctor me observó con la máxima seriedad.

-Depende de lo que llamemos vivir. Lo más pro­bable en estos casos es que el ataque provenga de una hipoxia o falta de oxígeno en los tejidos y ello afecte a la inteligencia, la postura y el equilibrio corporal.

-¿El habla?

-También. No podrá hablar. O sea, don Este­ban, su esposa sufre un mal que inhibe los reflejos del movimiento, incluyendo la posibilidad de hablar.

-¿Qué hará?

 

Las horas -los años- siguientes me dieron la respuesta. Calixta fue sentada en una silla de ruedas y pasaba los días a la sombra de la ceiba y con la mirada perdida en el derrumbe del jardín. Digo derrumbe en el sentido físico. El derrame del alféizar empezó a ocul­tarse detrás del crecimiento desordenado del jardín. El delicioso huerto arábigo diseñado por Calixta obedecía ahora a la ley de la naturaleza, que es la ley de la selva.

Ponciano, a quien requerí regresar a sus tareas, se negó. Dijo que el jardín estaba embrujado o algo así. A Cuca no le podía pedir que se transformara en jardinera. Y Hermenegilda, como me lo avisó Cuca una tarde cuando regresó del trabajo,

-Se está creyendo la gran cosa, don Esteban. Como si ahora ella fuera la señora de la casa. Es una alzada. Métala en cintura, se lo ruego…

Había una amenaza implícita en las palabras de Cuca: o Hermenegilda o yo. Prometí disciplinar a la recamarera. En cuanto al jardín, decidí dejarlo a su suerte. Y así fue: crecía a paso de hiedra, insensible y silencioso hasta el día en que nos percatamos de su espesura.

¿Qué quería yo? ¿Por qué dejaba crecer el jardín que rodeaba a Calixta baldada a un ritmo que, en mi imaginación, llegaría a sofocar a esa mujer supe­rior a mí y ahora sometida, sin fuerza alguna, a mi capricho?

Mi odio venía de la envidia a la superioridad intelectual de mi mujer, así como de la impotencia que genera saberse inútil ante lo que nos rebasa. Antes, yo estaba reducido a quejarme por dentro y cometer pequeños actos de agravio. Ahora, ¿había llegado el momento de demostrar mi fuerza? Pero, ¿qué clase de poderes podía demostrar ante un ser sin poder alguno?

Porque Calixta Brand, día con día, perdía poderes. No sólo los de su inteligencia comprobada y aho­ra enmudecida. También los de su movimiento físico. Su belleza misma se deslavaba al grado de que, acaso, ella también deseaba que la hierba creciese más allá de su cabeza para ocultar la piel cada día más grisá­cea, los labios descoloridos, el pelo que se iba encane­ciendo, las cejas despobladas sin pintar, el aspecto todo de un muro de jabelgas cuarteadas. El desarreglo ge­neral de su apariencia.

Le encargue ala Hermeasearla y cuidarla. Lo hizo a medias. La bañaba a cubetazos -me dijo indignadala Cuca-,la secaba con una toalla ríspida y la devolvía a su sitio en el jardín.

 

Pedro Ángel Palou pasó a verme y me dijo que había visitado a Calixta, antigua alumna suya dela Escuelade Verano.

-No comprendo por qué no está al cuidado de una enfermera.

Suplí mi culpa con mi silencio.

-Creía que la recamarera bastaría -dije al cabo-. El caso es claro. Calixta sufre un alto grado de espasticidad.

-Por eso merece cuidados constantes.

En la respuesta del escritor y catedrático, hom­bre fino, había sin embargo un dejo de amenaza.

-¿Qué propone usted, profesor? -me sentí constreñido a preguntar.

-Conozco a un estudiante de medicina que ama la jardinería. Podría cumplir con las dos funciones, doctor y jardinero.

-Cómo no. Tráigalo un día de éstos.

-Es árabe y musulmán.

Me encogí de hombros. Pero no sé por qué tan “saludable” propuesta me llenó de cólera. Acepté que la postración de Calixta me gustaba, me compensaba del sentimiento de inferioridad que como un gusano maldito había crecido en mi pecho, hasta salirme por la boca como una serpiente.

Recordaba con rencor la exasperación de mis ata­ques nunca contestados por Calixta. La sutileza de la superioridad arrinconada. La manera de decirle a Es­teban (a mí):

-No es propio de una mujer dar órdenes.

Esa sumisión intolerablemente poderosa era aho­ra una forma de esclavitud gozosamente débil. Y sin embargo, en la figura inmóvil de mi mujer había una especie de gravedad estatuaria y una voz de reproche mudo que llegaba con fuerza de alisio a mi imagina­ción.

-Esteban, por favor, Esteban amado, deja de ver al mundo en términos de inferiores y superiores. Recuerda que no hay sino relaciones entre seres hu­manos. No tenemos otra vida fuera de nuestra piel. Sólo la muerte nos separa e individualiza por com­pleto. Aun así, ten la seguridad de que antes de mo­rir, tarde o temprano, tendremos que rendir cuentas. El juicio final tiene su tribunal en este mundo. Nadie muere antes de dar cuenta de su vida. No hay que esperar la mirada del Creador para saber cuánta pro­fundidad, cuánto valor le hemos dado a la vida, al mundo, a la gente, Esteban.

Ella había perdido el poder de la palabra. Lucha­ba por recuperarlo. Su mirada me lo decía, cada vez que me plantaba frente a ella en el jardín. Era una mirada de vidrio pero elocuente.

“¿Por qué no te gusta mi talento, Esteban? Yo no te quito nada. Participa de mi placer. Hazlo nuestro.”

 

Estos encuentros culpables con la mirada de Calixta Brand me exasperaban. Por un momento, creí que mi presencia viva y actuante era insulto suficien­te. A medida que leía a Calixta me iba dando cuenta de la miseria pusilánime de esta nueva relación con mi mujer inútil. Esa fue mi deplorable venganza ini­cial. Leerle sus propias cosas en voz alta, sin impor­tarme que ella las escuchase, las entendiese o no.

Primero le leí fragmentos del cuaderno de redac­ción que descubrí en su recámara.

-Conque escribir es una manera de emigrar hacia nuestra propia alma. De manera que “tenemos que rendir cuentas porque no nos creamos a nosotros mismos ni al mundo. Así que no sé cuánto me queda por hacer en el mundo.” Y para colmo, plumífera mía: “Pero sí sé una cosa. Quiero ayudarte a que no disipes tu herencia, Esteban…”

De modo que la imbécil me nombraba, se diri­gía a mí con sus malditos papeles desde esa muerte en vida que yo contemplaba con odio y desprecio crecientes…

“¿Tuve derecho a casarme contigo? Lo peor hu­biera sido nunca conocernos, ¿puedes admitir por lo menos esto? Y si muero antes que tú, Esteban, por favor pregúntate a ti mismo: ¿cómo quieres que yo, Calixta Brand, me aparezca en tus sueños? Si muero, mira atentamente mi retrato y registra los cambios. Te juro que muerta te dejaré mi imagen viva para que me veas envejecer como si no hubiera muerto. Y el día de tu propia muerte, mi efigie desaparecerá de la fotografía, y tú habrás desaparecido de la vida.”

Era cierto.

 

Corrí a la recámara y saqué la foto olvidada de la joven Calixta Brand, abandonada al fondo de un ca­jón de calcetines. Miré a la joven que conocí en los portales de Puebla e hice mi mujer. A ella le di el nombre de alcurnia. Calixta de Durán-Mendizábal e Iñárritu. Tomé el retrato. Tembló entre mis manos. Ella ya no era, en la fotografía, la estudiante fresca y bella del zócalo. Era idéntica a la mujer inválida que se marchitaba día con día en el jardín… ¿Cuánto tar­daría en esfumarse de la fotografía? ¿Era cierta la pre­dicción de esta bruja infame, Calixta Brand: su imagen desaparecería de la foto sólo cuando yo mismo mu­riese?

Entonces yo tenía que hacer dos cosas. Aplazar mi muerte manteniendo viva a Calixta y vengarme de la detestable imaginación de mi mujer humillándola.

Regresé al jardín con un manojo de sus papeles en el puño y les prendí fuego ante Calixta y su mirada de espejo.

Esa impavidez me movió a otro acto de relajamiento. Un domingo, aprovechando la ausencia de Cuca la cocinera, tomé del brazo a la sirvienta Her­menegilda, la llevé hasta el jardín y allí, frente a Ca­lixta, me desabroché la bragueta, liberé la verga y le ordené a la criada:

-Anda. Rápido. Mámamela.

Hay mujeres que guardan el buche. Otras se tra­gan el semen.

-Herme, escúpele mi leche en la cara a tu pa­trona.

La criada como que dudó.

-Te lo ordeno. Te lo manda el patrón. No me digas que sientes respeto por esta pinche gringa.

Calixta cerró los ojos al recibir el escupitajo grueso y blancuzco. Estuve a punto de ordenarle a Herme­negilda:

-Ahora límpiala. Ándale, gata.

Mi desenfreno exacerbado me lo impidió. Que se le quedaran en la cara las costras de mi amor. Ca­lixta permaneció impávida.La Hermese retiró entre orgullosa y penitente. A saber qué pasaba por la cabe­za de una india bajada del cerro a tamborazos.

Me fui a comer a la ciudad y cuando regresé al atardecer en­contré al doctor Palou de rodillas frente a Calixta, limpiándole el rostro. No me miró a mí. Sólo dijo, con autoridad irrebatible:

-Desde mañana vendrá el estudiante que le dije. Enfermero y jardinero. Él se hará cargo de doña Ca­lixta.

Se incorporó y lo acompañé, sin delatar emo­ción alguna, hasta la salida. Pasamos frente al cua­dro del árabe en el salón. Me detuve sorprendido. El tocado de seda enjoyado había sido sustituido por un turbante. Palou iba retirándose. Lo detuve del brazo.

-Profesor, este cuadro…

Palou me interrogó con dureza desde el fondo de sus gruesos anteojos.

-Ayer tenía otro tocado.

-Se equivoca usted -me dijo con rigor el no­velista poblano-. Siempre ha usado turbante… Las modas cambian -añadió sin mover un músculo fa­cial…

 

El jardinero-enfermero debía llegar en un par de días. Se apoderó de mi ánimo un propósito desleal, hipócrita. Ensayaría el tiempo que faltaba para ha­cerme amable con Calixta. No quería que mi crueldad traspasara los muros de mi casa. Bastante era que Palou se hubiese dado cuenta de la falta de misericor­dia que rodeaba a Calixta. Pero Palou era un hombre a la vez justo y discreto.

Comencé mi farsa hincándome ante mi mujer. Le dije que hubiese preferido ser yo el enfermo. Pero la mirada de mi esposa se iluminó por un instante, enviándome un mensaje.

“No estoy enferma. Simplemente, quise huir de ti y no encontré mejor manera.”

Reaccioné deseando que se muriera de una santa vez, liberándome de su carga.

De nuevo, su mirada se tornó elocuente para decirme: “Mi muerte te alegraría mucho. Por eso no me muero.”

Mi espíritu dio un vuelco inesperado. Miré al pasado y quise creer que yo había dependido de ella para darme confianza en mí mismo. Ahora ella dependía de mí y sin embargo yo no la toleraba. Sospe­chaba, viéndola sentada allí, disminuida, indeciso entre desear su muerte o aplazarla en nombre de mi propia vida, que en ese rostro noble pero destruido sobrevivía una extraña voluntad de volver a ser ella misma, que su presencia contenía un habla oscura, que aunque ya no era bella como antes, era capaz de resucitar la memoria de su hermosura y hacerme a mí responsable de su miseria. ¿Se vengaría esta mujer inútil de mi propia, vigorosa masculinidad?

Por poco me suelto riendo. Fue cuando escuché los pasos entre la maleza que iba creciendo en el jar­dín arábigo y vi al joven que se acercó a nosotros.

-Miguel Asmá -se presentó con una leve in­clinación de la cabeza y la mano sobre el pecho.

-Ah, el enfermero -dije, algo turbado.

-Y el jardinero -añadió el joven, echando un vistazo crítico al estado de la jungla que rodeaba a Calixta.

Lo miré con la altanería directa que reservo a quienes considero inferiores. Sólo que aquí encontré una mirada más altiva que la mía. La presencia del llamado Miguel Asmá era muy llamativa. Su cabeza rubia y rizada parecía un casco de pelo ensortijado a un grado inverosímil y contrastaba notablemente con la tez morena, así como chocaba la dulzura de su mirada rebosante de ternura con una boca que apenas

disimulaba el desdén. La nariz recta e inquietante ol­fateaba sin cesar y con impulso que me pareció cruel. Quizás se olía a sí mismo, tan poderoso era el aroma de almizcle que emanaba de su cuerpo o quizás de su ropa, una camisa blanca muy suelta, pantalones de cuero muy estrechos, pies descalzos.

-¿Qué tal los estudios? -le dije con mi más insoportable aire de perdonavidas.

-Bien, señor.

No dejó de mirarme con una suerte de serena aceptación de mi existencia.

-¿Muy adelantado? ¿Muy al día? -sonreí chue­camente.

Miguel a su vez sonrió. -A veces lo más anti­guo es lo más moderno, señor.

-¿O sea?

-Que leo el Quanun fi attibb de Avicena, un libro que después de todo sentó autoridad universal en todas partes durante varios siglos y sigue, en lo esencial, vigente.

-En cristiano -dije, arrogante.

-El Canon de la medicina de Avicena y también los escritos médicos de Maimónides.

-¿Supercherías de beduinos? -me reí en su cara.

-No, señor. Maimónides era judío, huyó de Córdoba, pasó disfrazado por Fez y se instaló en El Cairo protegido por el sultán Saladino. Judíos y ára­bes son hermanos, ve usted.

-Cuénteselo a Sharon y a Arafat -ahora me carcajeé.

-Tienen en común no sólo la raza semita -prosiguió Miguel Asmá-, sino el destino ambulante, la fuga, el desplazamiento…

-Vagos -interpuse ya con ánimo de ofender.

Miguel Asmá no se inmutó. -Peregrinos. Mai­mónides judío, Avicena musulmán, ambos maestros eternos de una medicina destilada, señor Durán, esen­cial.

-De manera que me han enviado a un curan­dero árabe -volví a reír.

Miguel se rió conmigo. -Quizás le aproveche la lectura de La guía de perplejos de Maimónides. Allí entendería usted que la ciencia y la religión son com­patibles.

-Curandero -me carcajeé y me largué de allí.

 

Al día siguiente, Miguel, desde temprana hora, estaba trabajando en el jardín. Poco a poco la maleza desaparecía y en cambio el viejo Ponciano reaparecía ayudando al joven médico-jardinero, podando, tum­bando las hierbas altas, aplanando el terreno.

Miguel, bajo el sol, trabajaba con un taparrabos como única prenda y vi con molestia las miradas las­civas que le lanzaba la criadita Hermenegilda y la ab­soluta indiferencia del joven jardinero.

-¿Y usted? -interpelé al taimado Ponciano-. ¿No que no?

-Don Miguel es un santo -murmuró el an­ciano.

Ah, ¿sí? ¿A santo de qué? -jugué con el lenguaje.

-Dice que los jardineros somos los guardianes del Paraíso, don Esteban. Usted nunca me dijo eso, pa’qués más que la verdá.

Seductor de la criada, aliado del jardinero, cui­dador de mi esposa, sentí que el tal Miguel me empe­zaba a llenar de piedritas los cojones. Estaba

influyendo demasiado en mi casa. Yo no podía aban­donar el trabajo. Salía a las nueve de la mañana a Puebla, regresaba a las siete de la tarde. La jornada era suya. Cuandola Cucacomenzó a cocinar plati­llos árabes, me irrité por primera vez con ella.

-¿Qué, doña Cuca, ahora vamos a comer como gitanos o qué?

Ay, don Esteban, viera las recetas que me da el joven Miguelito.

-Ah sí, ¿cómo qué?

-No, nada nuevo. Es la manera de explicarme, patrón, que en cada plato que comemos hay siete ángeles revoloteando alrededor del guiso.

-¿Los has visto a estos “ángeles”?

Doña Cuca me mostró su dentadura de oro.

-Mejor todavía. Los he probado. Desde que el joven entró a la cocina, señor, todo sabe a miel, ¡viera usted!

¿Y con Calixta? ¿Qué pasaba con Calixta?

-Sabe, señor Durán, a veces la enfermedad cura a la gente -me dijo un día el tal Miguel.

Yo entendí que el efebo caído en mi jardín encan­dilara a mi servicio. Trabajaba bajo el alto sol de Pue­bla con un breve taparrabos que le permitía lucir un cuerpo esbelto y bien torneado donde todo parecía duro: pecho, brazos, abdomen, piernas, nalgas. Su única imperfección eran dos cicatrices hondas en la espalda.

Más allá de su belleza física, ¿qué le daba a mi mujer incapacitada?

La venganza. Calixta era atendida con devoción extrema por un bello muchacho en tanto que yo, su marido, sólo la miraba con odio, desprecio, o indife­rencia.

¿Qué veía en Calixta el joven Miguel Asmá? ¿Qué veía él que no veía yo? ¿Lo que yo había olvidado sobre ella? ¿Lo que me atrajo cuando la conocí? Aho­ra Calixta envejecía, no hablaba, sus escritos estaban quemados o arrumbados por mi mano envidiosa. ¿Qué leía Miguel Asmá en ese silencio? ¿Qué le atraía en esta enferma, en esta enfermedad?

Cómo no me iba a irritar que mientras yo la despreciaba, otro hombre ya la estaba queriendo y en el acto de amarla, me hacía dudar sobre mi voluntad de volverla a querer.

 

Miguel Asmá pasaba el día entero en el jardín al lado de Calixta. Interrumpía el trabajo para sentarse en la tierra frente a ella, leerle en voz baja pasajes de un libro, encantarla, acaso…

Un domingo, alcancé a escuchar vergonzosamen­te, escondido entre las salvajes plantas cada vez más domeñadas, lo que leía el jardinero en voz alta.

-Dios entregó el jardín a Adán para su placer. Adán fue tentado por el demonio Iblis y cayó en pecado. Pero Dios es todopoderoso. Dios es todo mise­ricordia y compasión. Dios entendía que Iblis procedía contra Adán por envidia y por rencor. De manera que condenó al Demonio, y Adán regresó al Paraíso perdonado por Dios y consagrado como primer hom­bre pero también como primer profeta.

Miró intensamente con sus ojos negros bajo la corona de pelo rubio y ensortijado.

-Adán cayó. Mas luego, ascendió.

De manera que tenía que vérmelas con un ilu­minado, un Niño Fidencio universitario, un embau­cador religioso. Me encogí, involuntariamente, de hombros. Si esto aliviaba a la pobre Calixta, tant mieux, como decía mi afrancesada madre. Lo que comenzó a atormentarme era algo más complicado. Era mi sorpresa. Mientras yo la acabé odiando, otro ya la estaba queriendo. Y esa atención tan tierna de Mi­guel Asmá hacia Calixta me hizo dudar por un instante. ¿Podría yo volver a quererla? Y algo más insistente. ¿Qué le veía Miguel a Calixta que yo no le veía ya?

De estas preguntas me distrajo algo más visible aunque acaso más misterioso. En pocas semanas, a las órdenes de Miguel Asmá y sus entusiastas colabo­radores -Ponciano el viejo jardinero, Hermenegilda la criada obviamente enamoriscada del bello intruso y aun la maternal doña Cuca, rebosante de instin­to-, el potrero enmarañado en que se había conver­tido el jardín revertía a una belleza superior a la que antes era suya.

Como el jardín se inclinaba del alfiz que enmar­caba la puerta de entrada al alfaque que Calixta ob­servaba el día entero como si por ese banco de arena fluyese un río inexistente, Miguel Asmá fue escalo­nando sabiamente el terreno a partir del patio con su fuente central, antes seca, ahora fluyente. Un suave rumor comenzó a reflejarse sutilmente, tranquilamen­te, en el rostro de mi esposa.

 

Con arduo pero veloz empeño, Miguel y su com­pañía -¡mis criados, nada menos!- trabajaron todo el jardín. Debidamente podado y escalonado, empe­zó a florecer mágicamente. Narcisos invernales, lirios primaverales, violetas de abril, jazmín y adormideras, flores de camomila en mayo convirtiéndose en bebi­da favorita de Calixta. Azules alhelíes, perfumados mirtos, rosas blancas que Miguel colocaba entre los cabellos grises de Calixta Brand, jajá.

Estupefacto, me di cuenta de que el joven Mi­guel había abolido las estaciones. Había reunido in­vierno, primavera, verano y otoño en una sola estación. Me vi obligado a expresarle mi asombro.

Él sonrió como era su costumbre. -Recuerde, señor Durán, que en el valle de Puebla, así como en todo el altiplano mexicano, coexisten los cuatro tiem­pos del año…

-Has enlistado a todo mi servicio -dije con mi habitual sequedad.

-Son muy entusiastas. Creo que en el alma de todo mexicano hay la nostalgia de un jardín per­dido -dijo Miguel rascándose penosamente la es­palda-. Un bello jardín nos rejuvenece, ¿no cree usted?

Bastó esta frase para enviarme a mi dormitorio y mirar la foto antigua de Calixta. Perdía vejez. Iba retornando a ser la hermosa estudiante de las Ciudades Gemelas de Minnesota de la que me enamoré siendo ambos estudiantes. Dejé caer, asombrado, el retrato. Me miré a mí mismo en el espejo del baño. ¿Me en­gañaba creyendo que a medida que ella rejuvenecía en la foto, yo envejecía en el espejo?

No sé si esta duda, transformándose poco a poco en convicción, me llevó una tarde a sentarme junto a Calixta y decirle en voz muy baja:

-Créeme, Calixta. Ya no te deseo a ti, pero deseo tu felicidad…

Miguel el jardinero y doctor levantó la cabeza agachada sobre un macizo de flores y me dijo:

-No se preocupe, don Esteban. Seguro que Calixta sabe que ya han desaparecido todas las amenazas contra ella…

 

Era estremecedor. Era cierto. La miré sentada allí, serena, envejecida, con un rostro que se empeñaba en ser noble pese a la destrucción maligna de la en­fermedad y el tiempo. Su mirada hablaba por ella. Su mirada escribía lo que traía dentro del alma. Y la pre­gunta de su espíritu a mí era: “Ya no soy bella como antes. ¿Es esta razón para dejar de amarme? ¿Por qué Miguel Asmá sabe amarme y tú no, Esteban? ¿Crees que es culpa mía? ¿No aceptas que tampoco es culpa tuya porque tú nunca eres culpable, tú sólo eres in­dolente, arrogante?”

Miguel Asmá completó en voz alta el pensamien­to que ella no podía expresar.

-Se pregunta usted, señor, qué hacer con la mujer que amó y ya no desea, aunque la sigue queriendo…

¡Cómo me ofendió la generosidad del muchacho! No sabía su lugar…

“Pon siempre a los inferiores en su sitio” -me aconsejaba mi madre, q.e.p.d.

-No entiendes -le dije a Miguel-. No entiendes que antes yo dependía de ella para tener confianza en la vida y ahora ella depende de mí y no lo soporta.

-Va a vengarse -murmuró el bello tenebroso.

-¿Cómo, si es inválida? -contesté exasperado aún por mi propia estupidez, y añadí con ferocidad-. Mi placer, sábetelo, nene, es negarle a Calixta inváli­da todo lo que no quise darle cuando estaba sana…

Miguel negó con la cabeza. -Ya no hace falta, señor. Yo le doy todo lo que ella necesita.

Enfurecí. -¿Cuidado de enfermero, habilidad de jardinero, condición servil?

Casi escupí las palabras.

Atención, señor. La atención que ella requiere.

-¿Y cómo lo sabes, si ella no habla?

Miguel Asmá me contestó con otra interrogante. -¿Se ha preguntado qué parte podría usted tener ahora de ella, habiéndola tenido toda?

No pude evitar el sarcasmo. -¿Qué cosa me permites, chamaco?

-No importa, señor. Yo he logrado que desapa­rezcan todas las amenazas contra ella…

Lo dijo sin soberbia. Lo dijo con un gesto de dolor, rascándose bruscamente la espalda.

-Ha carecido usted de atención -me dijo el joven-. Su mujer perdió el poder sobre las palabras. Ha luchado y sufrido heroicamente pero usted no se ha dado cuenta.

-¿Qué importa, zonzo?

-Importa para usted, señor. Usted ha salido perdiendo.

-¿Ah, sí? -recuperé mi arrogante hidalguía-. Ahora lo veremos.

Caminé recio fuera del jardín. Entré a la casa. Algo me perturbó. El cuadro me atrajo. La imagen del árabe tocado por un turbante se había, al fin, acla­rado, como si la mano de un restaurador artífice hu­biese eliminado capa tras capa de arrepentimientos, hasta revelar el rostro de mirada beatífica y labios crue­les, la nariz recta y la cabeza rizada asomándose sobre las orejas.

Era Miguel Asmá.

Ya no cabía sorprenderse. Sólo me correspondía correr escaleras arriba, llegar a mi recámara, mirar el retrato de Calixta Brand.

La imagen de mi mujer había desaparecido. Era un puro espacio blanco, sin efigie.

Era el anuncio -lo entendí- de mi propia muerte.

Corrí a la ventana, asustado por el vuelo de las palomas en grandes bandadas blancas y grises. Vi lo que me fue permitido ver.

La joven Calixta Brand, la linda muchacha a la que conocí y amé en los portales de Puebla, descan­saba, bella y dócil, en brazos del llamado Miguel Asmá.

Otra vez, como en el principio, ella hizo de lado, con un ligero movimiento de la mano, el rubio me­chón juvenil que cubría su mirada.

Como el primer día.

 

Abrazando a mi esposa, Miguel Asmá ascendía desde el jardín hacia el firmamento. Dos alas enor­mes le habían brotado de la espalda adolorida, como si todo este tiempo entre nosotros, gracias a una vo­luntad pesumbrosa, Miguel hubiera suprimido el empuje de esas alas inmensas por brotarle y hacer lo que ahora hacían: ascender, rebasar la línea de los volcanes vecinos, sobrevolar los jardines y techos de Huejotzingo, el viejo convento de arcadas plateres­cas, las capillas pozas, las columnas franciscanas, el techo labrado de la sacristía de San Diego, mientras yo trataba de murmurar:

-¿Cómo ha podido este joven robarme mi amor?

Algo de inteligencia me quedaba para juzgarme como un perfecto imbécil.

Y abajo, en el jardín, Cuca y Hermenegilda y Ponciano miraban asombrados el milagro (o lo que fuera) hasta que Miguel con Calixta en sus brazos desaparecieron de nuestra vista en el instante en que ella movía la mano en gesto de despedida. Sin em­bargo, la voz del médico y jardinero árabe persistía como un eco llevado hasta el agua fluyente del alfa,  que ayer seco, ahora un río fresco y rumoroso que pronosticaba, lo sé, mi vejez solitaria, cuando en días lluviosos yo daría cualquier cosa por tener a Calixta Brand de regreso.

Lo que no puedo, deseándolo tanto, es pedirle perdón.

Carlos Fuentes

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May 17

La buena compañia

Posted in Carlos Fuentes, cuentos

 

A Enrique Creel de la Barra, For old time’s sake

 

1

 

Antes de morir, la madre de Alejandro de la Guar­dia le advirtió dos cosas. La primera, que el padre del muchacho, Sebastián de la Guardia, no había dejado más herencia que este apartamento délabré en la Rue de Lille. Era algo. Pero no bastaba para vivir. Podía seguir alquilándolo. Ser rentista era vieja ocupación de la familia. Nada grave u ofensivo en ello.

El problema era las tías. Las hermanas de la mamá de Alejandro. Los abuelos Dela Guardiahabían huido de México a los primeros estallidos dela Revolu­ción, confiados en que expropiadas sus haciendas pulqueras por la reforma agraria zapatista, de todos modos vivirían bien en Europa gracias a sus oportu­nas inversiones allí. Propiedades inmobiliarias, valo­res financieros, objetos… Cosas.

-Tu padre era un botarate. Fue uno de esos ni­ños aristócratas que se asimilaron a Francia aunque nunca perdieron el temor de ser vistos como metecos, extranjeros indeseables en el fondo, sólo aceptados porque tenían -y gastaban- dinero.

La ruina empezó con el abuelo, decidido a que los europeos lo aceptaran si ofrecía grandes saraos, extravagantes fiestas de disfraces, noches de ballet ruso, vacaciones en yate… Disipó la mitad de la fortuna pulquera en veinte años locos y alegres.

El padre de Alejandro se encargó de tirar al aire la otra mitad. Llegó un momento en que sólo tenía un montoncito de centenarios de oro. La señora Dela Guardia, madre de Alejandro, veía con resignación cómo el altero de monedas, cual fichas de casino en manos de un croupier deshonesto, iba disminuyendo.

-El día que se acabaron las monedas, tu padre ambuló desesperado por las calles. Lo encontraron muerto en la mañana. Al menos, tuvo esa decencia…

Doña Lucía Escandón de Dela Guardiapuso en arrendamiento la casa dela Ruede Lille, vecina al Palacio de Beauharnais, y encontró una mansarda de tres piezas detrás dela Place St.Sulpice. Dio cursos de cocina exótica y crió a Alejandro, huérfano de padre a los nueve años de edad. Ahora, agotada, ensimismada, casi siempre silente como si la tristeza le hubiese secuestrado las palabras, doña Lucía recibió el aviso mortal -un mes, dos a lo sumo- y decidió hablar para decírselo y dar instrucciones finales a su  hijo Alejandro, producto casi heroico del sacrificio materno, aprobado con lauros en el implacable examen de bachillerato, impedido de seguir una carrera, empleado secundario dela Oficinade Turismo del gobierno mexicano, dueño de un castellano perfecto  que su disciplinada madre le había enseñado con rigor -”la letra con sangre entra”-, resignada de tiempo atrás a adaptarse y trabajar con los representantes  dela Revoluciónaunque negándoles trato social y menos, íntimo.

Fue su segunda advertencia.

-En México viven tus viejas tías, mis hermanas mayores. Ellas se las arreglaron para salvar propieda­des, tener divisas en bancos norteamericanos y, me sospecho, esconder joyas en su casa. Siempre vieron con irritación y desprecio los despilfarros de tu pa­dre. Jamás me ayudaron. “¿Para qué te casaste con ese manirroto?”, me recriminaron.

La señora suspiró como si contara las gotas de aire que le quedaban en los pulmones condenados.

-¿Qué me propones, madre? ¿Qué viaje a Méxi­co y seduzca a las tías para que me hereden?

-Exactamente. No tienen a nadie más en la vida. Se quedaron a vestir santos. Engráciate con ellas.

Doña Lucía hizo una pausa en la que no se dis­tinguía la necesidad de reposo de la atención instruc­tiva.

-Son unas solteronas rencorosas.

-¿Cómo se llaman?

-María Serena y María Zenaida. No te dejes engañar por los nombres, hijo. Zenaida es la buena y Serena la mala.

-Quizás con el tiempo han cambiado, mamá.

-Sería un milagro. Las recuerdo de niña. Me torturaban, me ataban de pies y manos, me acerca­ban cerillos encendidos a los pies desnudos, me ence­rraban en el clóset…

Alejandro sonrió. -Quizás la edad las ha pacifi­cado.

-Árbol que crece torcido -murmuró doña Lucila.

Alejandro volvió a sonreír. Una sonrisa “moder­na”, natural en él, ajeno a los agravios propios del Nuevo Mundo.

-Trataré de caerles bien a las dos.

-Inténtalo, Alejandro. Con la renta de la casa y el sueldito de la oficina, nunca pasarás de perico pe­rro…

Ella le acarició la mejilla. -Mon petit choux. Te voy a extrañar.

Alejandro sonrió aunque estas fueron las últimas palabras de su madre.

 

2

 

Es que él era un hombre joven y simpático. Se lo decía la gente. Se lo decía el espejo. Cabellera cobriza y rizada. Tez canela. Nariz recta. Ojos amarillentos. Boca inquieta. Mentón sereno. 1.79 de estatura. Se­tenta kilos de peso. Un guardarropa reducido pero selecto. Manos de pianista, le decían. Dedos largos pero no ávidos. Novias de ocasión. Más invitado que disparador. El primo de América, sí. El meteco acep­tado con una cordial sonrisa de patronazgo.

 

Muerta doña Lucila, Alex pensó que nada lo detenía en Francia. El empleo le disgustaba, la renta dela Ruede Lille era modesta, las novias, pasajeras sen­timentales… México, las tías, la fortuna. Ese era el horizonte que le excitaba.

Escribió a las tías. Había muerto doña Lucila. Era lo único que lo retenía en Francia. Quería, des­pués de tantos años de destierro hereditario, regresar a México. ¿Podía vivir con ellas mientras se ubicaba?

Incluyó en la carta una fotografía de cuerpo entero, para que no hubiera sorpresas. Recibió dos cartas por separado. Una de María Serena Escandón y otra de María Zenaida del mismo apellido. Pero ambas lo recibirían con gusto. Ambas cartas eran idénticas.

“Querido sobrino. Te esperamos con gusto.”

¿Por qué no firmaban las dos la misma y única carta? ¿Por qué dos cartas? Alejandro decidió no perturbarse por este misterio. Ni por otro cualquiera que lo esperase. Las tías eran dos ancianas excéntricas. Alex decidió inmunizarse de antemano ante cualquier ca­pricho de las señoritas.

 

En el aeropuerto lo esperaba un taxista portando un letrero con el nombre “Escandón”.

-¿Es usted? Me dijeron por teléfono que vinie­ra a recibirlo.

El taxi del aeropuerto lo dejó frente a una vieja casa dela Riberade San Cosme. Acostumbrado a la perfecta simetría del trazo parisino, el caos urbano del Distrito Federal lo confundió primero, lo disgus­tó enseguida, lo fascinó al cabo. México le pareció una ciudad sin rumbo, entregada a su propia veloci­dad, perdidos los frenos, dispuesta a hacerle la com­petencia al infinito mismo, llenando todos los espacios vacíos con lo que fuese, bardas, chozas, rascacielos, techos de lámina, paredes de cartón, basureros pró­digos, callejuelas escuálidas, anuncio tras anuncio tras anuncio…

Las puntuaciones de la belleza -una iglesia ba­rroca aquí, un palacio de tezontle allá, algún jardín entrevisto- daban cuenta de la profundidad, opues­ta a la extensión, dela Ciudadde México. Esta era también -Alejandro dela Guardialo sabía gracias a su hermosa, inolvidable madre- una urbe de capas superpuestas, ciudad azteca, virreinal, neoclásica, moderna…

Por todo ello dio gracias de que la casa donde lo depositó el taxi fuese antigua. Indefinidamente anti­gua. Dos pisos y una fachada de piedra gris, elegan­te, descuidada -elegantemente descuidada, se dijo Alex- en la que faltaba una que otra loseta, el todo coronado por una azotea plana ya que los techos, se dio cuenta, no existían, en el sentido europeo, enla Ciudadde México. Lo vio desde el aire. Azo­teas y más azoteas sin relieve, muchos tinacos de agua, ningún techo inclinado, ninguna mansarda, ni siquiera las tejas coloradas del lugar común ho­llywoodense…

Una casa de piedra gris, severa. Tres escalones para llegar a una puerta de fierro negro. Dos ventanas enre­jadas a los lados de la puerta. Y dos rostros asomados entre las cortinas de cada una de las ventanas. Alejan­dro tomó las maletas. El taxista le advirtió:

-Me dejaron dicho que por favor entrara por la puerta de atrás.

-¿Por qué?

El taxista se encogió de hombros y partió.

 

María Serena y María Zenaida. Nunca vio fotografías actualizadas de las dos hermanas de su madre. Sólo fotos de niñas. No podía saber, en consecuen­cia, cuál de las dos era la señora vieja, bajita y regor­deta que le abrió la puerta trasera.

-Tía -dijo Alex.

-¡Alejandro! -exclamó la señora-. ¡Cómo no te iba a reconocer! ¡Si eres el vivo retrato de tu madre! ¡Jesús me ampare! ¡Benditos los ojos!

Alex se inclinó a darle a la mujer un beso en la mejilla coquetamente coloreada. Ella le murmuró al oído como si se tratara de un secreto:

-Soy tu tía Zenaida.

Su pelo era completamente blanco, pero la piel permanecía fresca y perfumada. En verdad, olía a ja­bón de rosas. Usaba un vestido floreado, con cuello blanco de piqué, como de colegiala. Falda larga hasta los tobillos. Zapatos blancos con tacón bajo, como si temiese caerse de algo más elevado. Y lucía tobilleras, blancas también, como de colegiala.

-Entra, entra, muchacho -le dijo con risa can­tarina al joven-. Estás en tu casa. ¿Quieres descan­sar? ¿Prefieres ir a tu recámara? ¿Te preparo un chocolatito?

La señorita hizo un gesto de invitación. Estaban en la cocina.

-Gracias, tía. El viaje desde París es pesado. Quizás puedo descansar un rato. Conocer a la tía María Serena. Quisiera invitarlas a cenar fuera…

Alejandro prodigaba sus sonrisas.

La tía iba perdiendo las suyas.

-Nunca salimos de la casa.

-¡Ah! Entonces saludaré a su hermana y lue­go…

-No nos hablamos -dijo María Zenaida con facciones de inminente puchero.

-Entonces… -Alex extendió las manos, resig­nado.

-Nos dividimos la sala -dijo cabizbaja la tía María Zenaida-. Ella recibe de noche. Yo de día. Déjame mostrarte tu recámara.

Volvió a sonreír.

-¡Niño de mis amores! Siéntete en tu casa. ¡Je­sús nos guarde!

 

3

 

La habitación que le reservaron en la parte trasera de la planta baja daba a ese parquecillo público descui­dado donde algunos niños de nueve a trece años ju­gaban fútbol. Más allá divisó el paso de un tren y escuchó el largo pitido de la locomotora.

Echó un vistazo a la recámara. Lujosa no era. La cama era más bien un catre. Las paredes estaban des­nudas, con excepción de un viejo calendario con fecha de quince años atrás y la reproducción de los volcanes, Popocatépetl e Iztaccíhuatl, encarnados en una mujer dormida y un guerrero que la vigila. La silla era de asiento de madera y formaba un todo con el pupitre escolar que Alex abrió para encontrarlo vacío.

El baño adyacente tenía lo indispensable, tina, retrete, lavabo, espejo…

En la recámara, una cortina se corría para revelar un improvisado clóset de donde colgaban media docena de ganchos de alambre.

Alex hubiese querido deshacer cuanto antes su maleta. El cansancio lo venció.

Eran las seis de la tarde y cayó rendido en el ca­tre. No sabía dormir en los aviones y jamás había hecho un viaje tan largo como este, trasatlántico.

 

Despertó alarmado dos horas más tarde. Acudió al bañito contiguo a la recámara, se echó agua en la cara, se peinó, se ajustó la corbata y se puso el saco.

Salió a saludar a la tía María Serena, consciente de que ella recibía a esta hora.

La señora estaba rígidamente sentada en el cen­tro de un sofá igualmente tieso que ocupaba como si fuese un trono. La sala era iluminada por velas. La tía lo esperaba -esa impresión le dio- inmóvil, apo­yando ambas manos sobre la cabeza de marfil -era un lobo- de su bastón. Vestida toda de negro, con una falda tan larga como la de su hermana María Zenaida, que le cubría hasta las puntas los botines negros. Usaba una blusa de olanes negros también, un camafeo como único adorno sobre el pecho y un sofocante negro alrededor del cuello.

El rostro blanco rechazaba cualquier maquillaje: el ceño entero lo decía a voces, las frivolidades no son para mí. Sin embargo, usaba una peluca color caoba, sin una sola cana y mal acomodada a su cabeza. Su única coquetería -pensó Alex reprimiendo la sonri­sa- eran unos anticuados pince-nez -quevedos en castellano, tradujo, obedeciendo a su madre muerta, Alejandro-, esos lentes sin aro plantados con desa­fío sobre el caballete de la nariz. Alejandro, abonado ala Cinemateca Francesa dela Rue d’Ulm, los asoció con los lentes rotos y sangrantes de la mujer herida en los escalones de Odessa del Acorazado Potemkin…

-Buenas noches, tía.

Ella no contestó. Sólo movió imperialmente una mano indicando el asiento apropiado a Alex.

-Voy al grano, sobrino, como es mi costum­bre. Nos distanció de tu madre su errada decisión de casarse con un manirroto como tu padre. Cuandola Providenciate da los bienes de su cornucopia afren­tas a Dios dilapidándolos. Sufrimos por tu madre, déjame decirte. Nos dio gusto saber que venías a vernos.

-El gusto es todo mío, tía Serena.

-Desconozco tus proyectos…

-Quiero trabajar, quiero…

-No te apresures. Toma tu tiempo. Estás en tu casa.

-Gracias.

-Pero observa nuestras reglas. Te soy franca. Mi hermana y yo no nos llevamos bien. Caracteres dema­siado opuestos. Horarios distintos. Entiende y respeta.

-Pierda usted cuidado.

-Segunda regla. Nunca entres o salgas por la puerta principal. Usa sólo la puerta trasera al lado de tu recámara, sobre el jardincillo público. Sal de la cocina al jardín.

-Sí, ya lo noté.

-Que nadie te vea entrar o salir.

-¿Horarios de comida? -dijo Alex para cam­biar un tema que le resultaba enojoso.

-Comida a las dos. Tú y mi hermana. Merien­da a las ocho. Tú y yo.

-¿Y el desayuno? Digo, no se preocupe. Estoy acostumbrado a hacérmelo yo mismo.

-Tú no te preocupes, niño -ella sonrió por vez primera-. Panchita viene a las seis de la mañana a hacer el aseo y preparar las comidas. Te advierto. Es sordomuda.

Me miró, realmente, con cuatro ojos, como si los lentes tuvieran vida aparte de la mirada miope. Se levantó.

-Y ahora vamos a cenar tú y yo. Cuéntamelo todo.

 

Era una cena fría dispuesta en la mesa de un co­medor sombrío iluminado, como la sala, sólo por candelabros. La tía iba a servirse las carnes -jamón, rosbif, pechugas de pollo- cuando Alex se le ade­lantó y le sirvió el plato.

-Vaya con el caballerito -volvió a sonreír María Serena-. Y ahora, cuéntame tu vida.

 

4

 

Alex durmió profundamente y se levantó temprano. Se aseó y fue a la cocina. Panchita ya tenía hervido el café de olla y listo un plato de pan dulce. Alex la sa­ludó con una inclinación de la cabeza. Panchita no le respondió. Era una india seca, de edad indetermina­da, con el pelo resueltamente negro, jalado hasta for­mar un chongo en la nuca. Alex sorprendió una sonrisa cuando la sirvienta se acercó a calentar tortillas en un viejo brasero. Panchita no tenía dientes y quizás por eso y por ser muda mantenía la boca cerrada. Era baja, igual que sus patronas, pero enteca, correosa.

Alex la miró con ojos sonrientes. Ella le contestó con una mirada de tristeza y resignación. Se lavó las manos. Se quitó el delantal. Se cruzó el pecho con el rebozo. Abrió la puerta trasera. Se volteó y miró al hombre joven con una insondable cara de alarma y advertencia. Salió. Alex se quedó bebiendo el café y mirando hacia el parque público donde los niños ju­gaban fútbol.

De las tías, ni señas.

 

Alex salió al parque, dio la vuelta a la casa y en­contró la calle principal,la Riberade San Cosme.

Notó un gran abandono. Ya no había casas vie­jas, como la de las tías. Lo llamativo era que los edifi­cios que podían suponerse “modernos” mostraban ventanas sin vidrios o con vidrios rotos, paredes cuar­teadas, puertas obstruidas por bolsas negras llenas de basura, puertas que invitaban a penetrar largos patios flanqueados por dos pisos de habitaciones. Entró a una de ellas.

Las mujeres recargadas en los pasillos con baran­dales de fierro lo miraron con indiferencia. O quizás no lo miraron.

Otra vez afuera, comenzó a distinguir el ajetreo citadino, el paso de transeúntes y de automóviles, los comercios baratos -ferreterías, lencerías, mis­celáneas, dulcerías, tiendas perfumadas de queso y leche.

Gente ocupada. Nadie volteaba a verlo. Intentó saludar.

-Buenos días.

Nadie le respondió. Miradas esquivas.

Regresó a la casa por la parte indicada. La puerta trasera.

María Zenaida estaba en la cocina, preparando el almuerzo.

-Niño de mis ojos -le plantó un beso en la frente-. ¿Qué vas a hacer hoy?

-Bueno -caviló Alejandro-. No conozco la ciudad. Quizás empiece por hacer turismo.

Sonrió. Ella no le devolvió la sonrisa.

-La ciudad se ha vuelto muy peligrosa, Ale­jandro. No camines. Puede pasarte alguna desgra­cia.

-Tomaré un autobús. Un taxi.

-Te pueden secuestrar -Zenaida cortaba mi­nuciosamente los tomates, las cebollas, las zanahorias en una tablita.

Rió. -Nadie pagaría el rescate.

-Eres muy distinguido. Bien vestido. Guapo. Pareces riquillo.

-¿Quiere usted que me ponga jeans y una su­dadera para disimular?

-Seguirías siendo bello. De raza le viene al gal­go.

-No exagere, tía.

-Deseable -dijo con los ojos llenos de lágri­mas.

-¿Me deja ayudarla? Las cebollas…

-Ya sé -sonrió la tía y negó con la cabeza.

Alex esperó sin nada que hacer, recostado en la cama, hasta las dos de la tarde, cuando bajó a comer con la tía María Zenaida.

Esta vez, el plato único estaba servido. Una sopa de verduras abundante.

-Alex. Cuando termines de comer, sal a darte una vuelta.

-Ya salí en la mañana. No vi nada de interés, tía. Además, usted misma me advirtió que…

-No me hagas caso. Soy una vieja collona.

-Bueno, con mucho gusto me daré una vuelta.

-¿Sabes? -la tía levantó la mirada del plato-.

Los vecinos creen que nadie vive aquí. Como nosotras nunca salimos…

-Querida tía. Yo soy su huésped -dijo Alex cortésmente-. Dispongan de mí. Usted y su hermana.

-Ay chiquilín, no sabes lo que dices…

-¿Perdón?

-Muéstrate en la calle. Que crean que alguien… que nosotras… seguimos vivas…

Alex hizo cara de sorpresa.

-Siguen, tía? ¿Alguien cree que están muertas?

-Perdón, Alejandro. Quise decir, que estamos vivas…

-No la entiendo. ¿Quiere que salga para que la gente crea que usted y su hermana están -o siguen-vivas?

-Sí.

-Entonces, ¿por qué me obligan a salir por la puerta de la cocina? Así, nadie se va a enterar…

Zenaida bajó la cabeza y se soltó llorando.

-Todo esto me confunde terriblemente -so­llozó-. Serena es más inteligente que yo. Que te lo explique ella.

Se levantó intempestivamente y se fue dando sal­titos, como una conejita.

 

Alex leyó toda la tarde. Este inesperado arribo a un país y a una casa nuevos y sin exigencias inmedia­tas de trabajo era oportunidad delectable para leer y él traía consigo, como un cordón umbilical que lo ligaba a París, las Confesiones de un hijo del siglo de Alfred de Musset. La educación francesa le permitía, gracias a Musset, entrar a una época romántica, post­napoleónica, que Alejandro dela Guardia, en secre­to, hubiese querido vivir. Fantasiosamente se imaginaba vestido, peinado, ajuareado como un dan­dy de la época. Leía:

Quand la passion emporte l’homme, la raison le suit en pleurant et en l’avertissant du danger: mais des que l’homme s’est arrété… la passion lui crie: “Et moi, je vais donc mourir?”

 

Esa excitación pasional ya no existía en Francia. Seguramente, en México tampoco. Alejandro dela Guardiareiteró su única certidumbre juvenil: la re­signación.

Sí, en Musset se encontraba la mejor recreación de una época. Pero Alex también traía, para alternar lecturas -era costumbre suya- una edición de bol­sillo de La vérite sur Bébé Donge de Simenon. Musset le daba el pecho a su tiempo, para el amor y para la guerra. Simenon miraba por una cerradura al suyo. Alex se sintió un poco hijo de ambos.

Salió a las ocho a cenar con la tía Serena. Es de­cir, pasó de la recámara junto a la cocina al comedor donde lo esperaba ya, sentada a la cabecera, la vieja tía. Le sirvió a Alejandro, apenas tomó asiento el so­brino, una taza de chocolate espeso y humeante. Un platón de pan dulce completaba la merienda. Quizás el joven esperaba una cena más abundante y su mirada decepcionada no escapó a la atención de la tía.

-Esto es lo que en México llamamos una merienda, sobrino. Una cena ligera para dormir ligero. Estamos a más de dos mil metros de altura y una cena pesada te daría, perdón, pesadillas.

Alex sonrió cortésmente. -Seguiré la costum­bre del país, comme il le faut.

Serena lo miró severamente, como si esperase una pregunta que no llegaba.

-¿Nada más? -dijo la tía.

Alex leyó la mirada y recordó.

-Ah sí, doña Zenaida me repitió que debía en­trar y salir por la puerta trasera, nunca por la principal.

-Así es -Serena sopeó una campechana en el chocolate.

-Me dijo también que debía mostrarme en la calle.

La imitó. Pan y chocolate.

-Para que crean que ustedes están vivas.

Las palabras le salieron con dificultad. Doña Se­rena tragó con energía el pedazo de bizcocho.

-Mi hermana se expresa mal. Pobrecita. Cuando dice “para que crean” que estamos vivas, sólo quiere decir “vivas” en el sentido de “la casa no está deshabi­tada”. Es todo.

Alex insistió. El bachillerato francés es racional y metódico.

-Entonces, ¿para qué quieren que entre y salga a escondidas, por atrás, evitando la puerta principal?

La vieja le miró multiplicadamente. Es decir, le observó con sus anticuados quevedos y detrás de ellos nadaba su mirada miope, pero detrás de ésta se aso­maba otra más, la mirada de su alma, se dijo el joven, aunque era de tal modo una mirada sombría e inson­dable que él hubiese querido asomarse, por un se­gundo, al espíritu de esta mujer.

-Es un enigma -dijo Serena cuando deglutió la campechana.

Alex sonrió socialmente. -Los enigmas suelen ser tres en los cuentos, doña Serena. Y el que los re­suelva, al cabo recibe un premio.

-Tú tendrás el tuyo -dijo con una sonrisa desagradable la vieja.

 

Alex no durmió bien esa noche, a pesar de la “li­gera merienda”. Le bastó un día en la casa dela Ribe­ra de San Cosme para que la imaginación diera el paso de más que nos obliga a preguntarnos ¿dónde estoy?, ¿qué hay en esta casa?, ¿normalidad, secreto, miedo, misterio, alucinaciones mías, razones que escapan a las mías?

Era como si cada una de las tías, cada una por su lado, le hubiese susurrado al oído “¿Qué prefieres en nuestra casa? ¿Normalidad, secreto, miedo, misterio?”

Cerró los ojos y regresó a su mente la palabra “pesadilla”. Se le quedó en la cabeza más que nada por fea. Cauchemar es una bella palabra, también nig­htmare. Pesadilla indicaba indigestión, malos humores, enfermedad… Palabra malsana.

-¿Qué prefieres en nuestra casa? Normalidad, secreto, miedo, misterio…

Alex cerró los ojos.

-Que suceda lo que suceda.

Y añadió, casi como en un sueño:

-Escoger es una trampa.

 

Zenaida se presentó a la hora del desayuno en la co­cina, minutos después de que Pancha la india se fuese… Alex no oyó ni a la una ni a la otra. Sonrió saboreando los huevos rancheros. Aquí todas se mo­vían de puntitas, casi como en el aire. É, como para corroborar su idea, pegó duro con los tacones sobre las baldosas de la cocina. Algo se quebró. Este piso de frágiles baldosas no resistió. El fino ladrillo se había roto. Alex sintió culpa y se agachó para unir las mitades quebradas.

Fue cuando entró doña Zenaida sin hacer ruido. -Chamaquito de mi corazón, ¿qué haces allí en cuatro patas?

Alex levantó, sonrojado, la mirada.

-Creo que cometí un estropicio.

Zenaida sonrió -Todos los niños rompen co­sas. Es normal. No te preocupes.

Señaló con la mano hacia el jardín polvoso, donde los muchachos jugaban fútbol.

-Míralos. Qué felices. Qué inocentes.

Pero no los miraba a ellos. Miraba al sobrino. -¿No se te antoja salir a jugar con ellos?

-¡Tía! -exclamó Alex con fingida sorpresa-. Ya estoy muy grandecito.

-¿Los niños grandes no juegan fútbol?

-Bueno -Alex recobró la calma-. Sí. Claro que sí. Pero generalmente son profesionales.

-¡Ay, santo mío! -suspiró la vieja-. ¿Nunca sientes ganas de salir a jugar con los niños?

Alex reprimió la respuesta irónica que ella no hubiera entendido. En esta época de pedófilos… La inocente mirada de la tía Zenaida le vedaba al sobri­no bromas e ironías.

-Creo que debo pensar seriamente en encon­trar trabajo.

Ella acercó la cabecita blanca al hombro de Alex.

-No hay prisa, mocosito. Toma tu tiempo. Acostúmbrate a la altura…

Alex casi rió al escuchar esta razón. La siguiente le borró la sonrisa.

-Estamos tan solas, tu tía Serena y yo… Alex le acarició la mano. No se atrevió a tocarle le cabeza.

-No se preocupe, tía Zenaida. Todo a su debido ­tiempo.

-Sí, tienes razón. Hay tiempo para todo.

-Tiempo para vivir y tiempo para morir -citó Alex con una sonrisa.

-Y tiempo para amar -suspiró la tía, acari­ciando la cabeza de Alex.

La tía se retiró. Se volteó antes de cruzar la puer­ta y le dijo al sobrino “adiós” con los dedos de una mano, juguetona y regordeta.

 

Alejandro dela Guardiase quedó cavilando. ¿Qué iba a hacer el día entero? No podía alegar más la excusa del jet-lag. Y las palabras de la tía Zenaida -”tiempo para amar”-, lejos de tranquilizarlo, le producían una leve inquietud. Casi la zozobra. Des­pués de todo, él era un extraño -para las tías, para la casa, para la ciudad- y acaso ellas tenían razón, él debía salir a la calle, ambientarse, saludar a la gente, jugar fútbol con los niños del parque…

Pero sólo debía salir por la puerta de atrás para que la gente supiera que las señoritas Escandón “seguían vivas”, es decir, enmendando a doña Zenaida y acudiendo a las razones de doña Serena, “para que crean que la casa no está deshabitada”.

La mente cartesiana de este antiguo alumno de liceo no conseguía conciliar la contradicción. Si querían que la gente supiera que ellas estaban vivas, que la casa no estaba deshabitada, lo natural es que él sa­liese por la puerta principal. No a hurtadillas, por detrás, como Panchita la criada sordomuda.

Decidió poner la contradicción a prueba. Abrió la puerta trasera y salió al polvoso parque público donde un grupo de niños jugaba fútbol. Apenas pisó campo, los muchachos detuvieron el juego y miraron fijamente a Alex. El recién llegado les sonrió. Uno de los chicos le aventó la pelota. Alex, instintivamente, le dio una patada al balón. Lo recibió uno de los chicos. Se lo devolvió. Alex distinguió los endebles postes de la meta. Con un fuerte puntapié, dirigió la pelota a la portería.

-¡Gol! -gritaron al unísono los chicos.

Alex se dio cuenta de que no había portero en el arco. Su triunfo había sido demasiado fácil. Pero este simple acto lo unió sin remedio al juego infantil del barrio. Incluso se sintió contento, recompensado, como si esta situación imprevista le diese una ocu­pación inmediata, lo salvase de la abulia que parecía dominar la casa de las señoritas Escandón, le diese -se sorprendió pensándolo- una misión en la vida. Jugar fútbol. O simplemente, jugar.

Cuando recibió la pelota con un cabezazo, tuvo que levantar la vista.

La tía Serena lo observaba, con la cara adusta desde una ventana del segundo piso.

Desde otra ventana, también lo miraba la tía Zenaida. Pero ella sonreía beatíficamente.

 

Más tarde, cuando se disponía a almorzar con doña Zenaida, llegó al vestíbulo y escuchó el terrible rumor que venía del segundo piso. Se detuvo al pie de la escalera. No entendió lo que pasaba. Sí, las dos ancianas disputaban, pero sus voces eran como un eco lejano o las del fondo de un túnel. Alex escuchó dos portazos, un lejano sollozo. Supo que la tía Ze­naida, esta vez, no lo acompañaría a almorzar.

Se dirigió al comedor. El servicio estaba puesto. Un caldo de hongos bajo la tapadera de metal de la sopera más el habitual platón de carnes frías, amén de otro lleno de las deliciosas frutas, que él nunca había probado antes, del trópico mexicano.

Regresó a la recámara después de comer, leyó a Musset y sintió la tentación de escribir algo, inspirado por las Confesiones de un hijo del siglo. Se sentó en el pupitre. Sabía que estaba vacío. Pero un movimiento normal en el asiento le bastó para darse cuenta de que algo se movía bajo la tapa del escritorio.

La levantó. Había allí unos cuadernos. Los revisó rápidamente. Eran libros infantiles para colorear. Es más, los crayones estaban, sueltos, dentro del pupitre.

Alex sonrió. Qué ocurrencia. Y qué nuevo mis­terio. ¿Se había equivocado ayer, agobiado por el jet-lag, cuando revisó el pupitre? ¿Una de las hermanas -seguramente Zenaida- había devuelto a su lugar estos cuadernos y lápices? ¿Para qué? En esta casa nunca habían vivido niños.

Y los cuadernos -los hojeó- eran modernos, impresos hace apenas quince años, lo vio en la página de edición.

El autor era él.

Aventuras de un niño francés en México por Ale­jandro dela Guardia.

Las hojas estaban en blanco.

 

La razón lo abandonó por completo. Es más, sin razón, sintió miedo. Se recostó en el catre. Se cubrió los ojos con la almohada. Se tranquilizó. Esperó la hora de la cena. Todo se aclararía.

La tía Serena no acudió a la cena. Alex esperó diez minutos. Quince… Sentado a la mesa, sólo vio los restos de la comida del mediodía. La sopa estaba fría. Las carnes también, pero tenían el aspecto desagradable de ser sobras, comidas a medias, pedazos de grasa arrancados con garras al lomo de algún ani­mal y desechados con asco.

Se sintió alarmado. Un grave silencio embarga­ba la casa. El joven se encaminó a la escalera con pa­sos tímidos. Nunca había subido al segundo piso. Ellas no lo habían invitado. Él era un chico bien educado.

-Los niños deben ser vistos pero no oídos -le había enseñado su mamá-. Children should be seen but not heard.

Subió con paso lento e inseguro al segundo piso. Se detuvo entre las dos puertas únicas, enfrentadas, del corto pasillo.

Al pie de cada puerta, sendas bandejas espera­ban ser recogidas.

Los platillos se enfriaban.

-Es que ellas comen carnes frías -se dijo Ale­jandro razonablemente.

¿Cuándo las comen? ¿Para qué las comen arriba si hasta ahora me han acompañado abajo? ¿Y quién les ha traído las bandejas, sila Panchase va muy de mañana? ¿Cada una le trajo la cena a la otra? ¿No que se detestaban entre sí? ¿De cuándo acá tan ser­viciales?

Bajó la mirada.

Levantó la tapa del platón frente al cuarto de Zenaida. Los insectos devoraban las carnes. ¿Qué eran? Arañas, cucarachas, alimañas, simples hormigas… Se movían.

Tapó apresuradamente el platillo.

Se deslizó al levantar la tapadera de la otra co­mida.

Sólo había una sopa servida. ¿Sopa de tomate? ¿Sopa de betabel, borsch…?

No resistió meter el dedo en la sopa y luego chu­parlo.

Sopa de sangre.

Estuvo a punto de gritar.

Chupó sangre.

No gritó porque lo detuvo el sollozo, mínimo pero pertinaz, del otro lado de la puerta de Serena. Levantó el brazo. Iba a tocar. Iba a preguntar. -Tía, ¿qué pasa?

Se detuvo a tiempo. No tenía derecho. Una ra­zón absurda le cruzó por la mente. ¿Por qué iba a tocar en esta puerta, la del sollozo de Serena? ¿Por qué no en la otra, la del silencio de Zenaida?

Se sintió confundido, quizás amedrentado. Lo salvó su buena educación. Sí, no tenía derecho a en­trometerse en la vida privada de unas viejas soltero­nas, excéntricas, al cabo un poco locas, pero sangre de su sangre. Y que le ofrecían hospitalidad.

Bajó como subió, en silencio, sin hacerse sentir, a la recámara.

Sobre la almohada descansaba un chocolate envuelto en papel plateado, como en los hoteles.

Alejandro no lo desenvolvió. Admitió que sintió miedo. En un arranque de violencia poco acostum­brada en él, debida acaso a las tensiones acumuladas y sujetas a rienda como un perro enojado, abrió la ventana y arrojó el dulce al parque.

Eran las diez de la noche.

Volvió a vencerlo el sueño, más que la imagina­ción.

 

6

 

Sólo al despertar, metiendo la mano debajo de la al­mohada con un gesto matutino que le era habitual, Alejandro dela Guardiatocó un paño que desconocía.

Apartó la almohada y encontró un pijama que no era suyo. Desconcertado, lo extendió sobre la cama. La prenda era muy pequeña. Como para un enano. O un niño. Alex miró la etiqueta en el cuello de la camisa. Claramente indicaba S, small.

No supo qué hacer con el pijama entre las manos. ¿También este regalo inútil de las tías (pues na­die más tenía acceso a la recámara) lo arrojaría al parque, para que lo recogiera uno de los niños pobres que allí se reunían a jugar después de la escuela?

Pensó que lo más sutil sería dejar el pijamita donde lo encontró, debajo de la almohada. Eso sí que desconcertaría a las tías. Lo frenó el uso del plural. Las hermanas no se hablaban, salvo para pelearse como ayer. Entonces, ¿cuál de las dos estaba haciendo estas bromas? Empezó a creer que una de ellas, más que excéntrica, estaba loca.

Pasó al baño para el aseo de la mañana. Usó la incomoda bañera y añoró una buena ducha. Se secó con una toalla, incómoda también, ya que era de tela como la que se emplea para limpiar y secar platos, sin el confort de la moderna toalla absorbente. Claro, las tías se habían quedado detenidas en otra época.

Tomó la crema de rasurar y empezó a untarla en el mentón y las mejillas, como todas las mañanas desde que tenía quince años. Automáticamente buscó el reflejo del espejo.

Ya no había espejo.

Había sido retirado.

Quedaba la sombra del espejo, el cuadro lívido del espacio ocupado por ese nuestro extraño y entra­ñable doble al cual ningún misterio le atribuimos. Un objeto de uso cotidiano. Recordó con cierta emo­ción poética los espejos del Orfeo de Cocteau, una película vista y revista por el joven Alex enla Cine­mateca Francesa. Espejos que podíamos atravesar como si fuesen agua. Un líquido vertical, penetrable para pasar de una realidad a otra. En verdad, de la vida a la muerte.

 

Esa mañana, Panchita no estaba en la cocina. Con delantal bien puesto, era doña Zenaida quien lo atendía.

-Dormiste bien, angelito de mi alma? -pre­guntó la solícita señorita.

Alejandro asintió y recibió con sospecha el plato de huevos rancheros, la taza de barro de café con ca­nela, la campechana…

-Gracias por el chocolate que me dejaron -dijo con cara de expresa normalidad Alejandro…

-Te gustó? -preguntó Zenaida sin levantar la cara hacendosa.

-Claro -dijo Alex con un tono neutro.

-Sobrino -Zenaida siguió ocupada-. Quie­ro que sepas una cosa. Cuando éramos jovencitas, Serena y yo nos adorábamos. Nos mimábamos, nos acariciábamos, sabes, era una costumbre romántica que las mujeres se mimaran y acariciaran. Una cos­tumbre que ella y yo heredamos…

Alex se animó. -Sí, lo sé. He leído novelas in­glesas del siglo XIX. Era propio de mujeres mimarse y acariciarse entre sí -rió-. Hoy causaría escándalo

Se detuvo. Una sombra había descendido sobre los ojos de la tía.

-De vieja, la vida se ve distinta. Una ya no busca compañía. Se la imponen a una. Queda una en manos ajenas. Manos extrañas. Todo por el pecado de ser vieja.

Alejandro dejó que pasara como una sombra la asociación indeseada. El estaba aquí porque se lo pidió a las tías y ellas escribieron encantadas de recibirlo.

Pero cada una escribió por separado. No fue una respuesta común como naturalmente debió ser. Y doña Zenaida continuaba hablando con tranquili­dad.

-Quiero que sepas una cosa, m’hijito. A pesar de las apariencias yo amo a tu tía Serena. Mientras la tenga a ella, nadie ocupará su lugar.

-Me da gusto saberlo, tía Zenaida.

-Yo diría -prosiguió ella con un tono desacos­tumbrado para Alex- que nuestra crueldad es parte de nuestro amor.

Se limpió las manos con el delantal y Alex sintió un brote de compasión hacia estas dos solitarias mu­jeres.

-Tía Zenaida… Me gustaría acompañarla. ¿No quiere darse una vuelta por la calle conmigo? ¿Que la lleve a un cine? ¿O a un restorán?

-¿No te he dicho que es peligroso caminar por las calles de México? -dijo ella con alarma-. Asal­tantes, secuestradores, mirones, léperos. Una señori­ta no está a salvo…

-La protejo yo -dijo Alex, decidido a ser un huésped simpático.

-No, no -agitó la cabeza blanca doña Zenai­da-. Nadie protege a nadie… Mira por la ventana.

Alex se asomó al parque público en el momento en que un policía detenía a un hombre viejo, andra­joso, con alarde de fuerza.

-¿Ves? -murmuró Zenaida.

-Cómo no, tía. Ya ve. La ciudad no es tan inse­gura como usted dice.

La señorita dio la espalda al parque e hizo una bola con el delantal.

-Si no la ven a una, entonces sí, es segura…

-¿No cree que usted… y su hermana… bueno, exageran esto del encierro?

Zenaida abrió tremendos ojos.

-Chamaquito de mi vida, ¿no te das cuenta? Nosotras no estamos encerradas. Ellos, los que andan por la calle, ellos son los que están encerrados…

-¿Perdón? -Alex casi soltó la taza.

-Sí, amorcito corazón, ¿no te has dado cuenta? Toda esa gente que va y viene por la calle, pues… bueno… Esa gente no existe, Alex. Son fantasmas. Pero no lo saben.

Seguramente, pensó Alejandro, toma mucho tiempo -y mucho aislamiento- llegar a hablar de esta manera y crear metáforas, a la vez, tan simples y tan misteriosas. Intentó regresar a la normalidad. Se dio cuenta, en el acto, de que en esta casa la normali­dad estaba exiliada.

-Tía, en todo caso, puedo quedarme a acom­pañarla aquí, esta mañana…

-No. Perdería las horas.

-Pero podríamos compartirlas, tiíta.

-Tonto. Ya no serían las horas del abandono…

 

Salió de la cocina y Alex no tuvo mejor ocurrencia, impulsado acaso por cuanto había sucedido durante el desayuno, que salir a darse un paseo para exorcizar el encierro de la casa. Eran las diez de la mañana. Dudaba que a él lo atacaran a pleno sol.

Apenas puso un pie en el parque, se topó con el cadáver de un perro muerto. Era uno de esos canes sin dueño, sarnosos y despistados, como si temiesen revertir al lobo. Un perro muerto.

Y al lado del perro, la envoltura inconfundible del chocolatito que Alex, esa mañana, arrojó por la ventana. La envoltura vacía. Una baba negra corría por el hocico del animal.

Reprimió el asco. Sofocó el miedo y la angustia. Él pudo haber comido ese dulce. Lo habrían encon­trado muerto en la cama. Era inconcebible. ¿Por qué, por qué? Un relámpago le cruzó la mente. Por más peligrosas que fuesen las calles de México, más peli­grosa era la casa de las tías.

Dio la vuelta al parque, cavilando pero incapaz de darle concierto a sus ideas. Encontró la avenida dela Riberade San Cosme. Aparte de la fealdad de las construcciones y la mediocridad de los comercios, no vio nada fuera de lo común. La gente iba y venía, entraba a tiendas, compraba periódicos, se sentaba a comer en restoranes modestos…

Súbitamente, una construcción milagrosa apa­reció ante la mirada de Alex.

Era un edificio colonial de gran portada barroca. Una larga fachada de piedra cuya sobriedad elegante hablaba muy alto del arte del barroco, de su otra faz, la de un sigilo sorpresivo que no entrega la belleza que atesora de un solo golpe, sino que demanda aten­ción y cariño. Algo había en el edificio que consigna­ba seguridad y belleza.

Alex leyó la placa inscrita a la entrada. Aquí ha­bía funcionadola Escuelade Filosofía y Letras dela Universidadde México hasta 1955. El edificio -decía la placa- era conocido como “Mascarones”. Alex subió los tres o cuatro peldaños de la entrada y se detuvo admirado ante un patio amplio, armónico, de proporciones preciosas, con dos pisos comunicados por una gran escalera de piedra.

Se detuvo en el centro del patio del colegio. Poco a poco, con suma cautela, el espacio se fue llenando de voces y las voces, de tonos variados, reían, discu­tían, recitaban, murmuraban, siempre en aumento, pero siempre claras, distintas, tan claras que en medio del coro rumoroso Alejandro dela Guardiadistin­guió su propia voz, inconfundible, riendo, viva pero invisible, terrible por invisible y también porque es­tando seguro de que era su voz, no era su voz, atra­yéndole hacia un misterio que no le pertenecía pero que lo amenazaba, lo amenazaba terriblemente…

Salió apresurado del patio, del edificio, corrió hacia la calle sin mirar al tranvía que se le vino enci­ma y lo mató instantáneamente.

Abrió los ojos. No había tranvías enla Riberade San Cosme. Alejandro estaba allí, de pie, aturdido, a media calle. Bajó la mirada. Allí estaba la huella in­confundible de antiguos rieles de tranvía, desapareci­dos, que el paso de miles y miles de automóviles no había logrado borrar del todo…

Sudó frío. Como si hubiese resucitado. Miró su reloj. Ya eran las dos de la tarde. La tía Zenaida lo esperaría para comer. Alex se rebeló. Quería comer solo. Quería comer fuera.

La hora del almuerzo iba convocando a la gente que salía de oficinas, tiendas, escuelas… Fondas, loncherías, puestos de carnitas, taquerías… La aglomeración de la larga avenida fue empujando a Alex hacia las calles laterales, devolvién­dolo, a su pesar, a la única morada que tenía en esta hidra de ciudad. La casa de las tías.

Sólo que ahora, después del incidente del perro muerto, sentía miedo de sentarse a comer con Zenai­da o con Serena. Metió las manos en los bolsillos y se dio cuenta de algo más. Atenido a la hospitalidad de las señoritas Escandón, no traía dinero mexicano. Regresó al parque e hizo algo insólito, algo que estre­meció su alma porque era un acto imposible, un acto que su espíritu rechazaba con horror. Quizás por eso lo cometió. Porque lo consideró no un acto espantoso, sino un acto fatal, dictado por algo o alguien que no era él.

Metió la mano en un gran bote de basura. Hur­gar allí en busca de comida. Lo hizo. Lo hacía cuando otra mano tocó la suya. Alejandro retiró la mano con miedo. Levantó la mirada para encontrar la del viejo clochard detenido esa mañana por un policía. Cuando las manos se tocaron, cada uno retiró la suya. Alejandro miró al viejo. El viejo no podía mirarlo a él. Era un ciego, uno de esos ciegos enfermos con la mirada borrada como por una nube interna que sólo le ofrece al mundo un par de ojos disueltos en un espeso esperma legañoso.

-Mataron a mi perro -dijo el viejo-. Me detuvieron. Creen que yo lo maté. ¿Cómo voy a ma­tar a mi única compañía?, el perro que me guiaba por las calles en busca de comida, dígame nomás… Mi perro Miramón.

Buscó a Alex con la mirada perdida.

-¿Usted nunca ha comido carne de perro, com­pañero? Viera que no sabe mal.

Rió sin dientes.

-L’hambre mata. L’hambre manda.

Alex no dijo palabra. Tuvo un temor. Si se mani­festaba ante el pepenador ciego, éste se espantaría. Si era ciego, que creyese haber encontrado a un mudo.

-Nadie más que yo sabe de este basurero. Es el mejor del barrio. Esta gente no ha de comer nada. Lo tiran todo a la basura.

Señaló, con la certeza de la costumbre, a la casa de las tías.

-Han de vivir de aire -cacareó el anciano an­tes de sumirse en la melancolía-. Voy a extrañar a Miramón. ¡Guau, guau! -ladró alejándose.

 

Alex pasó la tarde leyendo y preparándose para la cena con la tía Serena. Algo le decía que esta vez la señorita no faltaría al rendezvous. Y en efecto, allí lo esperaba, con las acostumbradas viandas que Alejan­dro había decidido comer sin temores, seguro de que su único recurso era comportarse normalmente, como si no pasara nada, sin asociarse a la bruma creciente del misterio propiciado, se daba cuenta, por las her­manas enemigas. Eso tenían en común: la capacidad de trastocar la normalidad. El encierro -decidió Ale­jandro- las había trastornado.

-Siéntate, Alejandro -le dijo con suma for­malidad doña Serena-. Perdona las inquietudes de anoche.

Suspiró.

-Sabes, cuando dos viejas solteronas viven jun­tas y sin compañía tantos años, se vuelven un poco maniáticas…

-¿Un poco? -dijo con sorna domeñada el so­brino.

-Es muy extraño, muchacho. Salvo Panchita, que es sordomuda, nadie entra en la casa. Eso tiene que provocar inquietudes públicas, ¿sabes? Al princi­pio le dije a mi hermana, vamos saliendo a la calle de vez en cuando. Ella me dijo, no podemos abandonar la casa. Alguien tiene que estar siempre aquí, cuidán­dola.

Masticó unos segundos. Deglutió. Se limpió los labios con la servilleta. Es el acto que Alejandro espe­raba para comer del mismo platón de carne, sin temor de morir envenenado…

-Entonces -prosiguió la anciana- le dije a Zenaida que podíamos alternar los paseos. A veces saldría ella y yo me quedaría aquí a guardar la casa. Otras veces sería al revés. ¿Sabes lo que me contestó?

Alejandro negó suavemente.

-Que si veían a una sola, iban a creer que la otra se había muerto.

-Pero si veían a ambas, así fuese por separado, sabrían que eso no era cierto, tía.

-En cuanto nos vieran separadas, creerían que una había matado a la otra.

-No es posible, tía, No es razonable. ¿Qué motivo habría?

-Para quedarse con la herencia.

Alejandro no dio crédito a una respuesta a la vez tan inesperada y tan convencional. Decidió seguir el juego.

-¿Qué, es mucho dinero?

-Es algo que no tiene precio.

-Ah -alcanzó a emitir el sobrino.

-¿Sabes por qué te prohibimos usar la puerta principal?

-Lo ignoro y me intriga, sí.

-Nadie debe saber si mi hermana y yo estamos vivas o muertas. La presencia de un huésped…

-¿Por qué? -la interrumpió Alex bruscamente.

-No te adelantes. La curiosidad es una pasión demasiado inquieta, muchacho.

-No hago más que seguir sus palabras, tía Sere­na.

La tía lo miró con unos ojos hermanados tanto a la locura como al orgullo.

-Afuera creen que somos fantasmas… La pre­sencia de un huésped los hubiese desengañado.

Alejandro suprimió una sonrisa, temiendo ofen­der a la tía.

-He oído decir que cada habitante de una casa tiene su pareja fantasma, tía.

-Así es. Pero el precio es muy alto y más vale no averiguarlo.

Se apoderó de ella una risa convulsiva. Agitó los brazos. Una mano sin gobierno chocó contra la copa de vino tinto. El vino se derramó. No dejó mancha sobre el blanco mantel.

Ella miró al sobrino con ojos de súplica.

-Por favor. Créeme. Nuestra crueldad es parte de nuestro amor.

-¿Quiere usted decir, el amor entre usted y su hermana, a pesar de las desavenencias ocasionales?

-No, no -dijo con la cabeza reclinada hacia atrás, como si se ahogara-. Nuestro amor por ti…

Alex se levantó a socorrerla.

-¿Se siente mal doña Serena? ¿Puedo ayudarla? ¿Llamo a un médico?

La mirada de Serena se volvió con furia contra Alejandro.

-¿Un doctor? ¿Estás loco? Regresa inmediatamente a tu cuarto. Estás castigado. Anda. Vete. Quédate sin cena.

-Tía Serena -Alex trató de sonreír.

-¡Madre! -gritó la vieja-. ¡Madre, no tía!

Alejandro iba a contestar con firmeza, “mi madre Lucila acaba de morir en París, le ruego que respete su memoria”. No valía la pena. Se retiró perturbado a la recámara, saboreando, a pesar de él mismo, la calidad, a la vez etérea y corpórea, del vino servido.

¿Qué nueva locura aquejaba a doña Serena? ¿Se creía, virgen y estéril como era, madre putativa de Alejandro dela Guardia? ¿No sabía perfectamente que Alex nació en París veintisiete años atrás, cuando las señoritas Escandón ya estaban encerradas en su casa dela Riberade San Cosme en México?

Alejandro imaginó escenas de novela decimonó­nica. Él, parido por la tía Serena en México. Él, en­viado secretamente a París al cuidado de su supuesta madre, Lucila Escandón de Dela Guardia.Él, niño abandonado a la puerta de un hospicio o de una igle­sia, bajo la nieve. El novelista, pensó Alex, podía volverse loco ante el repertorio de razones y desenlaces que se le ofrecían a una acción dramática cualquiera. En el liceo era obligatorio leer un libro maravilloso, Jacques el fatalista de Diderot, donde los personajes -Jacques y su amo- al llegar a un cruce de caminos deben escoger entre un repertorio de posibilidades para continuar no sólo la ruta, sino la narración. Separarse, seguir unidos, visitar un monasterio, embo­rracharse con un prelado, dormir en un albergue…

Algo así le pasaba esta noche a él. Podía excusarse con las tías, abandonarlas, buscar un cuarto de hotel, cambiar sus cheques de viajero por pesos mexicanos, olvidarse de la casa dela Riberade San Cosme y sus excéntricas inquilinas.

Se detuvo cuando pasó junto a la sala y escuchó a las tías conversando. Sorprendido, no se avergonzó de quedarse afuera, espiando.

-…debemos estar agradecidas, Serenita. Luci­la pensó en nosotras antes de morir. Nos envió a este niño encantador, un regalo para nuestra vejez, una linda compañía, no lo niegues…

-Qué sabia fue nuestra hermana. Mira que mandarnos a un muerto para hacerle compañía a dos muertas.

-No te adelantes, hermanita. Él todavía no lo sabe.

-Ella tampoco lo sabía. Llevábamos tantos años sin comunicarnos…

Ahora ella debe estar satisfecha…

-En el cielo, hermana…

-Desde luego. Desde allí debe vernos.

-Él no sabe que está muerto, pobrecito.

-Ni lo recuerdes, Zenaida. Morir así, atropellado   por un tranvía en plena Ribera de San Cosme.

-¡Qué horror! Y tan jovencito. A los once años.

-Cálmate. Con nosotras va a recuperar la paz. -Necesita compañía para jugar.

-Tú lo sabes. De nosotras depende.

-Siempre y cuando tú y yo estemos en paz tam­bién, hermana.

-¿Crees que te voy a disputar un fantasma?

-De ti lo puedo esperar todo, envidiosa. Ya ves, la otra noche lo querías para ti…

-¿Envidiosa yo? El comal le dijo a la olla.

-Sí, tú, Zenaida. Todo me lo has disputado. El amor, los novios, la maternidad. Todo lo que me tocó a mí y a ti no, rencorosa.

-Cállate la boca, idiota.

-No, no me callo. No sé por qué he cargado contigo todos estos años. Me he sacrificado por ti, por lo buena gente que soy, para ayudarte a sobrelle­var tu pecado.

Zenaida se soltó llorando.

-Eres una mujer muy cruel, Serena. Da gracias de que en compensación a nuestra soledad el destino nos ha enviado a un muchacho compañero.

-¡No existe! -gruñó con amargura Serena-. ¡No es nuestro!

“No existo”, se dijo a sí mismo, atónito, Alejan­dro dela Guardia.”No existo” esbozó una sonrisa pri­mero forzada, enseguida franca, al borde de la carcajada.

-¡No existo! -rió y se encaminó a la recáma­ra-. ¡Yo no existo!

No volteó a mirar, asomadas al dintel de la sala, a las señoritas Escandón viéndole alejarse, Zenaida apo­yada en Serena, Serena apoyada en su bastón con ca­beza de lobo. Ambas sonriendo, satisfechas de que Alex hubiese escuchado lo que ellas acababan de decir…

 

7

 

Alejandro entró a su recámara, dispuesto a marcharse al día siguiente. Cansado, cómodo a pesar de todo, estúpidamente desprovisto de dinero, hubiese queri­do largarse desde ya.

Entró a la recámara y prendió la luz.

Un pequeño pijama estaba tendido sobre la cama.

Y sobre la misma cama, sobre el armario, en el piso, se acumulaban los objetos de una niñez. Osos felpudos, tigres rellenos de paja, títeres y alcancías de cochinito, trenes de juguete sobre vías bien dispues­tas, autos de carrera miniatura, todo un ejército in­glés de casacas rojas y bayonetas caladas, patines, un globo terráqueo, trompos y baleros, nada femenino, sólo juguetes de niño…

Abrió la puerta del baño. El agua corría en la tina, a punto de desbordarse. Un pato de juguete flotaba en la bañera. Una sirena de plástico le hacía compañía.

De la sirena emanó una música que se apoderó de Alejandro, lo inmovilizó, lo sedujo, lo sometió a una atracción irresistible. Era un canto surgido del fondo del mar, como si esta vieja bañera fuese en verdad una parcela de océano salado, fresco, invitante, reposo de las fatigas del día, renovación relajada, lo que él más necesitaba para recuperar el orden men­tal, para que la locura de la casa no lo contagiase…

Se desvistió lentamente para introducirse en la bañera. Entró al agua tibia, cerró los ojos, encontró el jabón sin perfume y comenzó a recorrer con él su propio cuerpo.

Se sentó en la bañera con un sobresalto.

Al enjabonar las axilas, sintió que algo se iba. El pelo. Se enjabonó el pubis. Quedó liso como un niño.

Iba a salir horrorizado del agua cuando las dos señoritas, Zenaida y Serena, se asomaron sonriendo.

-¿Ya estás listo?

-¿Quieres que te sequemos?

Alex se incorporó automáticamente, temeroso de que si metía la cabeza bajo el agua verdigris, ya nunca volvería a emerger. Pudoroso al incorporarse, ocul­tando el sexo con las manos, atendido por las tías que lo cubrieron con la toalla, lo secaron amorosamente, lo llenaron de mimos.

-Amorcito corazón…

-Niñito del alma mía…

-Lindo bebé…

-Vida de mi vida…

-Santito nuestro…

-Niñito travieso.

-Distraído, distraído…

-¿No te advertimos que tuvieras cuidado al cru­zar la avenida?

-¡Cuidado, chamaco, cuidado con el tranvía!

Entonces condujeron a Alex fuera de la recáma­ra, por los pasillos, hasta la puerta del sótano. Alex sentía que perdía la razón pero que el resto de razón que le quedaba le permitía entender que las tías reunidas no sólo dejaban de pelear entre sí, no sólo dejaban de ser cariñosas con él.

Se volvían amenazantes.

Abrieron la puerta que conducía al sótano.

Se dio cuenta de la razón de las prohibiciones. -No uses la puerta delantera.

-Que no sepan que estamos vivas.

No. Que no sepan que él estaba aquí. Que su presencia en la casa sea un misterio, le dijo un rayo fulminante de razón.

Descendieron. El olor de musgo era insopor­table, irrespirable. Se acumulaban los baúles de otra época. Las cajas de madera arrumbadas. La tétrica luz de esta hora de la noche. ¿Por qué no encendían la luz eléctrica? ¿Por qué lo conducían a un espacio apartado pero descombrado del sóta­no?

-¿Para qué saliste? -dijo Zenaida.

-¿No te dijimos que las calles eran peligrosas? -repitió Serena.

-¿Que te podía atropellar un tranvía?

-¿Y matarte?

-Ahora vas a descansar -dijo Zenaida seña­lando hacia un féretro abierto, acolchado de seda blanca.

-Ahora eres nuestro niño -susurró Serena.

-¿Nuestro? -alcanzó a decir Alejandro-. ¿De cuál de las dos?

-Ah -suspiró Serena-. Eso nadie lo sabrá nunca…

-Está bien -murmuró Alejandro-. Basta de bromas pesadas. Vamos arriba. Mañana me marcho. No se preocupen.

-¿Mañana? -sonrió afablemente Zenaida-. ¿Por qué? ¿Acaso no somos buena compañía?

-¿Mañana? -le hizo eco Serena, indicando un segundo cajón de muerto.

-Siempre. Alejandro, mañana no. Siempre. Nuestro angelito necesita compañía.

-Anda, Alejandro, ocupa tu lugar en la camita de al lado.

-Es cómoda, amorcito. Está acolchada de seda.

-Entra, Alex. Recuéstate, santito. Duerme, duerme para siempre. Acompaña a nuestro hijito. Gracias, monada.

-Ay, Alex. Hubieras comido el chocolatito. Nos hubiéramos evitado esta escena. Las luces se apagaron poco a poco.

 

 Carlos Fuentes

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May 17

La gata de mi madre

Posted in Carlos Fuentes, cuentos


A Tomás Eloy Martínez, exorcista

1

 

Me llamo Leticia Lizardi y detesto el gato de mi ma­dre. Insisto en decirle “el gato” a sabiendas de que era una gata, una felina no, aunque genéricamente sí, un felino. Lo indudable es que esta gata, cariñosamente bautizada “Estrellita” por mi madre, me saca­ba de quicio.

Estrellita -está bien, la dispenso del entrecomi­llado- era gata de angora. Blanca, felpuda, con una cabecita redonda y un cuerpo corto. Corto el rabo, cortas las patas, un auténtico monstruito, un verda­dero leopardo miniaturizado, como si hubiese bajado de las nieves más lejanas para instalarse, indeseado e indeseable, en el hogar de doña Emérita Lizardi y su hija Leticia, en el lejano barrio de Tepeyac enla Ciudadde México, cercano ala Basílicadela Virgende Guadalupe. Esta fue la razón por la que mi madre nunca se mudó de su vieja y destartalada casa, fácilmente descrita.

Gran puerta cochera anterior al automóvil. En­trada a enorme patio para caballos y carruajes del si­glo XIX, establos y graneros, cocinas y lavanderías, en la planta baja. Escaleras metálicas a la segunda planta. Comedor, baños y recámaras sobre el patio. Sala de estar adyacente -la única con vista a la calle y un balcón saboreado por mi madre para ver el paso de un pueblo al que, sin embargo, despreciaba profun­damente-. Vista, sobre todo, al Cerro del Tepeyac y ala Basílicade Guadalupe. Escalera de caracol a la azotea con sus tinacos de agua, sus cilindros de gas y la habitación de las sirvientas, en México llamadas “criadas” y como si esto no fuera insulto suficiente, cuando no nos oyen, las llamamos “gatas”.

-Me gusta sentirme cerca dela Virgencita-decía, muy devota, con el rosario entre las manos, mi madre, una de esas mujeres que parecen haber nacido viejas. No le quedaba un solo rastro de juven­tud y como era sumamente blanca, las arrugas se le acentuaban más que a la gente morena que, según ella, eran así porque “tenían piel de tambor”, comen­tario que la santa señora acompañaba de un tambori­leo de los dedos sobre el objeto más cercano: mesa, plato, espejo de mano, arcaica rodilla o, sobre todo, la masa pilosa y blanca de Estrellita, eternamente sen­tada sobre el regazo de mi madre, objeto de caricias que atenuaban la feroz inquina de su ama.

Porque doña Emérita Labraz de Lizardi no esta­ba contenta en el mundo o con el mundo. Yo nunca pude averiguar la razón de este permanente estado de bilis derramada. Antes, buscaba con afán algún retra­to de su juventud, el retrato de su día de bodas, su primera comunión, algo, lo que fuese. Concluí, resignada, que acaso mi madre no había tenido ni in­fancia, ni boda, ni juventud. O que había desterrado toda efigie que le recordase los años perdidos y ello, yo no lo negaba, servía para asentarla en su edad ac­tual, sin pasado evocable. Doña Emérita era figura presente, sólo presente, incomparable, arraigada a este lugar y a esta hora con el gato (la gata) en el regazo y la mirada oculta día y noche por gafas negras.

Sospeché la razón de esta manía. Osé, una ma­ñana, la muy aventada de mí, entrar a la recámara de mamá, portando el desayuno habitualmente llevado por la sirvienta -la “gata”-, aquejada ese día de “su luna”, como decía la campirana bonne iz tout faire, como le decía, a su vez, con aire de superioridad into­lerable, mi madre a la criada.

-Quiere decir gata en francés -le solté, con una mueca amarga, a la sirvienta, Guadalupe de nom­bre Lupe, Lupita, cuyo rostro de manzana se ilumi­nó por el solo hecho de que le pusieran nombre gabacho.

Doña Emérita mi madre llamaba a la Lupitabon­ne tout faire sólo para halagarse a sí misma de que sabía media docena de expresiones en francés, mismas con las que salpicaba su conversación, sobre todo cuando recibía a su abogado el licenciado José Ro­mualdo Pérez.

 

Éste era un sesentón alto, flaco, tieso y más ciego que un murciélago, que se presentaba a la casa del Tepeyac acompañado siempre de un contador y de una secretaria. Mi mamá lo miraba sin moverse de su balcón. Hacía girar su reposet para darles la cara, pero la mano sólo se la daba al reseco aunque distinguido y cegatón licenciado, sin admitir siempre que, en rea­lidad, allí estaba el secretario, un hombrecito prieto, chaparro y dado a usar camisas moradas con corbatas hawaianas, o a la secretaria, que lucía una escandalo­sa minifalda a efecto de demostrar la opulencia de sus muslos y contrastar así con la fealdad de su cara de manazo, chata, plana como la de la china más cochina -silbaba venenosamente mi mamá- y co­ronada (la secretaria) por ese peinadito universal de taquimecas, enfermeras y encargadas de taqui­lla de cine: pelo laqueado hacia atrás con una corti­nilla de flecos tiesos y desangelados sobre la frente.

Las visitas del cegatón licenciado y sus dos laza­rillos me ponían los nervios de punta. El ruco libidi­noso hablaba de números con mi madre, pero su mano se iba como imantada a mi nalgatorio, obli­gándome a ponerme de pie detrás de un sillón para ocultar lo que las abuelitas púdicas llamaban “con las que me siento”. Entonces el licenciado buscaba con la mirada ultramiope mis tetas ansiosas por huir de allí cuanto antes. Sólo que mi madre me lo había pro­hibido.

-Leti, te ordeno que estés presente cuando nos visita el licenciado Pérez.

-Mamá, es un viejo verde. ¿No ves cómo me trata?

-Vete acostumbrando -decía enigmáticamen­te, sin explicación, la vieja.

La vieja. Eternamente sentada en el reposet vien­do detrás de sus espejuelos negros el paso de la vida, animada y numerosa, rumbo ala Basílicadela Vir­gen de Guadalupe. Acariciando eternamente a la gata Estrellita y agraviando también a “la gata” Lupita.

-¿Quién te puso nombre de virgencita, indi­ta patarrajada? -le espetaba doña Emérita a la sir­vienta.

Ésta soportaba la lluvia de insultos de su patrona de manera casi atávica, como si no esperase otro tra­to, ni de ella ni de nadie. Como si recibir insultos fuese parte de un patrimonio ancestral.

-Mira, huilita de pueblo -le decía mi madre a la sirvienta izando al desventurado animal como una peluda pelota de fútbol y enfrentando el culo sonro­sado de Estrellita a los ojos de Guadalupe-. Mira, putita, mira. Mi gatita es virgen, no ha perdido la pureza, nunca ha parido en su vida… Tú, en cambio, ¿cuántos mocosos prietos no habrás dejado regados en cuanta casa has trabajado?

-Lo que mande la patrona -murmuraba Lu­pita con la cabeza baja.

-Menos mal que en esta casa no hay hombres, rancherita de porquería, aquí no hay quien te pre­ñe…

-Como guste la señora -decía Lupita sin de­jar de confundirse visiblemente al escuchar esa pala­bra desconocida, “preñe”.

-Cuidado -se volteaba a decirme mamá-, cuidado Leti, con llamarla “Lupe”, “Lupita” y menos “Guadalupe”.

-¿Entonces, mamá?

-Mírala. La Chapetes. Mírale nomás esos ca­chetes colorados como una manzana. “La Chapetes” y sanseacabó. Faltaba más.

Entonces, sin quererlo, doña Emérita le daba a Estrellita el sopapo que le reservaba a Lupita o sea “La Chapetes” y el animal maullaba y miraba a la señora con una feroz muestra de sus dientecillos carnívoros antes de saltar del regazo al piso y caer, como suelen caer los gatos, perfectamente compues­ta, tan equilibrada como Nadia Comaneci en las Olimpiadas.

 

Estrellita la gata no me quería. Me lo decía todo el tiempo su actitud. Yo le devolvía el cariño. Me repugnaba. Su cuerpo corto y felpudo, su rabo corto, sus piernas cortas, su pelo blanco como si fuese vieja canosa, deseablemente decadente (¿qué edad tendría?). Me molestaban sobre todo sus terribles ojos, tan grandes en comparación con el cuerpo, tan apartados y de distintos colores. Un ojo azul, otro amarillo. No nos dábamos ni los buenos días.

En cambio, por la otra “gata”, LupitaLa Chapetes, sentía la compasión que compensara el mal trato de mi madre. Sólo que la sirvienta era indiferente por igual al buen o al mal trato. Tenía que llamarle “La Chapetes” enfrente de mi madre. A solas le decía Gua­dalupe, Lupe, Lupita. Como digo, ella no mostraba otra reacción que su archisabido estoicismo indígena. El cual podía ser cierto o sólo un invento nuestro.

Así pues, digo nuestro y me sitúo en el alto pe­destal de la criolliza naca. No podemos evitarlo. So­mos superiores. ¿Por qué? Antes, a los blancos nos llamaban “gente de razón”, como si los indios fueran de a tiro todos tarados. Ahora, como somos demó­cratas e igualitarios, los llamamos “nuestros herma­nos indígenas”. Seguimos despreciándolos. Los ídolos a los museos. Los tamemes a cargarnos bultos.

Yo quería tratar bien ala Lupita. Queríaquererla. Pero no quería admirarla. Una tarde en que iba a salir al café, fui a su recámara en la azotea para avisarle que mi mamá se quedaba sola. Ahí la vi desnuda. Más bien, no la vi. Había deshecho sus trenzas y el pelo le colgaba hasta debajo del nalgatorio. ¡Dios mío!, qué cabellera no sólo larga sino lustrosa, arraigada, invencible, negra y nutrida de chile, maíz y fríjol. Toda la pinche cornucopia mexicana lucía en esa cascada de pelo admirable.

-Lupe -le dije.

Se volteó a mirarme con el cepillo en alto, levan­tándole aún más un busto que nunca había conoci­do, ni requerido, sostén. Soy púdica virgencita mexicana clasemediera con lenguaje de cine nacional en blanco y negro, de manera que no miré más abajo.

-Lupe, voy a salir un rato. Atiende a mi mamá.

La Lupeme contestó con un movimiento de ca­beza y una mirada altiva que nunca le había visto antes.

Es que yo había entrado a su zona sagrada, el espacio privado, el cuartito de criados donde ella -lo supe al verla allí encuerada, peinándose- se mostraba bajo otra luz. Desde entonces supe que ha­bía dos Lupitas, pero eso me lo guardé para mí. Na­die más lo entendería.

Lo cierto es que me sorprendió. Hasta me agra­dó. Vivir con alguien como mi madre es el mejor aliciente para la rebeldía.

 

Otra cualquiera menos bruta que yo ya se habría ido de la casa dejando a la miserable vieja sola con sus dos gatas: Estrellita yLa Chapetes. Nosé, me falta­ban ovarios, seguro. Mis razones tenía. O sea, lo que no tenía eran medios visibles de sostenimiento, como dicen en las películas gringas cuando entamban a un vago. Ni siquiera poseía los medios invisibles deLa Chapetes. Yono necesitaba sostenes. Mis chichis eran demasiado escuálidas, abominaba de los brasieres rellenos y prefería conformarme con parecer modelito de los sesentas -la Twiggydel Tepeyac, vamos- con mi busto de adolescente perpetua. Dicen que a algu­nos hombres les gusta. A saber.

Además, mis sentimientos filiales eran ciertos, aunque nadie lo crea. Quería a mi madre a pesar de su mal carácter, que yo me empeñaba en llamar “fuerte personalidad” porque ya sabía que a mí me faltaba. No digo que yo fuese mosca muerta ni que estuviera pintada en la pared. Yo era una mujer tranquila, nada más. Era una hija cariñosa. Mientras mi madre vivie­se, yo seguiría a su lado, cuidándola.

Y por último, cuando doña Emérita se fuera a empujar margaritas, yo la heredaría. Como no tenía más patrimonio que el suyo, no podía darme el lujo de la rebeldía. No podía ser limosnera con garrote.

Algo cambió en mi espíritu -y en mi cholla también- esa tarde que me largué a tomarme un float de cocacola con helado de limón en el San­borns más cercano a la casa. Ya se sabe que esa ca­dena de tienda-restorán tiene más sucursales que moscas un basurero o mentiras un político, con la ventaja de que no siendo “lugar de moda” ni de elegancia cual ninguna, una se puede sentar allí solita y su alma a tomar un café sin sentirse leprosa u oligofrénica.

O sea que siendo México el país de la chorcha, es decir de gente que no puede pasársela sola y nece­sita una pandilla de cuates el día entero con la aludi­da mala costumbre de caerle de sorpresa a cualquier hora a un amigo en su casa sin aviso previo, yo agra­dezco la soledad que me regala mi aislada vida en el Tepeyac o seala Villade Guadalupe con mi mamá y sus dos gatas,la Estrellitayla Lupe.

 

Cuando yo hacía vida social, llegué a ver a un anfitrión negarnos la salida a la cinco de la mañana, tragarse la llave de su casa (envuelta en miga de bolillo, por cierto, ¿cómo la habrá digerido y evacuado?) y compensarlo todo con un sabroso pozole de camarón a las seis. Así se perdona la mala costumbre de no dejarte salir de una fiesta…

Pero eso era, ya les cuento, cuando yo salía a pachanguear. Ahora ya no. He cumplido treinta y cinco años. De manera que ¿cuáles fiestas? Una parranda me mandaría al camposanto. Y es que a mí me invitaban las hijas de las amigas de mi mamá. Las amigas ya se murieron toditas. Las hijas ya se casaron y no me volvieron a buscar. Nadie me lo dice por educación: me consideran vieja quedada.

Por eso, esa tarde, me fui solita al Sanborns después de un agrio encuentro con mi mamá. -Leticia, quiero que le prestes atención al licenciado Pérez.

-Se la presto mamá, cómo que no. Aquí estoy  siempre que nos visita, como me lo has pedido… Parada como indio de cigarrería…

-No sé de dónde sacas esas expresiones.

-Es que leo a Elenita Poniatowska yla FamiliaBurrón.

-No seas de a tiro… Quiero decir atención de a deveras…

-O sea, ¿que lo vea románticamente?

-Pues sí, pues sí -dijo sin dejar de acariciar a la peluda bestia.

-Pues no, pues no -le repliqué-. Está muy viejo, es muy aburrido, está más ciego que un murciélago y tiene halitosis.

-Halitosis y mucha lana -me miró sin mirarme, detrás de sus espejuelos negros, doña Eméri­ta-. Hazme el favor de casarte con él.

-¿Qué qué? -casi grité-. Antes la muerte.

-No, m’hijita. Antes mi muerte.

-¿Qué quiere usted decir, mamá?

-Que antes de rendir el alma, quiero verte ca­sada.

-¿Para qué, si vivimos tan cómodas?

-Para que te hagas vieja con la decencia acos­tumbrada. Nomás.

Me mordí la lengua. Miren que hablar de matri­monio y decencia, la vieja solitaria y renegada y sin hombre. Me atreví, con un poquito de vergüenza, a contestarle.

-No hace falta, mamacita, Con la herencia me basta.

Como nunca, sentí no verle los ojos. Pero su mueca bastaba.

-No tendrás herencia si no te casas con el li­cenciado Pérez. He dicho.

Me entraron ganas de ahorcarla allí mismo y de paso darle matarili a la gata de angora. Mejor me fui a tomar un float a Sanborns para calmarme las neu­ronas.

Y en eso estaba, sorbiendo los popotes y papando moscas, cuando lo vi.

Lo vi a él.

Lo vi de perfil. De galanazo, palabra. Lo vi avan­zar entre las mesas. Sin saco, camisa blanca, corbata de moño. Chin… me dije, es mesero. Mas no. Se sentó dándome siempre el perfil y ordenó algo.

Me quedé mirándolo, embelesada. Amor a pri­mera vista. Hombre moreno, pelo lacio, melena lar­ga muy cuidada y perfil de ensueño. Digamos, versión totonaca de Benjamin Bratt. Rogué con toda el alma.

-Virgencita Santa, que me mire por favor -sin­tiéndome, pues,la Julia Robertsdel Tepeyac.

El milagro se hizo. Como suele suceder, cuando se mira con mucha intensidad a una persona, ésta acaba por sentirse vista y voltea buscando el ojo ajeno.

Así pasó. “Benjamin” abandonó el perfil perfec­to y movió la cabeza. Me miró. Me sonrió. Yo me puse colorada. Ni siquiera le devolví los ojales de los nervios que me entraron. Me concentré en el popote y en sorber la bebida.

Cuando acabé de sorber, el muchacho ya se ha­bía marchado.

 

Me volví obsesiva. ¿Quién no conoce esa espe­ranza de volver a encontrar a un ser deseado, acci­dentalmente visto una vez? Regresé, contra toda probabilidad, tarde tras tarde al Sanborns del Tepeyac. Debía respetar el horario del encuentro inicial. Sólo que ¿cuál encuentro? Un cruce veloz de miradas, nada más… Y ahí nos vidrios. Menos importante que un choque de autos en el Periférico. Nada.

Y sin embargo, yo no lograba expulsar de mi recuerdo al hermoso joven de mi recuerdo, de mis amaneceres inquietos y solitarios, de mis sueños en los que el chico de Sanborns fornicaba arduamente con la criada Guadalupe a la que vi encuerada una tarde…

Otra tarde no salí porque escuché los gritos de mi madre y acudí al salón donde ella pasaba las ho­ras. Apretaba a la gata Estrellita contra el pecho e in­sultaba a la “gata” Lupita.

-¿En qué piensas, Salomé de huarache? -le gritaba-. ¿Para qué estás aquí, para cuidar la casa o para bailar el jarabe tapatío? Otro descuido de estos y te corto el sueldo a la mitad.

Nótese que no le decía: -Te voy a correr. Porque mi madre necesitaba a la criada y la cria­da lo sabía.

Pero, ¿por qué estaba así de alborotada mi mamá? Al verme entrar me lo dijo.

-Mira Leticia, esta gatuperia tarada ha dejado pasar un ratón por mis narices…

Miré con escepticismo las fosas nasales de mi progenitora y los pelos blancos que se asomaban allí, inquiriendo.

-¿Un ratón, mami?

-Niégalo, esclava del metate -insistió mi ma­dre ante la sirvienta.

-No es culpa deLa Chapetes-dije con mala leche-. ¿Para qué tiene usted a la gata, madre? Creo que los gatos saben cazar ratones.

-¿Qué qué? -gritó doña Emérita-. ¿Manchar con sangre de rata la trompita de mi micifuz adorada?

Me encogí de hombros.

-Quiero que me traigas bien muerta, agarrada de la cola, a esa bestia inmunda, tan inmunda como tú -le dijo mi madre a Guadalupe-. ¡Gata, tráeme la rata!

-Lo que mande la patrona.

 

La existencia del ratón me llenó de una extraña euforia. Era como si hubiese descubierto un digno contrincante para la gata de mi madre. Como Tom y Jerry, pues. Crucé miradas con la Lupe. Susojos eran como de piedra. Digo, más emoción tiene un semá­foro en rush-hour. En cambio, yo abrigué un secreto deseo. Tan ferviente como el de encontrarme de nue­vo al guapísimo muchacho del café. Un galán y un ratón. Qué ridículo. El hecho es que me consideré afortunada -la Reina dela Primavera- de tener dos obsesiones donde antes sólo existía en mi vida una pasividad limitada a esperar la muerte de mi madre.

Dios Nuestro señor me oyó, como sin duda di­cen que escucha a los desamparados. No sé si yo era de su número, pero así me sentía, de a tiro rascuache, ánima en pena, “vieja quedada”, solitaria solterona condenada a vestir santos… Pues he aquí que una noche, de tanto desearlo, se me hizo. Escuché el ru­mor muy leve, luego el chillido como de cerradura oxidada. Me incorporé en la cama, miré al piso y allí, anidado en una de mis babuchas, estaba el ratoncito.

Me observaba con ojos brillantes. Más lumino­sos que la noche. Se levantaba sobre las patas traseras y juntaba, como en oración, las de adelante. Éstas eran cortas, las de atrás, más largas. Los bigotes, tie­sos. La sonrisa, espontánea. Mi ratoncito me enseñó los fuertes incisivos albeantes. Pero lo más notable eran los ojillos vivaces, nerviosos, atentos.

La presen­cia del ratón no era, no podía ser gratuita, de a oquis. Quería decirme algo. Quería introducirme a un mis­terio. Quería guiarme a un mundo secreto, subterrá­neo, aquí mismo, en mi casa -o sea, la casa de mi madre.

Allí se me iluminó el cocoliso. El ratón se había hecho presente para acompañarme en contra de mi madre y su gata Estrellita. Cada cual -madre e hija- iban a tener su pet, su compañía doméstica, su mascota. Sólo que Estrellita la gata de mi madre podía exhibirse con toda su prepotente vanidad, acurrucada en el regazo emérito, en tanto que mi minúsculo roedor era anónimo y, además, sería secreto. No iba a reposar en mi regazo. Ni siquiera podía mostrarlo, pasearlo, vamos: tutearlo. Sería mi misterio nocturno. Mi compañero ¿O compañera? Como si adivinase mis pensamientos, el ratón se acostó patas arriba y me mostró un diminuto pene, una mínima salchi­chita escondida entre sus patas traseras pero revelada  por su torso pelón, color de rosa. ¿Qué me estaba diciendo?

Creo que supe leer su mirada.

-Yo veo sin ser visto, Leticia. Yo estoy en todas partes pero nadie me ve. Observo.

Se escurrió velozmente.

De allí en adelante procuré atraerlo cada noche depositando al pie de mi cama trocitos de queso man­chego. Decidí llamarlo “Dormouse” -lirón- como homenaje a mi lectura infantil de Alicia. Al principio comió con gusto los pedazos de manchego. Al poco tiempo los rechazó con displicencia. Quería algo más. Sus largos incisivos crecían desmesuradamente. Tenía que darle algo más que queso a mi Dormouse. Algo duro.

-Tú que vienes del campo -me atreví a pre­guntarle ala Lupita-,¿qué le gusta a los ratones además del queso?

Ella estaba en la cocina, preparando la comida. Cortaba en pedazos un pollo. Limpió rápidamente de carne una de las patas y me ofreció el hueso. Entendí.

El Lirón me agradeció el banquete esa noche. De ahora en adelante sólo los huesos satisfarían la voracidad de sus incisivos. Esto ya lo sabía: un roedor tiene que roer o se muere. Si abandona su vocación, los dientes le perforan el cráneo y le ahogan el gazna­te porque el incisivo de un ratón crece hacia arriba y hacia abajo.

La alimentación estaba resuelta, pues. No así el hambre sexual. ¿Qué iba yo a hacer? No me veía a mí misma en safari doméstico buscándole hembra a mi Dormouse. No iba a rebajarme pidiéndole a la criada que le encontrase novia a mi roedor.

Cavilaba mi pequeño dilema sobre un float en Sanborns cuando mi sueño se volvió realidad. Reapareció el chamaco de mis ilusiones. Como la vez anterior, no volteó a mirarme aunque yo lo devoraba con los ojos. Muy llamativamente, en cambio, subía y bajaba una jaula cubierta por un paño grueso, como suele suceder en las prisiones de pájaros. La subía a la mesa y la bajaba a la silla. Y así varias veces.

Luego pagó, se levantó y se fue. Pero abandonó la jaula.

Yo me dije: -Córrele, zonza, esta es tu chance.

Sólo que tuve el talento de tomar la jaula y no correr detrás del muchacho gritándole como babosa, “Joven, se le olvidó una cosa…” Mejor levanté la co­bertura para mirar al pajarillo. Detrás de las rejillas no se asomaba un canario, sino una ratoncita blanca.

 

No lo dudé. Lo confirmé al regresar a casa. Era hembra. ¡Qué sorpresota para el Lirón!

Esa misma noche, con la ratoncita en la jaula, esperé la llegada puntual de mi amigo. Se hizo pre­sente, alerta como siempre. Esa tarde pasó algo que yo le agradecí. Estaba tomando el café con mi madre y su inseparable angora. De repente, algo me distra­jo. Mi madre hablaba de dinero, soledades, de la lejana muerte de mi padre, de su odio hacia todo, empe­zando por mi padre (no daba razones), la política, las criadas, los indios, la gente que se salía de su lugar, los nacos que se vestían mal, las taquimecas que se teñían de güero, el cuico mordelón de la esquina, el afrochofer que pasaba a mil por hora rompiendo la tranquilidad de la calle, etcétera. Su lista de odios era interminable.

Me distrajo la presencia de mi ratón. Me di cuen­ta de que lo miraba todo sin ser visto por nadie. Esta­ba allí como si escudriñara la casa, la gente, las costumbres. Ese solo hecho lo convertía en mi com­pañía secreta, mi confidente, ya no sólo nocturno, sino diario. Él y yo contra doña Emérita y su gata maldita.

 

La presencia vivaz de Lirón contrastaba con la modorra insultante de Estrellita. Me di cuenta de que los gatos no piensan en nada. Tienen el cerebro vacío. No es que sean misteriosos, como cree la gente. Es que están aislados por su propia estupidez.

Esa noche libré a la ratoncita blanca que aban­donó mi galán incógnito para entregársela a mi Dor­mouse. Se miraron con sorpresa y se fugaron juntos. Era mi victoria. Pequeña, parcial, pero victoria al fin. Estrellita moriría virgen.

Dejé de sonreír.

Igual que yo.

 

-A ver, Cleopatra de los nopales -le espetó mi mamá a la criada la siguiente tarde-. Prepara un té y unas galletas para el licenciado Pérez. Viene a las cin­co de la tarde. Es un hombre chic. Tiene costumbres inglesas. ¿Sabes qué es eso?

-Lo que diga su merced.

-Chic, chic quiere decir refinado, elegante, bri­tánico. Todo lo que tú no eres, gatuperia.

-Lo que mande la patrona.

La Lupese fue a preparar las cosas y mi madre me pidió que la ayudara a llegar al “inodoro” como púdicamente llamaba al gabinete de los hedores. Se desplazaba con dificultad de manera que la llevé hasta el baño, abrazada a la gata, y la esperé un momen­to. Sentí asco cuando adiviné que mi madre y su gata orinaban al mismo tiempo. Era inconfundible. Dos chorritos distintos.

Salió encorvada, abrazada a la gata. Regresamos al salón a esperar la visita del cegatón halitoso licen­ciado Pérez. Ya para qué le pedía a mi madre que me excusara. Mi rostro sin sangre revelaba mi fatal desti­no. O me casaba con el licenciado o no heredaba ni la bacinica de mi mamá.

Cuál no sería, pues, mi sorpresa cuando entró al salón el licenciado José Romualdo Pérez, seguido como siempre por la secretaria de flecos laqueados pero ya no por el diminuto contador de caray camisa carmesíes.

Santo Niño de las Desamparadas. Detrás del licenciado y de la secretaria entró, con elegante por­tafolios en la mano, mi ilusorio galán del café, mi Rodolfo Valentino de Sanborns, alto, hermoso, su pelo negro largo y reluciente, su piel morena como azúcar sin refinar, su mirada límpida pero seducto­ra…

Por poco me desmayo. El changazo ya lo había dado desde antes.

-Doña Emérita, le presento a mi nuevo CPT, don Florencio Corona.

Cima del éxtasis. Al darme la mano, Florencio Corona se inclinó y me guiñó un ojo. El licenciado Pérez, ciego como la pared, de nada se enteró.

 

2

 

Más que en mi casa he sido educada en Sanborns. Como voy sola al café, puedo ponerme orejas de Dumbo y oír lo que dice la gente a mi alrededor. Por eso (más Poniatowska yla Familia Burrón) he logrado tener mi vocabulario al día. Lo he escuchado todo. De chicho a chido pasando por suave. De joto a ma­rica a gay. De arriba y adelante la solución somos to­dos a un changarro para cada mexicano y mexicana. De abur a nos vidrios a bye-bye. De novia a vieja a maridita. Maridita.

Estaba, pues, preparada para adoptar cualquier jerga o slang de los pasados veinticinco años con toda naturalidad. Vana ilusión. Mi galán el joven abogado Florencio Corona hablaba un correctísimo español, sin mexicanismo cual ninguno. Más castiza era la cria­da Guadalupe con sus “mesmos” y “mercedes” porque así aprendieron los indios a hablar “la Castilla” en tiempos del veleidoso Cortés y su barraganala Malinche.

Florencio Corona, señoras y señores, era lo que en inglés se llama un dreamboat. Guapo, alto, ya lo dije, con trajes perfectos y la audacia de usar corbatas de moño que nadie luce fuera de los EUA salvo nues­tro difunto presunto Adolfo Ruiz Cortines. Será que los gringos temen mancharse las corbatas largas con salsa ketchup. O prevén que en la cárcel la gente se  ahorca con corbatas pero no con moños. Y no hay, ustedes saben, un solo gringo que no haría cualquier cosa, estafar, matar, asaltar un banco, violar a una niña, con tal de no ir a la cárcel.

Bueno, el hecho es que mi galán y yo nos dimos cita todas las tardes en el Sanborns dela Villade Guadalupe, descubriendo quiénes éramos, contándo­nos nuestras vidas, hablando de todo menos de lo que nos unió por primera vez durante la visita del licenciado Pérez: la herencia de mi madre.

 

Florencio Corona venía de Monterrey y había estudiado leyes y contaduría en el Tecnológico de la llamada “Sultana del Norte” aunque todos conoce­mos los chistes y lugares comunes sobre los habitantes de la capital norte del país, que si son más tacaños que un escocés en ayunas, incapaces como Scrooge de extender la mano y duros del codo -codomonta­nos- e incapaces de darle agua ni al gallo dela Pa­sión. Bueno, pues mi Florencio era todo lo contrario a esa bola de clisés pendejos. Generoso, disparador, cariñoso, sencillo, tierno, parecía conocerme desde siempre, dándome trato de “señorita” hasta que le dije “Leticia, please” y “Dime Lety” y él se rió:

-No me vayas a llamar Flo.

Es decir, al rato ya guaseábamos juntos y para acabar pronto, azotamos. Nos enamoramos.

Abrevio porque no sé cómo contar la manera como se enamoran las personas. Yo le llevaba siete años (bueno, diez) pero hacíamos bonita pareja. Él alto y gallardo, musculoso y atlético, yo delgadita, fina y pequeña, a medio camino -me dije con pena- entre el ratón y la rata. Sacudí la cabeza. El inesperado romance con Florencio me había obligado a descuidar al Dormouse y su pareja. De hecho, descuidaba a mi madre y a la suya, la siniestra gata Estrellita. O sea, Florencio me tenía obsesionada y aún no pasábamos de manita sudorosa de torta com­puesta en la mesa del Sanborns.

Sin embargo, él mismo me había regalado ala Minnie Mouse, de manera que el asunto no le era ajeno y un día me atreví a abordarlo.

-Gracias por la ratoncita, Florencio. Creo que el Lirón está tan contento que me dio calabazas.

-Búscalos esta noche -me dijo enigmáticamente mi novio.

Lo hice. Era lo más sencillo. ¿Dónde iban a es­tar, sino debajo de mi cama? Y con quién iban a estar Dormouse y Minnie, sino con su camada de cuatro ratoncitos, engendrados en un abrir y cerrar de ojos. Lisos, lampiños, llegados al mundo sin abri­go alguno. Me llenaron de ternura. Dormouse y Minnie Mouse me miraron con gratitud, como di­ciendo,

-Gracias por darnos abrigo.

-Gracias por no exterminarnos.

-Los ratones gestan en veinte días -me dijo Florencio.

-¿Y cuánto logran vivir?

-Ni un año.

Sofoqué un gritito de melancolía. Florencio me acarició la mano.

-Casi siempre es porque son perseguidos. Por las lechuzas, por las aves de rapiña.

Me lo dijo con sus cálidos y brillantes ojos: -Cuídalos. Son pareja, igual que tú y yo. Me atreví.

-Florencio, mi mamá quiere casarme con tu boss, el viejo Pérez.

-No te preocupes, Leti.

-Claro que me preocupo. Si no me caso, me corta. Me deja sin un mísero quinto.

Florencio sonrió y pidió una cocacola con helado de limón.

 

Sí, esa noche, once de diciembre, festejé a la pareja de ratoncitos y a su carnada, les traje pedacitos de queso gruyere esta vez, para variar, platitos con agua y hasta fui a la cocina a buscar huesos de pollo.

-¡Lupe! -llamé a la sirvienta-. ¡Guadalupe!

No estaba y eso que era la hora de la cena.

Subí al cuarto de servicio. No sólo no estaba. Se había llevado sus cosas. Los santos, las veladoras, los pin-ups de Brad Pitt y el luchador Blue Demon. Los ganchos de la ropa, solitarios.

Alarmada, bajé a la recámara de mi madre. En­treabrí la puerta. Ella dormía con las gafas negras puestas a manera de antifaz de avión contra la luz. Estrellita sintió mi presencia y ronroneó amenazante. Recordé que los gatos ven de noche y me retiré con cautela.

 

A la mañana siguiente, doce de diciembre, mi madre hizo sonar con insistencia el timbre y acudí a su llamado. Bruta de mí:la Lupitano había acudido porque se había largado, ahora sí, como pícara ratera y fámula desagradecida, sin decir adiós. Aunque, pensé, tanto la humilló mi madre que esto tenía que pasar.

Subí con la charola. Mi madre estaba incorporada en el lecho, con los anteojos puestos y Estrellita sobre el regazo. Las dos me miraron con igual sospe­cha y desdén.

-¿Qué se hizo la gata? -dijo bruscamente mi madre.

-La tienes en tu regazo. ¿No ves?

-No te burles de una respetable anciana.

-Salió -mentí como para amortiguar el golpe: tendríamos que buscar nueva sirvienta. No quise imaginar la fulminante mirada de mi madre detrás de los anteojos de sol.

-¿Salió? -exclamó con dientes apretados: de ella nunca se diría “con la boca abierta”-. ¿Se cree que es domingo?

-Sí -me atreví al fin-, creo que se ha mar­chado for good, para siempre, mamá.

-¡Como tu padre! -silbó entre dientes-. ¡Como tu padre!

¿Cómo iba a preguntarle cuándo, cómo, por qué, si esas eran cosas que no se tocaban, temas envenenados? Para mí misma, me dije, mejor para mí misma. Tuve la visión de la vida con Florencio y ya nada del pasado me pareció importante.

-No te preocupes, madre. Yo te atenderé mien­tras encontramos sirvienta nueva.

Esto pareció calmarla.

-Siéntate a ver el paso de la procesión -dijo ufana con la miserable Estrellita remedando su com­placencia.

-¿Cuál procesión? -pregunté, de verdad con la cabeza en otro lado, o sea, con Florencio.

-Hereje -me maldijo con desdén-. Hoy es 12 de diciembre, día dela Virgende Guadalupe, Santa Patrona de México. ¿Qué te enseñaron en la escuela de monjas? ¿A poco pagué tus colegiaturas de balde?

Repetí, nomás para darle gusto. -Un 12 de di­ciembre,la Virgende Guadalupe se le apareció al indio Juan Diego en el cerro del Tepeyac.

-Sí -mi madre apretó los dientes-.La Vir­gen se apareció. Pero Juan Diego no era indito, eso es pura demagogia. Está comprobado que era criollo, como tú y yo…

-La leyenda dice… -me atreví.

-¿Cuál leyenda? ¡Descreída! El Santo Padre en Roma lo canonizó. A los indios no los hace santos ni Dios Todopoderoso. Todos los santos son güeritos. Ya lo dijo el Santo Padre…

Interrumpí su veracruzano dicharacho. -Dios Todopoderoso, cuyo vicario en la tierra es el Papa -para no seguir la inútil disputa, aunque a mi ma­dre nada la acallaba.

-Y lo dijo a voz en cuello: ¡sólo Veracruz es be­llo! Para que veas cómo conoce el Santo Padre la geo­grafía mexicana…

Respiró satisfecha y volvió a la carga. -¿Y qué más?

-La Virgenle dio a Juan Diego el criollito rosas en diciembre y se estampó en su tilma.

-¿Su qué?

-Su capa española, madre. Se estampó ella mis­ma y esa es la imagen milagrosa que veneramos todos los mexicanos.

-Menos los indios, los comunistas y los ateos.

-Así es, madre. Pero ponga atención. Ahí viene la procesión. Mire usted. Traen en andas ala Virgen. Fíjeseen aquel penitente coronado de espinas. En cambio,la Virgenviene rodeada de flores en un altar dorado.

Avanzó el penitente, tambaleándose un poquito pero bien sostenido por los demás costaleros que por­taban la imagen sagrada.

Avanzó la representación viva dela Virgende Guadalupe.

Mi madre pegó un grito.

La mujer que representaba ala Virgenera nues­tra sirvienta Lupita, nuestra criada,La Chapetes, nues­tra gata, ahora cubierta por un manto azul de estrellas, su larga túnica color de rosa, su pedestal los cuernos del toro, su marco las flores y su refulgencia la luz neón.

Pasó bajo el balcón de mi madre, en postura pia­dosa. Levantó la mirada. Más bien dicho: traspasó a mamá con la mirada.La Virgen-nuestra Lupita­ se llevó la mano a la nariz y con los dedos medio e índice le pintó un violín a mi madre.

No contenta con este insulto, la doble Guadalu­pe -virgen y sirvienta- le sacó la lengua a mi ma­dre y hasta le lanzó una sonora trompetilla.

Doña Emérita pegó un grito desgarrador y cayó de bruces junto al balcón. La toqué. Estaba muerta. Sus anteojos rotos yacían al lado de la cabecita blan­ca. Tenía los ojos abiertos. Uno era azul. El otro, amarillo.

Agarré de la cola a la gata Estrellita y la arrojé a la calle chillando. Fue a dar entre la masa de los fieles -miles y miles- que seguían el paso dela Virgen. Losmaullidos de la bestia pronto se perdieron entre los rezos de la multitud.

Mater dolorosa-Ora pro nobis.

Mater admirabilis-Ora pro nobis.

 

3

 

Florencio Corona se ocupó con diligencia de todo lo concerniente a la muerte de mi madre. Nos dis­pensamos de la velación. Ella ya no tenía amistades. Yo tampoco. Una esquela en la prensa era inútil. Le dije a Florencio que no quería misa.

Mamá fue trasladada al Panteón Español y de allí a la cripta familiar. Los cipreses crujían de sole­dad. Los candados, de hollín acumulado.

Mi pendiente no era mi madre. Era el testamen­to y su fatal voluntad:

-O te casas con el licenciado José Romualdo Pérez o no te toca ni un miserable peso.

¿Por qué dudé? Hasta eso había arreglado Flo­rencio.

-Don José Romualdo, además de estar casi cie­go, se ha vuelto algo distraído. Eliminé esa condi­ción del testamento. Falsifiqué las firmas necesarias, Leti.

Lo miré con gratitud… y con asombro. -¿Y el licenciado?

-Suspiró de alivio. Tu madre le impuso esa obli­gación contra su voluntad y él aceptó para hacerse de la fortuna que en realidad es tuya.

-¿Se conformó? ¿Cómo?

-Vas a tener que darle su partecita.

-Con gusto, con tal de no volver a olerlo. Ahora está libre. Va a casarse con la secretaria.

-¿Semejante gata? -dije espontáneamente.

-Esa mera. La piernuda de pelo laqueado. Se  adoran.

Hizo una pausa “preñada”, como dicen los que saben inglés. A pregnant pause, ah qué caray. -Se adoran. Como tú y yo, Leti.

 

Nos casamos a las dos semanas del deceso. La fortuna de mi mamá era decente, nomás. La casa del Tepeyac. Unas cuantas joyas. Una billetiza de un cuar­to de millón de dólares en caja bancaria y cien mil pesos en cuenta corriente.

Qué nos importaba. Florencio se mudó a la casa del Tepeyac. Allí pasamos la luna de miel.

-La fortuna nos ha sonreído, Leticia -me dijo una mañana durante sus largos aseos, más largos que los de una mujer, adoraba depilarse, hasta el pecho y las axilas, perfumarse, peinarse, primitivamente, con gomina.

-No abusemos -decía-. No había tanto di­nero como pensamos. Vamos a querernos aquí. Cero luna de miel.

Y así fue. Todas las delicias del amor me fueron entregadas por Florencio, multiplicadas porque me llegaban cuando yo ya había perdido toda esperan­za. Las saboreaba más porque ya no era una niña, sino una mujer de treinta y cinco años consciente de que recibía los dones del cielo con razonable madurez.

Una felicidad consciente. Esa era mi condición como señora Leticia Lizardi de Corona. Mi galán era perfecto, sexy, dúctil, perfumado, tierno, suave, aten­to. Tiempo le sobraba. El licenciado Pérez se había retirado a vivir con su secre, dejándole la clientela a Florencio. No había prisas. Eso me contaba él.

-Vamos a disfrutar la vida juntos, Leti. Ya reto­maré el trabajo dentro de un mes.

-¿Y el servicio? -pregunté con naturalidad. El me imantó con su sonrisa de Benjamin Bratt que ya dije.

-¿Qué te parece si hacemos de esta casa nuestra casa, Leticia? Quiero decir, sólo nuestra, sin ningún intruso. Tú y yo solos. Tú y yo aquí…

Pensé alarmada en los quehaceres domésticos. Florencio me tranquilizó.

-Mereces trato de reina. No te apures.

Y es cierto. Florencio se convirtió en el servidor ideal. Sacudía el polvo, fregaba los pisos, lavaba la ropa, hacía las camas, cocinaba rico… Esto era un sueño. Una isla desierta en medio de una ciudad de veinte millones de gentes.

-Veinte millones de hijos de la chingada -dijo un día, sorprendiéndome porque nunca le había es­cuchado palabrotas.

No le hice caso. -Y tú y yo, mi amor… Tú y yo, mi amor… Tú y yo a salvo.

Un mes, digo. Un mes de perfecta felicidad. El abandono. La confianza. La perplejidad. Nunca ha­bía estado con un hombre desvestido, ni los había visto sin ropa más que en una que otra película. Flo­rencio se mostraba ante mí totalmente desnudo. Mi perplejidad venía de que se bañase tantas veces al día y se preocupase por tener un cuerpo tan liso como si fuese de mármol. Me desfasó una noche encontrarlo en el baño cuidadosamente rasurándose el vello del pubis. ¿Debía yo imitarlo? Mi instinto dijo que no, ni madres…

Más me preocupaba el olvido que la perplejidad de tantas cosas nuevas al lado de Florencio. El olvido. Mis ratoncitos y sus camadas me habían abandonado, como si adivinasen mi felicidad sin carencia algu­na. La gata Estrellita había desaparecido bajo los pies de las devotas multitudes guadalupanas. La otra gata, la criada Lupita, quizás había ascendido al cielo vesti­da de Virgen María, for all I cared.

Florencio y yo, Leticia y él. Nada más.

 

Hasta la noche en que me despertaron los chilli­dos insoportables. ¿De dónde venían? Florencio dor­mía. Abrí la puerta de la recámara sobre el patio y lo vi invadido de ratas y ratones. Todo ese espacio, de la puerta a las caballerizas, era un hervidero, una caco­fonía de roedores emitiendo chirridos de insatisfac­ción. Un mar de pelambres grises e incisivos blancos y culitos sonrosados y ojos ávidos, todos mirándome a mí.

Me desmayé. Florencio me recogió en la maña­na y me cargó al lecho. Le conté lo que vi. Él meneó la cabeza.

-Hay una sola cosa que espanta a los ratones.

-¿Qué cosa, Florencio?

-Los gatos.

Su respuesta me dejó sin aliento.

-Necesitamos un gato.

-¡Nunca! -grité, recordando a Estrellita, a mi madre, a la tiranía insípida de ambas y me salieron palabras dignas de doña Emérita: -Recuerda que esta es mi casa.

Florencio sonrió, me besó, me dijo: -Enton­ces, lechuzas. Les encanta exterminar ratones.

-¿Y mis ratones amigos? -dije, sentimentalmente.

-Leticia, mi amor. Esta manada de ratas des­ciende de tus queridos pets. Tienes que escoger.

Me acarició la cabeza.

-Mejor duerme, mi amor. Estás muy alterada.

Traté. Quizás lo logré por algunas horas. Me agi­taba inquieta. Adolorida porque veía en sueños a mi adorable pareja de ratones convertida en verdadera manada de ratas.

Avergonzada porque desperté con las piernas abiertas, muy separadas, con mi sexo expuesto al aire y la sensación de que un enorme sexo de hombre me penetraba.

Me incorporé, decidida a ayudar a mi hacendo­so marido en sus tareas domésticas. ¿Por qué me mi­maba tanto? ¿Por qué me pedía: Quédate en cama. Descansa. Yo lo hago todo?

Y me guiñaba un ojo, con su encanto de movie star: -Todo.

¡Solterona agradecida!

Me aventuré por los espacios, tan familiares, de la casa. Evoqué, en contra de mi felicidad actual, los años de mi desgracia bajo la tiranía de mi madre y encontré a Florencio en la sala en cuatro patas, levan­tando con una pica las baldosas. Afiebrado, intenso.

-¡Florencio! ¿Qué haces?

No pudo evitar un sobresalto.

-Caray, no me asustes -sonrió enseguida-. Mira, estos ladrillos están muy viejos y quebradizos. Vamos a reponerlos.

-Está bien -le dije sin demasiada convic­ción-. Déjame ayudarte.

Una irritación inesperada brotó en la voz y en la mirada de mi esposo.

-No me haces falta -dijo con una grosería que me arrancó lágrimas y me devolvió, chillando, a la recámara nupcial.

Chillando. Por primera vez desde que nos casa­mos, Florencio no regresó a la cama. ¿Qué pasaba? No quería averiguarlo. Era mi culpa. Lo había irritado con mi tono posesivo, como si ahora la casa no nos perteneciera a los dos… Yo era una imprudente. No sabía tratar a un hombre. No tenía experiencia. Desde el primer día se lo dije.

-Florencio, estoy en tus manos. Enséñame a vivir.

Ya sé que esto sonaba a tango de doña Libertad Lamarque, “Ayúdame a vivir“. Me arrullé, en efecto, ronroneando melodías dela Dama del Tango hasta quedarme dormida.

Me despertó, de nuevo, el chirrido múltiple del patio. Salí en camisón al corredor y vi no sólo a la masa gris de roedores agitándose en el patio, sino a la vanguardia de la ratiza subiendo, amena­zante, por los primeros peldaños de la escalinata de fierro.

Grité horrorizada. Corrí descalza en busca de Florencio. Lo encontré hincado en la sala. O lo que quedaba de la sala. Todo el piso había sido levantado. El salón de mi madre parecía una de esas calles de la ciudad en estado de perpetua reparación.

-Florencio -murmuré.

Él dio un salto y tapó con ambas manos un hoyo de la sala.

Su rostro culpable era desmentido por la voz ronca. -¿Qué quieres? ¿No te he ordenado que te quedes en tu cama?

-Florencio, quiero saber qué pasa.

Admito que esta vez me miró con ternura. -Le­ticia, una casa tan vieja como esta esconde muchos secretos, cuenta muchas vidas. Las casas tienen histo­rias. A veces, no son historias amables…

-¿Vas a contarme qué es mi propia casa? Mi casa, Florencio, no la tuya… -respondí con arro­gancia involuntaria.

-Desgraciada -me miró ferozmente, hincado. -¿Desgraciada? -repetí, incrédula.

-Sí -dijo mi marido asentado sobre el piso en ruinas-. Sin gracia. Insípida. Ignorante. Escuálida. Flaca. Chaparra. Nalgas aguadas. Celulitis. Chichis de limosnera. ¿Qué más quieres saber, pendeja?

Lanzó una ofensiva carcajada. -Cabeza de chor­lito. Sexo de chisguete.

Corrí confusa, amedrentada, humillada, de re­greso a mi cuarto. Cerré con llave la puerta. Me arro­jé llorando a la cama. Por segunda noche consecutiva me sentí poseída por un intruso invisible y el llanto fue mi canción de cuna.

Creó que soñé mi vida, tratando de urdir una trama inteligible, la muerte de mi madre, mi matri­monio con Florencio, la trampa del testamento, Flo­rencio ocultando algo hallado bajo el piso de ladrillo de la sala, indiferente a su ridícula postura, tirado de espaldas, extendiendo las manos y los pies para ocul­tar algo, algo, algo escondido bajo las baldosas, ridí­culo y desafiante, cómico e insultante, ¿me merecía yo esto, qué había hecho mal? Como siempre, me culpé a mí misma, dejando que desfilaran por mis sueños todos los incidentes de mi vida, todos los enigmas jamás resueltos, sabiendo allí mismo que nunca sabría la verdad sobre la ausencia de mi pa­dre, los anteojos oscuros de mi madre, sus ojos idén­ticos a los de la gata Estrellita, uno azul y otro amarillo, los meados compartidos de mi madre doña Emérita y de la gata doña Estrellita, la doble condición de la gata Guadalupe, criada y virgencita, el doble carácter de Florencio, tan cariñoso ayer, tan cruel hoy, poseyéndome carnal pero también espiritualmente, porque era él el invisible fantasma que me visitaba, ahora, en mi soledad de piernas abiertas… eso lo sabía… Vaya, que hasta llegué a soñar con el licenciado José Romualdo Pérez disfrutando en Cancún su luna de miel con la secretaria de los flecos tiesos y los muslos gordos… Quizás era el único feliz. Pérez. Licenciado. Engañado por Florencio. Testamento. Falso. Fal­sos los testigos, la taquimeca y el reaparecido zotaco de la cara y camisa moradas. Falso. Todo era falso…

 

Esa noche no me despertaron las ratas en el pa­tio. Las ratas no habían logrado ascender a las habita­ciones. Di gracias. Amaneció. Tenía hambre. ¿Dónde dormía Florencio? ¿Acaso soñé todos los horrores de anoche? Quería convencerme de esto. El silencio ambiente me reconfortaba. Me sentí a gusto. Nice. Entré a la cocina y pegué un grito.

Un esqueleto vestido de negro -saco, pantalón, corbata, cuello talar- estaba sentado a la cabecera de la mesa. A su lado, Florencio bebía una humeante taza de té.

-Te presento a tu padre, Leticia.

El grito se me atragantó.

-Cuando te digo que una casa antigua guarda muchísimos secretos…

Me miró con su nueva insolencia.

-¿Quieres saber la historia? Era un cura renegado, obligado a casarse para no ser fusilado durante la persecución de Calles. Escogió a tu madre por católica… y por rica. Doña Emérita no sabía quién era su marido. Cuando se enteró de que estaba casada con un sacerdote, lo envenenó y lo enterró bajo el piso de la sala.

Sorbió el café. -Tú acababas de nacer y el cura se atrevió a decir la verdad. Los huesos no huelen. Tus ratones me guiaron hasta el lugar. Ellos sí tienen el instinto de hallar huesos viejos… Huesos, pero no dinero…

Soltó una carcajada mirando mi cara de idiota. -Cuando te cuento que una casa vieja está lle­na de viejas historias…

Salí corriendo de regreso a mi refugio, a mi recá­mara.

Oí la voz burlona de mi marido desde el come­dor:

-Hay más sorpresas, Leti. Prepara tu ánimo. Esta es sólo la primera…

 

Un gruñido feroz me recibió en el corredor.

Por el patio se paseaba con pisadas silenciosas, pero con amenaza en cada movimiento, un leopardo blanco, blanco como la detestada Estrellita, un leopardo infame, con un ojo azul y otro amarillo, diri­giéndome miradas brutas, temibles pero idiotas, cerradas a todo acercamiento doméstico, inmune a toda caricia, un leopardo de fuerza sinuosa, muscula­tura invencible, nariz corta y concentrada para olerlo todo, desgajado de sus hábitos nocturnos para sorprenderme de mañana, dueño de una garganta profunda que le permite rugir, rugir como lo hace ahora, encaminándose a la escalera del patio, subiendo len­tamente, sin dejar de rugir, a mi acecho, a sabiendas de que no tengo dónde esconderme, de que tumbará cualquier puerta con su bruto poder, de que acaso vamos a morir juntos porque el centro del patio esta­lla en llamas -es mi único consuelo, que la maldita casa se incendie.

Miró hacia la puerta cochera de la casa como si, naturalmente, buscase la salida.

Allí están los dos, Florencio mi marido y Guada­lupeLa Chapetes. Memiran. Se abrazan. Se besan sólo para humillarme. No. Me equivoco. Avanzan tomados de las manos al centro del patio donde las llamas arden.

No me hablan a mí mientras se acercan al fue­go. Él todo verde, cubierto de ramas y hojas que salen de sus orejas pero no logran esconder el bos­que de vello animal renacido en todo su cuerpo tan esmeradamente rasurado. Ella con su hábito de vir­gen, el mismo con que la vimos pasar bajo el balcón de mi madre el 12 de diciembre, pero ahora con un rótulo penitenciario colgándole entre los pechos con la leyenda

 

SOYLA MUJER ANÓMALA

 

Los dos se acercan a las llamas hablando con vo­ces muy serenas que llegan claramente a mi persona inmovilizada en el pasillo por la cercanía del leopar­do guardián.

 

Florencio: -Viene el solsticio de invierno. El sol se pone temprano.

La Lupe: -¿Dónde estás, Florencio Corona?

Florencio: -A Florencio Corona lo quemaron  vivo en el gran Auto de Fe              dela Ciudadde México.

La Lupe: -El 11 de abril de 1649.

Florencio: -Lo llevaron amordazado a la ho­guera para no escuchar sus blasfemias.

La Lupe: -Lo llevaron en una canasta para que sus pies impuros no tocaran la tierra dela Ciudadde México.

Florencio: -Vinieron carruajes. Llegaron gentes de mil kilómetros a la redonda. Hubo trompetas y tambores.

La Lupe: -A ver la muerte en la hoguera de Florencio Corona, víctima dela Santa Inquisición.

Florencio: -¿Éramos herejes? ¿Éramos culpa­bles?

La Lupe: -No. Éramos judíos. Nos acusaron y nos condenaron para expropiarnos nuestros bienes. Fuimos víctimas de la codicia eclesiástica.

Florencio: -Esta casa. Esta vieja casa.

La Lupe: -Nuestra casa del Tepeyac, vecina al altar dela Virgen

Florencio: -La mujer anómala. Tú. Quemada hace tres siglos.

La Lupe: -Judíos conversos. Nos acusaron para confiscarnos.

Florencio: -Bastaba acusar para no regresar a la casa.

La Lupe: -Ahora sí. Hemos regresado. El fue­go nos purificará una vez más.

Y los dos entraron, tomados de las manos, a las llamas.

 

4

 

Ellos han tomado la casa. Aparecen y desaparecen. Comentan cosas que no entiendo. Dicen que el Dia­blo es el polvo de la ciudad. Dicen que las armas del Diablo son la esperanza y el miedo. Dicen que primero estaba prohibido creer en las brujas y los endemoniados. Recuerdan que fuela Iglesiala que obligó a creer en ellos y castigarlos. Dicen que destruimos las viñas y matamos a los fetos en los vientres de sus madres.

Sólo de vez en cuando Florencio se acerca a mí, recobrada su pelambre, con aliento sulfuroso, para decirme:

-Las fuerzas del infierno son impotentes. Ne­cesitamos la agencia humana.

Y otras veces: -Es cierto que te engañamos. Ahora deja que te protejamos, Leticia.

Ella,La Lupe, es más cruel: -Te vamos a hacer lo que nos hicieron a nosotros.

Aparecen. Desaparecen. Se ven en la oscuridad. La luz del día los vuelve invisibles. Pero yo sé que siempre están allí.

 

Me obligan a hacer la limpieza. Me dan de co­mer carnes crudas de animales desconocidos. Bailan desnudos en el patio bajo las granizadas. A veces él se afeita completamente pero al poco tiempo vuelve a tener vello de animal en todas partes. Ella nunca se quita el manto virginal ni el sambenito

SOYLA MUJER ANÓMALA

 

Él a veces se acerca a mí, sobre todo cuando es­toy humillada fregando el piso, y me explica a medias algunas cosas. Él y ella andan rondando esta casa desde el Auto de Fe de 1649. Entran y salen. No depen­de de ellos. A veces hay fuerzas que no los dejan entrar. Otras veces, hay debilidades fácilmente vencibles. Mi madre parecía una vieja tiránica, grosera, frágil. No. Esto me lo dice él. Era muy fuerte. Su fe era auténti­ca. Era capaz de matar por su fe. Una cosa era la apa­riencia de su vida cristiana superficial y hasta grotes­ca, y otra la realidad profunda de su relación con Dios.

-Eras su hija. ¿Nunca te diste cuenta de algo tan claro?

Negué con la cabeza perpetuamente baja.

-Tu madre se disfrazaba detrás de su beatería y su intolerancia. Pero nosotros -Guadalupe y yo- no podíamos vencerla. Bajo la superficie tenía la vo­luntad de la fe. Era invencible por eso. Era sagaz. Se hacía acompañar de una bestia asociada al Demonio. Su gata Estrellita era un súcubo infernal que la prote­gía de nosotros.

-¿Mamá los conocía a ustedes?

-No. Nos sospechaba. Se pertrechaba con nues­tras propias armas. Nos obligaba a escondernos, a espiarla, a fingir. La farsa dela Guadalupela venció. Entendió que nosotros entendíamos y sólo esperába­mos. Su fe era sobrenatural, mágica. Se defendía con las armas del Diablo.

-¿Y ustedes, tú y la gata…?

Me puso el pie sobre la mano. Aguanté el dolor. -La Lupe.¿Son judíos, por eso los quemaron? -No. Nos quemaron para quitarnos nuestras

riquezas.

-Por judíos. Por codicia. Sin razón.

-No. Tenían razón. Perseguidos, sólo teníamos un aliado. El Demonio.

 

A veces, cuando lo siento de buenas, le pregun­to, ¿qué necesidad tenía de desenterrar el cadáver de mi padre, vestirlo y sentarlo a la cabecera de la mesa?

No se enoja, porque mi pregunta le da la opor­tunidad de actuar. Arquea la ceja. Sonríe como villano de cine elegante. George Sanders.

-Ya te lo dije. Una casa tan vieja como ésta guar­da muchos misterios. Lo de tu padre fue, ¿cómo te diré?, un antipasto, un hors d’oeuvre…

Sonrisa cínica, seductora, adorable.

-Para irte acostumbrando al misterio, querida.

Me atreví: -¿Para qué me quieren?

Él frunció el ceño pero no contestó.

-Si los dos, tú yla Lupe, se bastan…

Me atreví: -Déjenme irme. Prometo guardar silencio.

Entonces me dio una bofetada feroz y salió de la recámara.

 

Esperó a que me despertara el rumor de los rato­nes en el patio. Me arrebató la cobija y me puso de pie a la fuerza, arrastrándome a lo alto de la escalera. Miré el correteo feroz de los roedores. Los fue seña­lando con un dedo índice verdoso, de larga uña ne­gra.

-Relapso de memoria y fama condenadas… Muerto en la hoguera… Impenitente, diminuto, fic­to y simulado aconfidente… Juana de Aguirre, mu­jer casada, que dijo que no era pecado tener acceso carnal con una comadre del Diablo… Manuel Mo­rales, gran judío dogmatista, relajado en estatua por el Santo Oficio… Luis de Carvajal, condenado a ser quemado vivo, convertido para evitar el rigor de la sentencia…

Grité de horror y me sentí yo misma embrujada por la crueldad. Florencio me miró con sorna.

-Hubo caridad también, Leticia. A los recon­ciliados los llevaron a cárcel perpetua, casa capacísi­ma, donde cumpliesen sus penitencias a vista de los inquisidores. Viven reclusos en esta casa, no derra­mados por la ciudad. Viven en esta cárcel separados los unos de los otros…

Indicó con el dedo a las ratas corretonas.

-Míralas, Leticia. Allí va María Ruiz, morisca de las Alpujarras, por haber guardado en México la secta de Mahoma… Allí va José Lumbroso, incauto descubierto por no comer tocino, manteca y cosas de puerco, hasta confesar que era burla decir que el Mesías era Jesucristo, a quien llamaba Juan Garrido, y ala Virgen María, Juana Hernández, blasfemos ambos, que no tenían a Jesucristo por Mesías, sino que lo esperaban… Y yo, Florencio Corona, llamado iluso del Demonio que me traía engañado porque yo sabía cosas que sólo el Demonio pudo haberme ense­ñado…

-¿Y ella? -pregunté angustiada.

-La sorprendieron -gimió Florencio, mirando al cielo-. Yo se lo pedí. Ella me amaba. Anima enim qui incircucissa fuerit, delebitur de libro viven­tum, la descubrieron circuncidándome para salvarme y nos quemaron a los dos…

-¿Y yo?-tuve que imitar su gemido.

Soltó la carcajada.

-A veces -dijo- se nos acaban las fuerzas. Entonces tú debes renovarnos. Cuando te lo ordene, tú debes atarnos a la estaca en el patio, juntar la leña a nuestros pies y prendernos fuego…

-¿Y si no quiero? -exclamé rebelde, estúpida, vencida de antemano.

-Hay ratas. Hay un leopardo. No tienes salida. Sentí que se esfumaba ante mi mirada.

-Míralos -dijo la voz que se alejaba-. Tie­nen nombre. Fueron hombres y mujeres. Nos sacrificamos por ellos. Dependen de tu caridad… Siguen vivos porque nosotros morimos de tarde en tarde… Sé buena, Leticia, caritativa, misericordiosa, como fuiste educada, mi amor…

 

Busco salidas. Es inútil. Las puertas están atran­cadas. Las ventanas, tapiadas. El leopardo me vigila, me sigue por doquier con un ojo amarillo y otro azul.

Logro escribir estas hojas a escondidas.

Las tiro a la calle por una rendija del balcón. Ojalá que alguien las lea.

Ojalá que alguien me salve.

La pareja de ratoncitos ha regresado a acompa­ñarme.

 

 Carlos Fuentes

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May 17

El amante del teatro

Posted in Carlos Fuentes, cuentos

A Harold Pinter y Antonia Frazer

 

La Ventana

 

1

 

Ocupo un pequeño apartamento en una callecita a la vuelta de Wardour Street. Wardour es el centro de negocios y de edición de cine y televisión en Londres y mi trabajo consiste en seguir las indicaciones de un director para asegurar una sola cosa: la fluidez narra­tiva y la perfección técnica de la película.

Película. La palabra misma indica la fragilidad de esos trocitos de “piel”, ayer de nitrato de plata, hoy de acetato de celulosa que me paso el día digi­talizando para lograr continuidad; eliminando, para evitar confusiones, fealdad o, lo peor, inexperien­cia en los autores del film. La palabra inglesa qui­zás es mejor por ser más técnica o abstracta que la española. Film indica membrana, frágil piel, bru­ma, velo, opacidad. Lo he buscado en el dicciona­rio a fin de evitar fantasías verbales y ceñirme a lo que film es en mi trabajo: un rollo flexible de celu­losa y emulsión. Ya no: ahora se llama Beta Digi­tal.

Sin embargo, si digo “película” en español no me alejo de la definición académica (“cinta de celu­loide preparada para ser impresionada cinematográ­ficamente”) pero tampoco puedo (o quiero) separarme de una visión de la piel humana frágil, superficial, el delgado ropaje de la apariencia. La piel con la que nos presentamos ante la mirada de otros, ya que sin esa capa que nos cubre de pies a cabeza seríamos solamente una desparramada carnicería de vísceras pere­cederas, sin más armadura final que el esqueleto -la calavera. Lo que la muerte nos permite mostrarle a la eternidad. Alas, poor Yorick!

Mi trabajo ocupa la mayor parte de mi día. Ten­go pocos amigos, por no decir, francamente, ningu­no. Los británicos no son particularmente abiertos al extranjero. Y quizás -voy averiguando- no hay nación que dedique tantos y tan mayores sobrenom­bres despectivos al foreigner: dago, yid, frog, jerry, spik, hun, polack, russky…

Yo me defiendo con mi apellido irlandés -O’Shea- hasta que me obligan a explicar que hay mucho nombre gaélico en Hispanoamérica. Estamos llenos de O’Higgins, O’Farrils, O’Reillys y Fogartys. Cierto, pude engañar a los isleños británicos hacién­dome pasar por isleño vecino -irlandés-. No. Ser mexicano renegado es repugnante. Quiero ser acep­tado como soy y por lo que soy. Lorenzo O’Shea, convertido por razones de facilidad laboral y familia­ridad oficinesca en Larry O’Shea, mexicano descen­diente de anglo-irlandeses emigrados a América desde el siglo XIX. Vine a los veinticuatro años a estudiar técnicas del cine enla Gran Bretañacon una beca y me fui quedando aquí, por costumbre, por inercia si ustedes prefieren, acaso debido a la ilusión de que en Inglaterra llegaría a ser alguien en el mundo del cine.

No medí el desafío. No me di cuenta hasta muy tarde, al cumplir los treinta y tres que hoy tengo, de la competencia implacable que reina en el mundo del cine y la televisión. Mi carácter huraño, mi ori­gen extranjero, acaso una abulia desagradable de ad­mitir, me encadenaron a una mesa de edición y a una vida solitaria porque, por partes idénticas, no quería ser parte del party, vida de pubs y deportes y fascina­ción por los royals y sus ires y venires… Quería reser­varme la libre soledad de la mirada tras nueve horas pegado ala AVID.

Por la misma razón evito ir al cine. Eso sería lo que aquí llaman “la vacación del conductor de auto­bús” -busman’s holiday-, o sea repetir en el ocio lo mismo que se hace en el trabajo.

De allí también -estoy poniendo todas mis car­tas sobre la mesa, curioso lector, no quiero sorpren­der a nadie más de lo que me he engañado y sorprendido a mí mismo- mi preferencia por el tea­tro. No hay otra ciudad del mundo que ofrezca la cantidad y calidad del teatro londinense. Voy a un espectáculo por lo menos dos veces a la semana. Prác­ticamente gasto mi sueldo, la parte que emplearía en cines, viajes, restoranes, en comprar entradas de tea­tro. Me he vuelto insaciable. La escena me propor­ciona la distancia viva que requiere mi espíritu (que exigen mis ojos). Estoy allí pero me separa de la esce­na la ilusión misma. Soy la “cuarta pared” del escena­rio. La actuación es en vivo. Un actor de teatro me libera de la esclavitud de la imagen filmada, intangi­ble, siempre la misma, editada, cortada, recortada e incluso eliminada, pero siempre la misma. En cam­bio, no hay dos representaciones teatrales idénticas. A veces repito cuatro veces una representación sólo para anotar las diferencias, grandes o pequeñas, de la actuación. Aún no encuentro un actor que no varíe día con día la interpretación. La afina. La perfeccio­na. La transforma. La disminuye porque ya se abu­rrió. Quizás esté pensando en otra cosa. Pongo atención a los actores que miran a otro actor, pero también a los que no hacen debido contacto visual con sus compañeros de escena. Me imagino las vidas personales que los actores deben dejar atrás, abando­nadas, en el camerino, o la indeseada invasión de la privacidad en el escenario. ¿Quién dijo que la única obligación de un actor antes de entrar en escena es haber orinado y asegurarse de que tiene cerrada la bragueta?

El canon shakespeariano, Ibsen, Strindberg, Chejov, O’Neill y Miller, Pinter y Stoppard. Ellos son mi vida personal, la más intensa, fuera del tedio ofi­cinesco. Ellos me elevan, nutren, emocionan. Ellos me hacen creer que no vivo en balde. Regreso del tea­tro a mi pequeño apartamento -salón, recámara, baño, cocina- con la sensación de haber vivido intensamente a través de Electra o Coriolano, de Willy Loman o la señorita Julia, sin necesidad de otra com­pañía. Esto me da fuerzas para levantarme al día si­guiente y marchar a la oficina. Estoy a un paso de Wardour Street. Pero también soy vecino de la gran avenida de los teatros, Shaftesbury Avenue. Es un terri­torio perfecto para un paseante solitario como yo. Una nación pequeña, bien circunscrita, a la mano. No nece­sito, para vivir, tomar jamás un transporte público.

Vivo tranquilo. Miro por la ventana de mi flat y sólo veo la ven­tana del apartamento de enfrente. Las calles entre avenida y avenida en Soho son muy estrechas y a veces se podría tocar con la mano la del vecino en el edificio frentero. Por eso hay tantas cortinas, persia­nas y hasta batientes antiguos a lo largo de la calle. Podríamos observarnos detenidamente los unos a los otros. La reserva inglesa lo impide. Yo mismo nunca he tenido esa tentación. No me interesaría ver a un matrimonio disputar, a unos niños jugar o hacer tareas, a un anciano agonizar… No miro. No soy mirado.

Mi vida privada refrenda y regula mi vida “pú­blica”, si así se la puede llamar. Quiero decir: vivo en mi casa como vivo en la calle. No miro hacia fuera. Sé que nadie me mira a mí. Aprecio esta especie de ceguera que entraña, qué se yo, privacidad o falta de interés o desatención o, incluso, respeto…

 

 

2

 

Todo cambió cuando ella apareció. Mi mirada acci­dental absorbió primero, sin prestarle demasiada aten­ción, la luz encendida en el apartamento frente al mío. Luego me fijé en que las cortinas estaban abiertas. Finalmente, observé el paso distraído de la persona que ocupaba el flat de enfrente. Me dije, distraído yo también:

-Es una mujer.

Olvidé la novedad. Ese apartamento llevaba años deshabitado. Yo cumplía mis horarios de trabajo.

Luego iba al teatro. Y sólo al regresar, hacia las once de la noche, a mi casa, notaba el brillo nocturno de la ventana vecina. Como “vecina” era la mujer que se movía dentro de las habitaciones opuestas a las mías, apareciendo y desapareciendo de acuerdo con sus hábitos personales.

Empezó a interesarme. La miraba siempre de le­jos, moviéndose, arreglando la cama, sacudiendo los muebles, sentada frente a la televisión y paseándose en silencio, con la cabeza baja, de una pared a la opues­ta. Todo esto sólo a partir de las once de la noche cuando yo terminaba mi jornada teatral, o a partir de las siete cuando regresaba de la oficina.

De día, cuando me iba a la oficina, las cortinas de enfrente estaban cerradas, pero de noche, al regre­sar, siempre las encontraba abiertas.

Esperé, de manera involuntaria, que la mujer se acercara a la ventana para verla mejor. Era natural -me dije- que a las once de la noche se atareara en los afanes finales del día antes de apagar las luces e irse a dormir.

Una inquietud empezó a rasguñarme poco a poco la cabeza. Hasta donde podía ver, la mujer vivía sola. A menos que recibiera a alguien después de cerrar las cortinas. ¿A qué horas las abría de maña­na? Cuando yo partía a las 8:30, aún estaban cerra­das. La curiosidad me ganó. Un jueves cualquiera, llamé a la oficina fingiendo enfermedad. Luego me instalé de pie junto a mi ventana, esperando que ella abriese la suya.

Su sombra cruzó varias veces detrás de las delga­das cortinas. Traté de adivinar su cuerpo. Rogué que apartase las cortinas.

Cuando lo hizo, hacia las once de la mañana, pude finalmente verla de cerca.

Apartó las cortinas y permaneció así un rato, con los brazos abiertos. Pude ver su camisón blanco, sin mangas, muy escotado. Pude admirar sus brazos fir­mes y jóvenes, sus limpias axilas, la división de los senos, el cuello de cisne, la cabeza rubia, la cabellera revuelta por el sueño pero los ojos entregados ya al día, muy oscuros en contraste con la cabellera blon­da. No tenía cejas -es decir, las había depilado por completo-. Esto le daba un aire irreal, extraño, es cierto. Pero me bastó bajar la mirada hacia sus senos, prácticamente visibles debido a lo pronunciado del escote, para descubrir en ellos una ternura que no me atreví a calificar. Ternura maravillosa, amante, ma­terna quizás, pero sobre todo deseable, ternura del deseo, eso era.

 

El marco de la ventana cortaba a la muchacha -no tendría más de veinticinco años- a la altura del busto. Yo no podía ver nada más de su cuerpo.

Me bastó lo que vi. Supe en ese instante que nunca más me desprendería de mi puesto en la ven­tana. Habría interrupciones. Accidentes, quizás. Sí, azares imprevisibles, pero nunca más fuertes que la necesidad nacida instantáneamente como compañe­ra de la fortuna de haberla descubierto.

¿Cuál sería su horario?

Sólo podía averiguarlo apostándome en mi ven­tana todo el tiempo, día y noche. Al principio, inten­té disciplinarme a mi trabajo, resignarme a verla sólo de noche, a partir de las 7:30 o de las 11:00. Luego sacrifiqué mi amor al teatro. Regresé urgido, todas las noches, al apartamento apenas pasadas las siete. A  esa hora ya estaban prendidas las luces y ella se mo­vía, hacendosa, por el flat. Pero a las doce apagaba las luces y cerraba las cortinas. Entonces yo debía esperar hasta las once de la mañana para volver a verla. Eso significaba que no podía llegar a la oficina antes de las once o permanecer en el trabajo después de esa hora.

 

Intenté llegar al AVID y sus resoluciones digita­les a las nueve y excusarme a las once. Ustedes adivi­nan lo que pasó. Entonces pedí licencia por enfermedad. Me la concedieron por un mes a cam­bio de un certificado médico. Le pedí a un doctor español, un tal Miquis, mi g. p. habitual, que me hi­ciera la balona. Se resistió. Me pidió una explicación. Sólo le dije:

-Por amor.

-¿Amor?

-Tengo que conquistar a una muchacha.

Sonrió con complicidad amistosa. Me dio el certificado. Cómo no me lo iba a dar. En esto, los hispanos nos entendemos por completo. Oponerle obs­táculos al amor es un delito superior a extender un falso certificado de enfermedad. La latinidad, cuando no es ejercicio que perfecciona la envidia, es complici­dad nutrida por el sentimiento de que, siendo cultu­ralmente superiores, recibimos trato de segundones en tierras imperiales.

 

Ya está. Ahora podía pasarme la jornada entera apostado en mi ventana, esperando la aparición de ella. No sabía su nombre. En el tablero de timbres de su edificio sólo había nombres masculinos o razones comerciales. Ningún nombre femenino. Y una sola ranura vacía. Allí tenía que estar, pero no estaba, su nombre. Estuve a punto de apretar el botón de ese apartamento. Me detuve a tiempo, con el dedo índi­ce tieso, en el aire. Un instinto incontrolable me dijo que debía contentarme con el deleite de mirarla. Me vi a mí mismo, torpe e inútil, tocando el timbre, inventando un pretexto, ¿qué iba a decir?, quiero convertirla a una religión, traigo un inexistente pa­quete, soy un mensajero -o la verdad insostenible, soy su vecino, quiero conocerla, con la probable respuesta.

-Perdone. No sé quién es usted.

O: -Deje de importunarme.

O acaso: -Algún día, quizás. Ahora estoy ocu­pada.

No fue ninguno de estos motivos lo que me ale­jó de su puerta. Fue una marea interna que inundó mi corazón. Sólo quería verla desde la ventana. Me había enamorado de la muchacha de la ventana. No quería romper la ilusión de esa belleza intocable, muda, apartada de mi voz y de mi tacto por un estre­cho callejón de Soho, aunque cercana a mí gracias al misterio de mi propia mirada, fija en ella.

Y la mirada de ella, siempre apartada de la mía, ocupada con su quehacer doméstico durante ciertas horas del día y de la noche, invisible desde la medianoche hasta el mediodía… Era mía gracias a mis ojos, nada más.

 

Esta era la situación. Dejé de ir al trabajo. Dejé de ir al teatro. Pasé la jornada entera frente a mi ventana abierta -era el mes de agosto, sofocante-, esperando la aparición de la muchacha en su pro­pio marco. Ausente a veces, alejada otras, sólo de vez en cuando se acercaba a mi mirada. Nunca, du­rante estos largos y lánguidos días de verano, me dirigió la vista. Miraba hacia el cielo invisible. Mi­raba a la calle demasiado visible. Pero no me mira­ba a mí.

Empecé a temer que lo hiciera. Me deleitaba de tal modo verla sin que ella se fijara en mí. La razón es obvia. Si ella no me miraba, yo podía observarla con insistencia. Con impunidad. ¿Qué no vi en mi mara­villada criatura? Su larga cabellera rubia, mecida en realidad por el ventilador que ronroneaba a sus espal­das aunque, a mis ojos, mecida por el flujo de un maravilloso e invisible río que le bañaba el pelo en ondas refulgentes. Y sus ojos, por oscuros, eran más líquidos que el verde del mar o el azul del cielo. Me imaginaba una noche en la que el mar y el cielo se fundían sexualmente en los ojos de esa “hermosa nin­fa”, como empecé a llamarla. Que me diera trato de ajeno, de invisible, sólo aumentaba, en el gozo de verla sin obstáculos, mi placer y mi deseo, aunque éste con­sistiese más en verla que en poseerla. En adivinarla más que en saberla…

¿No era su lejanía -natural, indiferente a mi persona o inconsciente de ella- el trato perfecto que por ahora deseaba?

¿Iba a enriquecerme más cualquier acuerdo coti­diano con ella que esta idealización a la que la sometí durante el mes de ausencia con goce de sueldo que le sonsaqué a la compañía?

¿Viviría yo mejor de mis deseos que de su reali­zación?

¿Era mi mal -la lejanía- el bien mayor del amor, del arrebato, de la pasión erótica que esta mu­jer sin nombre hizo nacer en mi pecho?

Mi ninfa.

¿Podían su piel, su tacto, sus inciertos besos, sa­tisfacerme más que la distancia que me permitía mi­rarla -poseerla- por completo?

¿Por completo? No, ya indiqué que por más que se asomara a la ventana, el marco la cortaba debajo de los senos. Lo demás, del pecho para abajo, era el misterio de mi amor.

Mi amor.

Me atreví a llamarla así no porque ignorase su nombre, sino porque ella no era, ni sería nunca, otra cosa: Mi amor. Dos palabras dichas y sentidas, cuando son verdaderas, siempre por primera vez, jamás precedidas de una sensación, no sólo ante­rior, sino más poderosa y cierta, que ellas mismas. Mi amor.

 

Imaginen un ánfora vacía, una vida joven como la mía, sin proximidad afectiva, sin relación sexual femenina o masculina, pero también sin sustitutos fáciles -pornografía, onanismo- que me rebajasen ante mí mismo. Educado por los jesuitas, nunca me dejé engañar por sus prédicas de castidad, sabiendo que ellos mismos no las practicaban. El rigor de la abstinencia me lo impuse por voluntad propia y para someter a prueba mi voluntad. Alguna vez sucumbí a la tentación del prostíbulo. ¿Por qué no me metí de cura sólo para dar el ejemplo? El hecho es que en Londres encontré la necesaria sublimación de mis instintos animales.

 

El teatro. El teatro era mi catarsis no sólo emo­cional sino sexual. Toda mi energía erótica, mi libido entera, la dejaba en la butaca del teatro. Mi fuerza viril se me desparramaba. Mediante la emoción escé­nica ascendía de mi sexo a mi plexo y de allí a mi corazón batiente sólo para instalarse como una reina en mi cabeza. Mi cabeza ya no de espectador sino de actor a la orilla del escenario, viviendo la emoción del teatro como un participante indispensable. La audien­cia. Yo era el público de la obra. Sin mi presencia, la obra tendría lugar ante un teatro vacío.

Ven ustedes cómo pude trasladar esta emoción teatral a la pura visión de mi amor, la chica de la ven­tana, y convencerme de que bastaba esta liga visual para satisfacerme plenamente. La florecilla, en una escena de película que edité hace tiempo, le pide a un hombre que está a punto de cortarla que no lo haga. Que no la condene a perecer a cambio de uno o dos días de placer. Yo tampoco quería que mi amor se marchitara si lo arrancaba de la tierra de mis ojos.

Esta era, ven ustedes, la intención verdadera, pura en extremo, de mi obsesiva relación con la muchacha de la ventana. Y sin embargo, tenía que luchar contra la perversa noción de mi persona que me pedía ha­blarle, establecer contacto, escucharla…

Una sola vez supe que ella estaba a punto de des­viar esa su mirada ausente para fijarla en mí. Sentí terror. Con un movimiento brusco me aparté de la ventana y me cubrí, cobardemente, con la cortina. Allí, como una araña invisible, quise ver con lucidez las dimensiones de mi estrategia. Como una cucaracha me hundí en la oscuridad anónima del cortinaje, más temeroso de lo que deseaba que de lo que temía. Miedo al miedo.

 

Acaso mi terror no era vano. Cuando me asomé de nuevo a la ventana, vi a mi amada con la cabeza coronada de flores. Caminaba acercándose y aleján­dose de la ventana. Cuando más cerca estuvo, vi cla­ramente que cerraba los ojos y movía los labios, como si rezara…

 

 

3

 

Los días pasaban y nada agotaba el manantial de mi deseo. La mujer, para ser mía (de mi deseo), me era vedada. Las luces de mi habitación se prendían y se apagaban. Se me ocurrió que así como yo la miro cuando enciende la luz o corre las cortinas o la ilu­mina el sol, ¿me miraría ella a mí sólo cuando sepa que yo no la estoy observando? Nunca me mira cuando podría verme. ¿Me verá cuando yo no lo sepa?

Ya anticipan ustedes la decisión que entonces tomé. Yo no dormiría nunca en espera de que ella me dirigiese la mirada. Al principio, acomodé mis hora­rios de sueño a los suyos. De doce de la noche a once de la mañana, ella desaparecía detrás de las cortinas… Pero un día tuve una sospecha fatal. ¿Y si ella aprove­chaba los horarios del sueño para dirigirme la mirada y sólo encontraba unos batientes cerrados? Podía, aca­so, ser tan pudorosa que sólo buscase mi mirada cuando sabía que yo no se la podía devolver.

Nada confirmaba esta sospecha. Por eso se con­virtió en acertijo y me condenó a una vigilia perpe­tua. Quiero decir: me instalé en el centro del marco de mi ventana día y noche, dispuesto a no perder el momento en que mi ninfa sucumbiese a la atracción de mi mirada y me ofrendase la suya.

 

Debo añadir que a estas alturas una especie de razón de la sinrazón había penetrado mi cerebro. Era esta. Ella me obedecía. Era yo quien anticipaba los movimientos de ella. Yo, sólo yo, le impedía dirigirme la mirada. Yo era el autor de mi propia tortura. Yo, sólo yo, podía ordenarle:

-Mírame.

Me pregunto: ¿es la necesidad tan loable como la paciencia o la bondad?

Mi médico español me había dado dosis suficien­tes de diazepam para apacentar mi insomnio. Me juz­gaba un hombre, a pesar de todo, razonable. La soledad no espanta a los hispanos. La cultivamos, la nombra­mos, la ponemos a la cabeza -es el título- de nues­tros libros. Ningún latino se ha muerto de soledad. Eso se lo dejamos a los escandinavos. Somos capaces de des­terrar la soledad con el sueño y suplir la compañía con la imaginación. De tal suerte que me bastaba abando­nar los barbitúricos para instalarme en una vigilia salvadora que no perdiese un instante de lo que aconteciera en la obsesiva ventana de mi amada. Y si la vigilia me traicionaba, el doctor me daría anfetaminas.

Claro que no pude mantener este programa de vigilia perpetua. Cabeceando a veces, profundamen­te dormido otras, despertado con el sobresalto de un íncubo, azotándome mentalmente por la indiscipli­na de caer dormido, temblando de miedo porque ella pudo aparecer y verme durmiendo, aplazando la visi­ta al doctor (¿quién no lo hace?) me compensaba de estos terrores la convicción de que, viviendo un si­lencio tan sólido, hasta la mirada haría ruido. Si ella me mirase, me despertaría con sus ojos sonoros como una campana. Esto me consolaba. Quizá nuestro destino sería sólo este. Vernos de lejos.

 

Se cumplían ya veinticinco días de la vida con mi amor de la ventana. Mi ninfa.

Una noche, con mis luces apagadas para que ella no se sintiera observada -aunque supiese que esto no era cierto, ya que lo desmentían las horas de sol-, la muchacha se acercó a la ventana. La miré como siempre. Pero esta vez, por vez primera, ella no sólo movió los labios. Los unió primero. Enseguida los movió en silencio y lanzó un mugido.

Un mugido animal, de vaca, pero también elemental como el poderoso rumor del viento y terrible como el grito iracundo de una amante despechada.

Mugió.

Mugió y me miró por primera vez.

Creí que me iba a convertir en piedra.

Pero ella no erala Medusa.

Su mirada, acompañada de ese mugido feroz y plañidero a un tiempo, era de abandono, era de soco­rro, era de locura.

La voz me atravesó con tal fuerza que me obligó a cerrar los ojos.

Cuando los abrí, la ventana de enfrente estaba cerrada. Las cortinas unidas. Y el apartamento, desde ese momento, vacío.

Ella se fue.

 

 

El escenario

 

4

 

Regresé a mi rutina. La salud mental me ordenaba que pusiese detrás de mí la enfermiza obsesión que me mantuvo casi un mes pegado a la ventana. El ejerci­cio de la vigilia, debo admitirlo, aguza las facultades. Regresé al trabajo con un renovado sentido del deber. Esto fue notado y aprobado (a regañadientes) por mis superiores. Como tenían el prejuicio de que todos los mexicanos somos holgazanes y que sólo aspiramos a dormir largas siestas a la sombra del sombrero, mi dili­gencia les llamaba la atención, aunque la reserva inglesa les impidiese alabarla. A lo sumo, un Right on, old chap.

No esperaba diplomas en la oficina. Mi deleite era nuevamente ver teatro y ahora, a medida que se disipaba mi obsesión amorosa, regresó con ímpetu acrecentado mi deseo de sentarme en una platea y elevarme a ese cielo del verbo y de la imaginación que es la obra teatral. Como siempre, ese verano del año 03, había de dónde escoger. Ibsen y Strindberg estaban de moda. Ian MacKellan bailaba en el Lyric una Danza de la muerte en la que el genio de Strind­berg arranca con la disputa agria de un matrimonio intolerable y termina, contra toda expectativa, en la reconciliación con la esposa -Frances de la Tour-,revelando que el rostro de esa pareja agria ha sido el amor y su máscara, el odio. Me encaramé a las gradas del Donmar para admirar a Michael Sheen resuci­tando el Calígula de Camus como si lo cegara la mis­ma luz que lo revela, la luz del poder.

-Regresaré -dice el monstruoso César cuando acaba de morir-. Estoy vivo.

 

Siempre regresan, porque son uno solo. La tira­nía es una hidra. Corta una de sus cabezas y renacen cien, dijo Corneille en Cinna.

Como contraste, fui ese verano al apartado Al­meida a ver a Natasha Richardson en La dama del mar de Ibsen, el doble papel de una mujer que vive la vida cotidiana en tierra y otra vida, la de excepción, en el mar. Sólo encuentra la paz en el silencio, protegida por el cuerpo de su esposo… Y al céntrico Wyndhams a ver el Cosí é se vi pare de Pirandello. Un brillante ejercicio de Joan Plowright sobre la locura como pre­tensión personal. Pero acaso nada me reservó más gusto que aplaudir a Ralph Fiennes en otra resurrec­ción tan temida como la del emperador Calígula, el Brand fundamentalista, intransigente, el pastor pro­testante que todo lo condena porque nada puede sa­tisfacer la exigencia absoluta de Dios. El genio de Ibsen, su profunda intuición política, aparece dra­máticamente cuando el antagonista de Brand se le enfrenta con una intolerancia superior a la de Brand. Ver esta obra en los trágicos días de la invasión y ocu­pación de Iraq por el fundamentalismo norteamerica­no me convenció de que el siglo XXI será peor que el XX, sus crímenes mayores, e impunes los criminales, porque ahora el agresor no tiene, por primera vez desdela Roma de Calígula, contrincante a la vista. Calí­gula pasó como una sombra por el escenario de Brand.

Bueno, esto -el verano teatral del año 2003 en Londres- me compensaba, digo, de todo lo demás. Los desastres de la guerra. La rutina del trabajo. Y la desaparición de la mujer de la ventana. Noten bien: ya no era “la muchacha”, “la chica”, ya no era “mi amor”. Era, como en un reparto teatral de vanguar­dia, “la mujer”. Yo sabía, parafraseando a Cortázar, que nunca más encontraría aLa Ninfa…

 

Brand se representaba en mi teatro favorito, el Royal Haymarket a dos cuadras de Picadilly. Si asociamos el teatro británico a una riquísima tradición ininterrumpida, ¿hay espacio que la confirme con más bella visibilidad que éste? Data de 1720 y lo constru­yó un carpintero, lo remodeló el famoso John Nash en 1821 y por sus tablas han pasado Ellen Terry y Marie Tempest, Ralph Richardson y Alec Guinness. Colecciono datos curiosos, dada mi insaciable vora­cidad teatral. Aquí se inauguró la costumbre de la matiné, se inauguró también la luz eléctrica teatral y se abolió -con escándalo- el foso orquestal.

 

Si distraigo al lector con estos detalles es sólo para dar prueba de mi pasión por la escena.

Sí, soy el amante del teatro.

A la salida de la representación de Ibsen vi el anuncio.

Próximamente se presentaría en el Haymarket un Hamlet protagonizado por Peter Massey. Di un salto de alegría. Massey era, junto con Fiennes, Mark Rylance y Michael Sheen, la promesa, más joven aún que éstos, de la escena inglesa. Tarde o temprano de­bía abordar el papel más prestigioso del teatro mun­dial, la prueba que en su momento, para ceñir sus lauros, debieron pasar Barrymore, Gielgud, Olivier, Burton, O’Toole… ¿Cuándo se estrenaría la obra? pregunté en taquilla.

-Están ensayando.

-¿Cuándo?

-Octubre.

-¿Tanto?

-El director es muy exigente. Ensaya la obra por lo menos con tres meses de anticipación.

-¿Puedo comprar ya un boleto para el estreno?

-Primero ven la obra los patrocinadores, luego los críticos.

-Ya lo sé. Y yo, ¿cuándo?

-La tercera semana de octubre.

-¿Quién trabaja, además de Massey?

El taquillero sonrió.

-Señor. Cuando Massey es la estrella, sobra y basta. No se dan a conocer los nombres de los demás actores.

-Y ellos, ¿soportan tanta vanidad?

El agrio señor de la taquilla se encogió de hom­bros.

 

Perdí la paz tan anhelada. Una explicable impa­ciencia atribuló mis días. La expectativa me devora­ba. ¡Massey en Hamlet. Era un sueño. Jamás había conseguido boletos para aplaudir a este muy joven actor. Su carrera, fulgurante, se había iniciado hace apenas un año, con una reposición de Fantasmas de Ibsen donde Massey hacía el papel del condenado joven Oswald en una adaptación moderna que susti­tuía la mortífera sífilis del siglo XIX por el no menos terrible sida del XX. Unánimemente, el público y la crítica se volcaron en elogios a la inteligencia y sensi­bilidad de Peter Massey para cambiar los calendarios del joven Oswald ahondando, en vez de disiparlo, el drama de la madre culpable y del hijo moribundo.

 

Llegué temprano al Royal Haymarket la noche de octubre indicada en mi boleto. Quería integrarme, si fuese posible en soledad, al teatro opulento, con sus tres niveles de butacas y sus cuatro balcones dando la cara al soberbio marco dorado de la escena, la cortina azul rey y el escudo triunfal a la cabeza del cuadro escénico, Dieu et mon droit, el león y el uni­cornio. Los espacios de mármol a ambos lados del marco de oro le daban aún más solidez a la escena, invisible en ese momento, destilando su misterio para acostumbrarnos al silencio expectante que acompa­ña el lento ascenso del telón sobre las almenas de El­sinore y la noche del fantasma del padre de Hamlet.

Shakespeare, sabiamente, excluye al protagonis­ta de esta escena inicial. Hamlet no está presente en las almenas. Lo precede el fantasma y ese fantasma es su padre. Hamlet sólo aparece en la segunda escena, la corte de Claudio el rey usurpador y la madre del príncipe, Gertrudis. Se trata aquí de darle permiso a Laertes de regresar a Francia. Hamlet queda solo y recita el primer gran monólogo,

 

Ay, que esta mancillada carne se disuelva

y se derrita hasta ser rocío…

 

que en realidad es una diatriba antifemenina -Fragilidad, tu nombre es mujer- y antimaternal.

Acusa a la suya de gozar en sábanas de incesto y sólo entonces, bien establecidas las razones de Hamlet contra el rey usurpador y la madre infiel, entran los amigos a contarle que el fantasma del padre recorre las murallas del castillo. Sale Hamlet con violencia a esperar, pacientemente, el arribo de la noche.

Ahora entran al escenario vacío Laertes y su her­mana Ofelia.

Me clavé en el asiento como un ajusticiado a la silla eléctrica. Hundí mi espalda al respaldo. Estiré involuntariamente las piernas hasta pegar contra el respaldo de la butaca que me precedía. Una mirada de enojo se volvió a mirarme. Yo ya no estaba allí. Quiero decir, estaba como está un árbol plantado en la tierra o los torreones del castillo a las rocas de la costa. Lo que el público debió agradecerme es que no gritara en voz alta. La muchacha, la mujer de la ventana, mi amor perdido, había entrado al escenario, acompañando a Laertes.

 

Era ella, no podía ser sino ella. La distancia entre mi butaca y el tablado era mayor, es cierto, que el corto espacio entre mi ventana y la suya, pero mis sentidos enteros, después de veinticinco días de vigi­lia suprema, no podían equivocarse.

Mi amada era Ofelia.

Sólo la distinguían las cejas, antes depiladas, ahora pintadas. Supe por qué. Su máscara requería antes un rostro similar a una tela vacía. Yo conocí la tela. Aho­ra miraba la máscara.

No escuché las primeras palabras de la joven ac­triz, las sabía de memoria, me las dirigía a mí, claro que sí, lo supe sin oírla, pues mis oídos estaban tapo­neados por la emoción.

 

OFELIA: ¿Lo dudas?

 

¿A quién le hablaba? ¿A Laertes? ¿A mí? ¿Al her­mano? ¿Al amante?

El lector comprenderá que la emoción me avasa­lló a tal grado que hube de levantarme y pedir excu­sas -mal recibidas- para salir, atropelladamente, de la fila asignada, correr por el pasillo sin atreverme a mirar hacia atrás, ganar la calle, apoyarme contra una de las columnas del pórtico de entrada, contarlas idiotamente -eran seis- y encaminar mis pasos inciertos hacia mi propia casa…

Allí, recostado, sosegado, con las manos unidas en la nuca, me dije con toda sencillez que mi excita­ción -¿mi arrobo?- era natural. ¿No había sido intensa mi relación con la muchacha vecina? ¿No era, precisamente, el amor nunca consumado el más ardiente de todos, el más condenado, también, por los padres dela Iglesiaporque inflamaba la pasión a tem­peraturas de pecado? Sabiduría eclesiástica, esta que pontificaban los jesuitas en mi escuela mexicana: el sexo consumado apacigua primero, luego se vuelve costumbre y la costumbre engendra el tedio… Sus razones tendrían.

Ningún razonamiento, empero, lograba apaci­guar el acelerado latir de mi pecho o abatir mi deci­sión:

-Iré de nuevo al teatro, con serenidad, mañana mismo.

 

No. La obra era un éxito y tendría que esperarme diez días -hasta finales de octubre- para verla. Mi decisión fue temeraria. Compré boletos para cin­co noches seguidas en la primera semana de noviem­bre.

 

 

5

 

Me salto los acontecimientos de las cuatro semanas que siguieron. Los omito porque no tienen el menor interés. Son la crónica de una rutina prevista (sí, soy lector de García Márquez). La rutina -casa, trabajo, comidas, sueño, aseo, miradas furtivas a la venta­na vecina- no da cuenta de la turbulencia de mi ánimo.

Intentaba poner en orden mis pensamientos. Claro, Ofelia -ahora podía llamarla así- estaba encerrada ensayando su papel. Concentrada, no te­nía tiempo ni ganas de distraerse. Si su propia venta­na era un muro, ¿cómo no iba a serlo la mía? Yo había sido ya, sin sospecharlo, su cuarta pared. Y su primer espectador.

Como en el teatro, nos había separado la necesa­ria ilusión. Un intérprete (a menos que sea un cómi­co morcillero) no debe admitir que un público heterogéneo lo está mirando. El actor debe colgar una cortina invisible entre su presencia en la obra y la del público en las plateas.

Caí en la cuenta. Yo había sido el público invi­sible de Ofelia mientras ella ensayaba su papel en Hamlet. Ella sabía que yo la miraba, pero no podía admitirlo sin arruinar su propia distancia de actriz, destruyendo la ilusión escénica. Fui su perfecto co­nejillo de Indias. ¡De Indias! Mis mexicanísimos com­plejos de inferioridad salieron a borbotones, acompañados de una decisión. Regresaría al teatro en las fechas previstas. Vería con atención y respeto la actuación de Ofelia. Y sólo entonces, habiendo pagado este óbolo, decidiría qué hacer. Purgarme de ella, asimilarla como lo que era, actriz profesional. O ir, esta vez, a tocar a su camerino, presentándome:

-Soy su vecino. ¿Se acuerda?

Lo peor que podía sucederme es que me diera con la puerta en las narices. Eso mismo me curaría de mis amatorias ilusiones.

 

Así, regresé al Royal Haymarket el 4 de noviem­bre. Tenía lugar en la onceava fila. Lejos del escena­rio. Se levantó el telón azul. Sucedió lo que ya sabía. Apareció Ofelia, vestida toda ella de gasas blancas, calzada con sandalias doradas, peinada con el pelo rubio suelto pero trenzado, alternando, en un simbó­lico detalle de dirección, ala Ofeliainocente, fiel y sensata del principio, conla Ofelialoca del final.

Yo había leído con avidez las crónicas del estre­no. En todas encontré elogios desmedidos a la actua­ción estelar de Peter Massey, pero ninguna mención de los demás actores.

Había llamado a uno de los diarios para pregun­tar, en la sección de espectáculos, la razón de este si­lencio. Mi pregunta fue recibida, una vez con una risa sarcástica, las otras dos con silencios taimados.

Sólo enla BBCun periodista boliviano de la rama en español me dijo:

-Parece que hay un acuerdo no dicho entre los empresarios y los cronistas.

-¿Un acuerdo tácito? -me permití enriquecer el vocabulario del Alto Perú con cierta soberbia mexi­cana, lo admito.

-¿De qué se trata?

-De la soberbia de Massey.

-No entiendo.

-¿No conoces la vanidad, manito? -se vengó de mí el boliviano-. Massey sólo actúa si la prensa se com­promete a no mencionar a nadie del reparto más que a él.

-¡Qué arrogancia!

-Sí, es una diva…

Lo dijo con un toquecillo de envidia, como si le reprochase a Chile no darle a Bolivia acceso al mar…

Por eso, en el programa del teatro, no había más crédito de interpretación que

PETER MASSEY

es

HAMLET

 

Digo que sufrí con atención anhelante mi segunda visita al teatro y el paso de las dos primeras escenas -la aparición del fantasma, la corte de Elsinore y el monólogo de Hamlet- en espera del diálogo entre Laertes y su hermana Ofelia, así como la primera lí­nea de ésta:

 

OFELIA: ¿Lo dudas?

 

Pero de la boca de la actriz no salió palabra. Sólo movió, en silencio, los labios. Laertes, como si la hu­biese escuchado, continuó analizando la frivolidad sen­timental de Hamlet y precaviendo a Ofelia. Hamlet es dulce pero pasajero, es el perfume de un minuto… Seguramente, Peter Massey se regocijaba con estas palabras. Al demonio.

Ofelia debe decir entonces: -¿Nada más que eso?

La actriz -mi ninfa, mi Ofelia- movió los la­bios sin emitir sonido. Laertes se lanzó a un extenso soliloquio y yo, por segunda vez, huí del teatro atro­pelladamente, preguntándome ¿por qué nadie ha es­crito que en esta versión Ofelia es muda? ¿Lo es la actriz? ¿O se trata de un capricho omnipotente, van­guardista o acaso perverso, del actor y director Mas­sey? Seguramente el público comentaría el hecho insólito: la heroína de la tragedia no decía nada, sólo movía los labios.

 

De nuevo en la calle, me apoyé contra la colum­na y revisé el programa.

 

PETER MASSEY

es

HAMLET

 

y más abajo:

 

DIRIGIDA POR PETER MASSEY

y aún más abajo:

Se ruega al público no comentar las revoluciona­rias innovaciones de esta mise-en-scéne. Quienes lo hagan, serán juzgados traidores a las tradicio­nes del teatro británico.

¡Traidor! Y sin embargo, dada la pasión por el teatro enla Gran Bretaña, yo no dudaba de que, au­nada a la pasión por las novelas de detectives, una buena porción del público -y la prensa, encantada con el misterio que vendía periódicos- jugaría el juego de este caprichoso, vanidoso y cruel director-actor, Peter Massey.

Aunque, pensé, otra parte no lo haría. En más de un pub, en más de una cena en The Boltons, se comentaría la audacia de Massey: silenciar a Ofelia.

Nadie en mi oficina había visto la obra. El boli­viano ya me había contestado una vez con impacien­cia. No lo volvería a importunar. Debía gozar el hecho de vivir en una isla con infinitas salidas al mar. ¡Titi­caca!, lo maldije y me arrepentí. Bolivia me pone ner­vioso, claustrofóbico, pero de eso Bolivia no tiene la culpa… El nerviosismo me ganaba. Debía llegar sereno a mi tercera asistencia al Hamlet del Royal Hay­market.

Hamlet habla con el fantasma de su padre. No habla con Ofelia. Ofelia escucha consejos de su pa­dre, Polonio. Pero ella sólo mueve los labios.

Me di cuenta. Ofelia no sólo habla poco en la obra. Es un personaje pasivo. Recibe lecciones de su padre y de su hermano y en vez de relatar la visita que Hamlet, a medio vestir, le hace en su clóset, ella actúa la escena. Hamlet medio desnudo -Massey se delei­ta exhibiendo su esbelta y juvenil figura- acaricia el rostro de mi amada, suspira y la suelta como una pren­da indeseable. Donde puede, Massey sustituye el monólogo por la acción.

 

El odio y la envidia me desbordaron.

Ofelia no volvería a decir nada hasta el tercer acto, apenas una frase.

 

OFELIA: Ojalá.

 

Y ahora, ni esa frase le era permitida por el tirano que, segundos más tarde se luciría como un pavo­rreal, entonando el “Ser o no ser”. Al término del monólogo, entra “la dulce Ofelia”, se atreve a llamarla “ninfa”, hasta eso me arrebata este divo vanidoso y prepotente, la llama “la ninfa” a cuyas oraciones en­comienda Hamlet la memoria de sus pecados -pero este Hamlet le habla a mi Ofelia como si el verdadero fantasma de la obra fuese ella, da por sentadas sus preguntas y respuestas, sólo él se deja escuchar, ella mueve los labios en silencio, exactamente como lo hacía frente a mi ventana y él perora sin cesar, enci­mando sus palabras al silencio de mi Ofelia, hasta que entra la tropa de comediantes, es “capturada la conciencia del rey” Claudio, Hamlet visita y violenta a su madre y, de paso, atraviesa con una espada a Po­lonio el padre de Ofelia. Hamlet obedece las suge­rencias de Rosencrantz y Guildenstern, parte a Francia y cae el telón sobre la primera parte.

Durante el intermedio pedí una copa de cham­paña en el bar y traté de escuchar los comentarios del relajado público. Hablaban de todo, menos de la obra. Hastiado, angustiado, abandoné otra vez el teatro, dispuesto a regresar la siguiente noche, pero sólo a partir del intermedio, acosado por preguntas sin respuesta. El silencio de Ofelia ¿era sólo un capricho del director? ¿Massey da por descontado que todos co­nocen el parlamento de Ofelia? ¡Y ella, en verdad, dice tan poco en la obra! Sonreí a pesar mío. ¡Traten de callar a Lady Macbeth! ¿Sería sorda mi Ofelia? ¿Escuchaba a los demás actores? ¿O sólo les leía los labios? ¿Cómo no aproveché para hablarle de venta­na a ventana como mimo, sin decir palabra? Y si me hubiese contestado, ¿qué me habría dicho?

Me di cuenta de que Ofelia no usaba en escena el lenguaje de señas de los mudos porque no se diri­gía a los mudos, sino al público en general. Pues aho­ra venía la gran escena de Ofelia, su locura por haber perdido al padre y acaso por saber que Hamlet lo mató. Ahorala Ofelialoca debería cantar y recitar enigmas:

 

-¿Cómo distinguir el verdadero amor?

-Dicen que la lechuza era hija del panadero.

-Sabemos quiénes somos pero no quiénes podemos ser.

-Mañana es día de San Valentín.

 

Para terminar, conmovedoramente, pidiendo a todos que pasen buenas noches.

 

No, no pronunció palabra, pero yo no tuve más remedio que reconocer el genio de Peter Massey. El silencio era, desde siempre, la locura de Ofelia. Sus actos debían revelar sus palabras, pues éstas no eran más que sus pensamientos verbalizados y un pensa­miento no necesita decirse para entenderse.

Empecé a escuchar músicas, campanas dentro de mi cabeza, seguro de que lo mismo le pasaba a Ofelia.

¡Ofelia era el fantasma de Hamlet! ¡Su doble femenino!

Me incorporé bruscamente y grité:

-¡Ofelia! ¡Canta!

Las voces del público me acallaron con irrita­ción violenta. Un shhhhh! veloz y cortante como una navaja -el puñal desnudo de Hamlet, sí- me acalló.

 

Abrumado, abochornado, atarantado, abando­né el teatro. Sólo me quedaba una función. La de mañana.

Ahora, en la prepresentación del quinto día, ocupaba butaca de primera fila. Concentré mi aten­ción, mi mirada, mi repetición en silencio de las palabras robadas a Ofelia hasta llegar a la escena de la locura.

Entonces ocurrió el milagro.

Cantando en silencio.

Este momento nunca regresará.

Se fue, se fue. ¡Dios tenga piedad de mi alma!

Ofelia me miró, directamente a los ojos. Yo esta­ba, digo, en primera fila. Quizás, todas las noches, Ofelia decía adiós de esta manera, seleccionando a un espectador para imprimir sobre una sola persona del público todo el horror de su locura.

Esta noche yo fui ese espectador privilegiado. Pero enseguida me di cuenta de que la mirada de Ofelia no estaba prevista en la dirección escénica. Ofelia me sostuvo la mirada que yo le correspondí. En ella iba el mensaje de toda mi pasión por ella, toda la melan­colía de nunca habernos amado físicamente.

El público se dio cuenta. Hubo un movimiento nervioso en la sala. Murmullos desconcertados. Cayó el misericordioso telón del intermedio. Regresé a casa. No quería saber que Ofelia moriría en el siguiente acto. No lo quería saber porque imaginé, enloqueci­do, que Peter Massey era capaz de matarla en verdad esta noche porque la actriz quebró el pacto escénico y se dirigió a un espectador.

A mí. Sólo a mí.

 

6

 

Esa noche soñé que violaba a una mujer que no po­día gritar. Y si no podía gritar, ¿por qué no matarla en vez de poseerla?

Mi verdadero terror era saber que las representa­ciones terminarían y Ofelia desaparecería para siem­pre de mi vida. El tiránico Massey limitaba el número de representaciones -nunca más de dos meses- a fin de mantener al rojo vivo el interés de la obra. No toleraba, prejuzgué, una lenta extinción del fuego teatral. Era, perversamente, un entusiasta -es de­cir, un hombre poseído por los Dioses… Cada pro­fesión tiene los suyos, pero los manes del teatro son los más exigentes porque son los más generosos. Lo dan todo o no dan nada. En el teatro no hay térmi­nos medios.

 

Yo tenía que ver la obra por última vez. No ha­bía boletos. ¿Podía al menos sentarme en el teatro vacío antes de la representación? Era un estudiante latinoamericano (huerfanito tercermundista, pues…). Lo que me interesaba era explorar el teatro como es­pacio, precisamente, vacío, sin público ni representa­ción. Adivinar sus vibraciones solitarias. Como dicen que los rieles de ferrocarril se encogen y recogen físi­camente para recibir el impacto de un tren.

Mi anti­guo profesor de Cambridge, Stephen Boldy, llamó al teatro para acreditar mi bona fides y yo mismo me comporté, durante los tres días que quedaban, sentándome muy quietecito con un cuaderno de notas y el texto Penguin de Hamlet.

En verdad, esperaba sin esperanza -I hoped against hope- que algún ensayo imprevisto, un afi­namiento de última hora, trajese al escenario vacío al director, a los actores.

A Ofelia.

No fue así y la última representación se iniciaba. Hice lo que se acostumbra. Adquirí boleto para ver la obra de pie y desde el tercer piso. Desde allí, noté los asientos vacíos durante el primer acto. Jamás se pre­sentaban al segundo. Por fortuna, había un lugar vacío en la primera fila. Lo ocupé. Se levantó el telón.

 

No lo sabía. Pero lo sospeché. En vez de referir la muerte de Ofelia a su hermano Laertes por voz del rey Claudio, Peter Massey, a medida que los actores hablaban, abrió un espacio en la fosa de orquesta. Era un río dentro del teatro y el cadáver de Ofelia pasó flotando, acompañada por las flores de la muer­te; margaritas y ortigas, aciano y dedos-de-muerto, púrpuras largas; las amplias faldas flotando; Ofelia semejante a una sirena que se hunde bajo el peso del légamo…

En ese instante quise saltar de mi butaca al esce­nario para salvar a mi amada, rescatar a Ofelia de su muerte por agua, abrazarla, besarla, devolverle su aliento fugitivo con el mío desesperado, empaparme con ella, darme cuenta de que era cierto, Ofelia esta­ba muerta, ahogada. Había muerto esa noche de la representación final.

Juro que no era mi intención. Sólo que Ofelia, flotando en el agua agitada de stage down cantando “viejas canciones” (como le informasela Reinaa Laertes) pero ahora sin voz, alargó la mano fuera de la fluyente piscina teatral y me arrojó una flor de aciano que se arrancó del pelo y que fue a dar a mi mano, pues era tal mi concentración en lo que ocurría que no podía faltar al deber de recibir la ofrenda de mi Ninfa antes de verla irse, flotando en el llanto del arroyo, con su ropa de sirena, hacia su tumba de agua y lodo…

Yo sólo prestaba atención a la flor que sostenía entre mis dedos. Al levantar la vista al escenario, me encontré con la mirada arrogante, detestable, de este joven Júpiter de la escena, Peter Massey, su insolente belleza rubia, su figura de adolescente maldito, su estrecha cintura y piernas fuertes y camisa abierta, mirándome con furia, pretendiendo enseguida que lo ocurrido era parte de su puesta en escena originalí­sima, pero revelando en su mirada de diabólico tirano que esto no estaba previsto, que Ofelia era su ninfa, no la mía, y que la entrega de la flor no formaba parte de un proyecto escénico de verdadera posesión del alma de Ofelia.

-Si Dios ha muerto -me decía en silencio la mirada asesina de Massey-, sólo quedan en su lugar el Demonio y el Ángel. Yo soy ambos. ¿Quién eres tú?

 

Concluyó la obra. Tronaron los aplausos. Sólo Peter Massey salió a recibirlos. Los demás actores, como si no existieran. Lo que existía era la incon­mensurable vanidad de este hombre, este cuasi-ado­lescente cruel y prepotente, enamorado de sí y dueño de los demás sólo para engrandecer su propio poder. No había amor en su mirada. Había el odio del tirano hacia el rebelde anónimo e imprevisto. Insospe­chado.

 

Salí del teatro con mi flor en la mano, dándole la espalda a Peter Massey, su vanagloria, sus revolucio­nes teatrales.

Quise imaginarlo viejo, solitario, ma­niático. Olvidado.  No pude. Massey era demasiado joven, bello, poderoso. ¿Qué sería de Ofelia después de esta representación final en el Royal Haymarket? Mañana -no, esta misma noche- la escenografía sería desmontada, los ropajes colgados en la guardarropía para otra, improbable ocasión. La ilusión teatral era eso. Espejismo, engaño, fantasma de sí misma.

Sentí la tentación de abrirme paso a los cameri­nos. Me detuve a tiempo. Me arredró la idea de que Ofelia hubiese realmente muerto. Sacrificada al rea­lismo revolucionario de Peter Massey. ¿Se atrevería él mismo, un día, a morir arañado por la daga envene­nada del feroz sargento,La Muerte? Entretanto, ¿ma­taría a sus anónimas heroínas, escondidas durante meses enteros de ensayos solitarios?

Recordé a mi Ninfa paseándose por su apartamento, memorizando un papel sin palabras, ajena a la idea de que la representación teatral y el destino personal fuesen idénticos.

 

No quise averiguar. Quizás debería esperar a que Peter Massey, el joven y perverso director que dirigía mi propia vida, repusiera algún día el Hamlet con una Ofelia que podía ser la mía u otra nueva. ¿Tendría yo el valor, en la siguiente ocasión, de acercarme al came­rino de la actriz y verla, por así decirlo, en persona? ¿Me expondría a encontrar, al abrirse la puerta, con una mujer desconocida? La muchacha de la ventana tenía las cejas depiladas. La del escenario, cejas grue­sas. ¿Me equivocaba identificándolas? ¿Aceptaría, más bien, que mi Ninfa permaneciese para siempre, a fin de ser realmente mía, en el misterio, parte de la hues­te invisible de todas las actrices que durante cuatro siglos han interpretado el papel de Ofelia?

 

7

 

No den ustedes crédito a la noticia aparecida hoy en los diarios. No es cierto que cuando Ofelia pasó flo­tando entre ortigas y acianos un espectador desqui­ciado saltó de su butaca de primera fila al escenario para rescatar a la actriz intérprete de Ofelia de la muerte por agua, besándola, devolviéndole el alien­to, empapado con ella, hasta darse cuenta de que Ofelia está ya realmente muerta, que él no había logrado devolverle a la heroína de Hamlet el aliento fugitivo con el suyo desesperado.

Que Ofelia realmente había muerto la noche de la representación final.

Tampoco es verídico que ese ser desquiciado que gritaba palabras en un idioma inventado (era el castellano) sacase a Ofelia del agua en medio de la conmoción del auditorio y la parálisis incrédula de los actores -Claudio y Laertes-. Como tam­poco es cierto que mientras ese loco cargaba a Ofe­lia ahogada, de entre bambalinas surgió Hamlet, el Príncipe de Dinamarca, el símbolo oscuro deLa Duda, despojado esta vez de toda incertidumbre, blandiendo el puñal desnudo del monólogo, levan­tando el brazo, hundiéndoselo al trastornado ex­tranjero -pues no era británico, obviamente- en la espalda.

Ofelia y el extraño cayeron juntos sobre el tablado.

Se dice que la obra continuó como si nada. El público estaba tan acostumbrado a la originalidad de Peter Massey. Un espectador que en realidad era un actor no mencionado en el reparto -todos sabían que Massey sólo se daba crédito a sí mismo- salió a rescatar el cadáver de Ofelia, recibiendo -del actor imprevisto, el intruso?- el puñal en la espalda.

 

 

La flor

 

8

 

El lector sabrá, si algún día lee estos papeles que he venido garabateando desde la noche que regresé del Royal Haymarket a mi flat a la vuelta de Wardour Street, que subí lentamente las escaleras, entré al apar­tamento pero no encendí las luces.

Tampoco miré fuera de mi ventana a la estancia de enfrente. Para mí, está cerrada, a oscuras, deshabi­tada. Para siempre.

Tomé un pequeño florero de los de Talavera que me envió de regalo de cumpleaños mi mamá desde México.

Con ternura, introduje en él el tallo largo de la flor de aciano, prueba única de la existencia de Ofelia. Me senté a contemplarla.

No quería que pasara un minuto sin que la flor me acompañara, de aquí al terrible momento de su propia muerte. Pues la flor de Ofelia prolongaba la vida de Ofelia.

La miré, fresca, azul, bella, esa noche y la siguiente. Llevo meses mirándola. La flor no se marchita.

Carlos Fuentes

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May 17

Historia de los dos que soñaron

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Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme) que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió, menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño a un desconocido que le dijo:

-Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla.

A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el decreto de Dios Todopoderoso una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y lo llevaron a la cárcel. El juez lo hizo comparecer y le dijo:

-¿Quién eres y cuál es tu patria?

El hombre declaró:

-Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Yacub El Magrebí.

El juez le preguntó:

-¿Qué te trajo a Persia?

El hombre optó por la verdad y le dijo:

-Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que la fortuna que me prometió ha de ser esta cárcel.

El juez echó a reír.

-Hombre desatinado -le dijo-, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín. Y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol, una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, has errado de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no vuelva a verte en Isfaján. Toma estas monedas y vete.

El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la higuera de su casa (que era la del sueño del juez) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto.
Gustavo Weil

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May 17

Un milagro

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Le habían asegurado que la Sagrada Imagen retornaría el movimiento al brazo paralizado y la señora tenía mucha fe. ¡Lo que consigue la fe! La señora entró temblando en la misteriosa cueva y fue tan intensa su emoción que enmudeció para siempre. Del brazo no curó porque era incurable.
Llorenç Villalonga

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May 17

Sueño infinito de Pao Yu

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Pao Yu soñó que estaba en un jardín idéntico al de su casa. ¿Será posible, dijo, que haya un jardín idéntico al mío? Se le acercaron unas doncellas. Pao Yu se dijo atónito: ¿Alguien tendrá doncellas iguales a Hsi-Yen, Pin-Erh y a todas las de casa? Una de las doncellas exclamó:

-Ahí está Pao Yu. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?

Pao Yu pensó que lo habían reconocido. Se adelantó y les dijo:

-Estaba caminando; por casualidad llegué hasta aquí. Caminemos un poco.

Las doncellas se rieron.

-¡Qué desatino! Te confundimos con Pao Yu, nuestro amo, pero no eres tan gallardo como él.

Eran doncellas de otro Pao Yu.

-Queridas hermanas -les dijo- yo soy Pao Yu. ¿Quién es vuestro amo?

-Es Pao Yu -contestaron-. Sus padres le dieron ese nombre, que está compuesto de los dos caracteres Pao (precioso) y Yu (jade), para que su vida fuera larga y feliz. ¿Quién eres tú para usurpar ese nombre?

Se fueron, riéndose.

Pao Yu quedó abatido. “Nunca me han tratado tan mal. ¿Por qué me aborrecerán estas doncellas? ¿Habrá, de veras, otro Pao Yu? Tengo que averiguarlo”.

Trabajado por esos pensamientos, llegó a un patio que le pareció extrañamente familiar. Subió la escalera y entró en su cuarto. Vio a un joven acostado; al lado de la cama reían y hacían labores unas muchachas. El joven suspiraba. Una de las doncellas le dijo:

-¿Qué sueñas, Pao Yu, estás afligido?

-Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba en un jardín y que ustedes no me reconocieron y me dejaron solo. Las seguí hasta la casa y me encontré con otro Pao Yu durmiendo en mi cama.

Al oír este diálogo Pao Yu no pudo contenerse y exclamó:

-Vine en busca de un Pao Yu; eres tú.

El joven se levantó y lo abrazó, gritando:

-No era un sueño, tú eres Pao Yu.

Una voz llamó desde el jardín:

-¡Pao Yu!

Los dos Pao Yu temblaron. El soñado se fue; el otro le decía:

-¡Vuelve pronto, Pao Yu!.

Pao Yu se despertó. Su doncella Hsi-Yen le preguntó:

-¿Qué sueñas Pao Yu, estás afligido?

-Tuve un sueño muy raro. Soñé que estaba en un jardín y que ustedes no me reconocieron…
Tsao Hsue-Kin

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May 17

El espejo de viento y luna

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En un año las dolencias de Kia Yui se agravaron. La imagen de la inaccesible señora Fénix gastaba sus días; las pesadillas y el insomnio, sus noches.

Una tarde un mendigo taoísta pedía limosna en la calle, proclamando que podía curar las enfermedades del alma. Kia Yui lo hizo llamar. El mendigo le dijo:

-Con medicinas no se cura su mal. Tengo un tesoro que lo sanará si sigue mis órdenes.

De su manga sacó un espejo bruñido de ambos lados; el espejo tenía la inscripción: Precioso Espejo de Viento y Luna. Agregó:

-Este espejo viene del Palacio del Hada del Terrible Despertar y tiene la virtud de curar los males causados por los pensamientos impuros. Pero guárdese de mirar el anverso. Sólo mire el reverso. Mañana volveré a buscar el espejo y a felicitarlo por su mejoría.

Se fue sin aceptar las monedas que le ofrecieron.

Kia Yui tomó el espejo y miró según le había indicado el mendigo. Lo arrojó con espanto: El espejo reflejaba una calavera. Maldijo al mendigo; irritado, quiso ver el anverso. Empuñó el espejo y miró: Desde su fondo, la señora Fénix, espléndidamente vestida, le hacía señas. Kia Yui se sintió arrebatado por el espejo y atravesó el metal y cumplió el acto de amor. Después, Fénix lo acompañó hasta la salida. Cuando Kia Yui se despertó, el espejo estaba al revés y le mostraba, de nuevo, la calavera. Agotado por la delicia del lado falaz del espejo, Kia Yui no resistió, sin embargo, a la tentación de mirarlo una vez más. De nuevo Fénix le hizo señas, de nuevo penetró en el espejo y satisficieron su amor. Esto ocurrió unas cuantas veces. La última, dos hombres lo apresaron al salir y lo encadenaron.

-Los seguiré -murmuró- pero déjenme llevar el espejo.

Fueron sus últimas palabras. Lo hallaron muerto, sobre la sábana manchada.
Tsao Hsue-Kin

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